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Número 13 - Junio de 2010   

Artículos
Furias
Erremora

 

Furias, Universo Centro N°13


El ruido de los motores ha surcado este valle como una señal de muerte o como un grito que busca vencer la angustia. Tal vez como una sonrisa en los ojos o como una mueca que trata de huir del miedo. Como una música de la noche que truena en el silencio y susurra a veces a lo lejos.

Motocicletas Yamaha Furia 80 rodaban por las calles como un cardumen en mi barrio del norte de un Medellín que siempre ha conocido del horror y ha bailado de alegría. Niños felices agarrados al manubrio volaban en la noche por los callejones estrechos, por las avenidas empinadas y era como una carcajada. Niñas deliciosas abrazadas a la cintura de ese chico que quería reventar el mundo con su pequeña máquina o reventarse la cabeza contra el pavimento después de un día sofocante en el colegio. Los padres de esas niñas ni se daban por enterados. Bueno, a veces sí, y entonces algunas madres las llamaban putas y casi las arrastraban del pelo hasta el fondo de la cocina, en medio de una algarabía de mujeres desquiciadas. Sus gritos y chillidos, que llegaban desde muy adentro de la casa, nos recordaban siempre que estábamos incrustados en medio de un mundo que conocía poco de ternuras y de caricias fraternales.

Sí, era un espectáculo ver esa imagen que pasaba fugaz con todo el estrépito de sus motores enloquecidos. Diminutos motores envenenados por la mano engrasada y diestra de un mecánico que, metido en un oscuro y apretujado taller de barrio, soñaba con los hangares de una pista del Grand Prix, allá en la vieja Italia.

Había un ligero toque de elegancia en aquella puesta en escena del poder adolescente. Reverberaba en el aire esa gracia que sólo la libertad confiere a los actos de los hombres y que llena de luz la acción más simple y espontánea. Sí, algunos trazos de libertad se leían en los rostros casi infantiles de veinte niñatos que hacían rodar sus motocicletas de un barrio a otro como una manada de potros azarados. Sin buscar un lugar a donde ir. Únicamente el placer de hacer kilómetros cada noche sobre el asfalto de una ciudad en la que la soledad devora los corazones lentamente y en silencio. Sólo quedaba acelerar con los dientes apretados, con la cabeza clavada entre las pequeñas astas del manubrio y la mirada muy fija dentro de la mente casi en blanco. Huir sin prisa porque no había a donde ir.

Veinte máquinas resquebrajando la noche nos decían que la vida no era tan en serio. Que la alegría venía tomada de la mano de las sombras que caían delicadas sobre los tejados y sobre nuestras cabezas. Llegan a mi memoria esas calles de Las Brisas, Girardot, Florencia y Boyacá. El sonido atronador de los motores se acerca, se aleja, se diluye. Vuelve. Sí, la memoria que nos acerca la belleza a dos centímetros, para volver a disfrutarla mientras flota en los recuerdos.

La belleza se desvaneció en el tiempo. Las furiosas, así llamábamos en el barrio a las pequeñas motos, ya no ruedan ni enloquecen a todos con el ruidajo de una carrera improvisada en la que había que sortear unos cuantos buses de Castilla si eran las siete de la noche, o una que otra patrulla de la policía si eran las dos de la mañana. El viento se colaba dentro de las chaquetas y eran como burbujas aquellos tipos que reían y aceleraban sin compasión.

Uno de ellos a veces nos regalaba un espectáculo genial. De locos, la verdad. Era un tipo vivaz y de carcajada verdadera. Manejaba su Furia de ochenta centímetros cúbicos como si hubiera nacido arriba de su tanque blanco. Sus movimientos eran ágiles y serpenteaba en medio del pelotón cuando quería adelantar. Se recostaba para tomar las curvas casi a la manera de uno de esos japoneses e italianos que cobran miles de euros en los grandes premios de Europa.

Su locura iba un poco más allá. La calle ciento trece es una avenida ancha de Florencia, que se descuelga de occidente a oriente y forma un enorme tobogán hasta unas cuadras más abajo de la iglesia. Los buses corren por la carrera setenta y cuatro que la cruza de manera despiadada. Una cuadra más arriba, en la esquina de la setenta y cinco, había un mango bajo el cual nos sentábamos a escuchar la música de Black Sabbath en una grabadora negra, a beber de una garrafa de vino tinto, a fumarnos muchos cigarrillos y a descargar la tristeza que nos producían los colegios. Eso era antes de que las esquinas de esta ciudad se convirtieran en los escenarios preferidos para esas matazones de primera página que ordenaba ya saben quién y que nos hicieron encerrar con mucho miedo en la cabeza. Bueno, allí estábamos casi cada noche para matar el tedio. Entonces el estrépito de los motores se acercaba y veíamos bajar la jauría de furiosas. Pasaba, la perdíamos de vista y no había llegado el silencio, cuando sentíamos el sonido de unos neumáticos sobre el asfalto deslizándose como a hurtadillas. El motor apagado dejaba escuchar el ruido del viento que rozaba entre los radios plateados. Adivinábamos cuando daba la curva en la esquina detrás de nosotros. No alcanzábamos a voltear cuando una delicada ráfaga de aire enfriaba nuestras espaldas. Él reía a carcajadas mientras pasaba a dos milímetros de molernos los huesos con su motocicleta blanca y seguía hacía abajo por la setenta y cinco, hacía el parche de las Dos Palmas. Antes de llegar al otro cruce se quitaba la pañoleta negra que le cubría los ojos, nos miraba sonriente y nosotros lo mirábamos riendo a carcajada suelta. Luego encendía el motor y desaparecía por la pendiente que lleva al puente de Barrio Nuevo.

Ese toque de belleza se ha ido junto con el deseo de libertad que alguna vez atravesó los corazones de la gente de este valle… y todos tan felices.