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Número 18 - Noviembre de 2010   

Artículos
Póngase la camiseta
 

Antonio Caro llega al altillo que esconde la redacción de Universo Centro con una camiseta marcada con el ubicuo anzuelo de Nike. Dice que se la regalaron. Es una de las condiciones para que una camisa pueda entrar a su escaparate: que la escoja otro, que el amigo dadivoso la vea y diga, ahí está pintado Caro, y se la entregue nueva o usada. Antonio Caro, que se ha hecho célebre en el arte colombiano con frases sencillas puestas entre un marco, con gestos inocentes, con la risa de los primeros haikús dedicada a la realidad, con una patente de corso contra las marcas; ahora ha decidido convertir su escaparate en una galería y exponer las 33 opciones de su clóset de todos los días en la pared de un museo.

Las camisetas se convierten entonces una enseña de sus itinerarios, un botín de complicidades, un guiño militante, una burla, una herejía. Caro sabe que la gente lo mira por la calle, que su risa desdentada, su pelo siguiendo la moda de los electrocutados, su austeridad tan parecida a la ruina, llaman la atención de quienes no saben de sus obras. Y sabe que para el corrillo del arte se ha convertido en un permanente performance. Sus obras están tan ligadas a sus rutinas y sus ironías y sus carcajadas que hace tres años se puso una camisa verde con una palabra en la espalda —GUÍA— para explicar su retrospectiva en el MED07. De modo que no es raro que ahora nos muestre las gracias y las historias que insinúa su baúl de camisetas raídas y a medio raer. Pero él es consciente de sus limitaciones. En medio de una carcajada que espanta a la gata anciana que trabaja tiempo completo en la redacción nos dice: "Los artistas de cine de Estados Unidos se tapan vendiendo ropa vieja… Pero yo no aspiro a tanto".

 

Nada parecería más frívolo que preguntarle a un artista por su ropa. Pero hoy estamos hablando del arte de convertir las camisetas en una enseña. "Una camiseta de Cartagena no ¡Nunca!", nos grita Caro como si estuviera en una manifestación. "En Cartagena la mitad de la población vive encima del mercurio y la mierda". Ahora parece que el cuento es en serio, que Antonio Caro se baña temprano, desayuna su agüita de diente de león todavía en toalla, como una especie de ermitaño, y pasa a la meditación trascendental sobre cuál camiseta lucirá por el resto del día. "Diariamente hay una conciencia de lo que me voy a poner. Hay camisetas y oportunidades, pero nunca hay tantas oportunidades como camisetas".

Lo de Caro es también una apuesta de ascetismo. Como si se tratara de un krishna que se dicta sus propias reglas. En medio de la conversación, siempre en busca del juego con las palabras y otras fichas, nos dice con toda la seriedad del caso que ahora vive en el cuartico de la portería de un edificio que ya no es tan elegante como fue. No queda más alternativa que imaginarlo como el guardián burlón del Edificio Colombia del arte. "Ahora no hay mucho de qué preocuparse, el arte pasa permanentemente de la tautología a la bobada". Y cuando la charla llega a las posibilidades económicas de los artistas, un tema donde están sus dogmas más férreos, responde con la insolencia del legendario artista del hambre: "Yo no vivo de mi arte, el arte vive de mí. Los curadores, los galeristas, los marqueteros…esos sí viven del arte".

Antes de bajar por la escalera de caracol de nuestra buhardilla, antes de desaparecer de la mano de su GUÍA de esta noche, Antonio Caro nos deja su última gracia y carcajada. Es hora de cubrir su camisa de hoy: "Como soy viejito, por la noche me pongo un bucito".

     
Póngase la camiseta