IMPRESOS LOCALES

Criacuervo
 
Orlando Echeverri Benedetti
 
 
 
El amor en grupo
 

Criacuervo y la patria del lenguaje

 

Dice Orlando Echeverri que Criacuervo es su “tributo al desierto, a nadar de noche, a los perdedores, al chirrinchi de los wayúus, a la Puerta de Brandeburgo”.

En efecto, esta es una historia sobre el desierto y sobre la intimidad con el agua, sobre los paisajes inhóspitos de la Guajira y sobre las antiguas calles de Berlín, sobre dos hombres que son hermanos y que, sin embargo, más que por la sangre, parecen unidos por la abrumadora fuerza de la derrota.

Orlando Echeverri envió su propuesta de novela a la página web de Angosta y esperó pacientemente una respuesta. No hizo falta más que una lectura. Criacuervo reúne todas las virtudes que Angosta busca en un libro: una voz única, una historia poderosa, “un ritmo raro”, en palabras de Héctor Abad Faciolince.

Una de las preguntas que pueden plantearse los lectores de Criacuervo es cómo el autor se las arregla para hacer sentir el frío más extremo y el calor más abrasador con los mismos recursos. Otra: cómo las historias de dos hermanos alemanes, Klaus y Adler, pueden tener tanta vida en la voz de un escritor colombiano. La respuesta: Orlando Echeverri es un escritor con dominio pleno de su oficio. Sus personajes, alemanes o no, habitan una sola patria: la del lenguaje. “Echeverri es cartagenero, pero vive desde hace algunos años en Sevilla, España, y antes vivió otro tiempo largo en Argentina. Y todas esas voces distintas, esas formas diferentes del español, se reúnen en su estilo literario”, afirma José Andrés Ardila, editor de Angosta.

Por estas, entre muchas otras razones, Criacuervo es el primer libro seleccionado para la publicación de entre las más de 400 propuestas que la editorial ha recibido a través de su página web. “Abrimos las puertas de la editorial con la certeza de que encontraríamos talento”, dice Ardila. “Criacuervo es la prueba de que teníamos razón”.

***

Orlando Echeverri nació en 1980, estudió Filosofía y fue redactor del diario El Universal. Ha colaborado con varios medios, entre los que se cuentan las revistas El Malpensante y Universo Centro. Vivió en el sur profundo de Tailandia, donde dictó clases de inglés y se desempeñó como fotógrafo. En 2014 obtuvo el Premio Nacional de Novela Idartes con el libro Sin freno por la senda equivocada, publicado por El Peregrino Ediciones. Criacuervo es su segunda novela.


 

 
FRAGMENTO

Tú y yo tenemos más ayeres que cualquiera,
necesitamos un mañana.

Toni Morrison, Beloved

1.

Klaus Zweig se casó con una traductora alemana en el desierto de Criacuervo. El notario guajiro cobró por el trámite, por dos botellas de champán de mala calidad y también por hacer los oficios de barbero antes de la ceremonia.

Había llegado a ese lugar tras abandonar la Deutsche Marine y obtener un puesto como buzo en la petrolera Wintershall. Viajó a ese pueblo minúsculo al norte de Colombia por orden de la compañía, pues cerca de la costa se terminaba de instalar una plataforma que operaría durante varios años. Se calculaba que el nuevo yacimiento tendría unos dos mil millones de barriles de petróleo estimados para todo el campo. Era la primera vez que Klaus salía de Alemania y, debido a que no hablaba español, antes de empezar a trabajar recibió clases en Cartagena.

La muniquesa contratada para las lecciones se llamaba Helen Koch. Era una traductora profesional que peregrinó por Sudamérica y durmió en hostales donde la fiesta nunca terminaba. Justo cuando daba por finalizado su viaje y quería hacer algo de dinero para no volver con las manos vacías, obtuvo un trabajo en la Casa Cultural Colombo Alemana gracias a una amiga. Encomendada a Klaus, en cinco meses logró que el buzo berlinés chapuceara con confianza algunas frases inteligibles. En el tiempo libre que les quedaba salían a dar vueltas en un Renault 9 que la compañía le dio a Klaus para que se moviera por la ciudad. Se quedaban hasta tarde en arrabales de guaguancó, donde a menudo otros hombres sacaban a Helen a la pista de baile, mientras que a él no le quedaba otra opción que digerir los celos.

Cuando Klaus regresó a Criacuervo para iniciar el trabajo, ya no podía sacarse a Helen de la cabeza. Después de tres semanas, decidió regresar por ella. Apareció una tarde por la Casa Cultural Colombo Alemana con la cara curtida por el sol, un overol sucio, el pelo revuelto y oleoso y los ojos chispeantes. Además, apestaba a ron. A Helen la sedujo su aspecto demolido. Le gustaban los hombres estropeados por el mundo. Parecía, según le dijo, como si hubiera peleado con perros salvajes o cavado un agujero en la tierra para volver a ella. No le costó demasiado decidir marcharse con él. Helen se obstinó en conducir el tramo entero hacia el desierto, y en cuatro retenes, Klaus debió sobornar a los militares por la falta de documentos de su futura mujer.

La petrolera había construido un complejo de casas idénticas para los empleados, ya que la plataforma quedaba a unas cinco millas náuticas de la costa. La mayoría estaban habitadas por hombres solteros o que a causa de la distancia habían perdido a sus mujeres. Muchos de ellos recibieron las solicitudes de divorcio por correo. De hecho, durante un tiempo el cartero no se atrevió a volver al pueblo temiendo que lo mataran. Ya había sufrido dos palizas por parte de hombres enloquecidos por el hacinamiento y el desamor. El trabajo era duro. En los periodos de encierro se cocinaba la demencia. Klaus debía permanecer en la plataforma durante semanas enteras, sumergiéndose sin parar. Helen, ya encinta, empleaba ese tiempo para escribirle extensos correos a su familia, en Múnich. Aquellos meses fueron sumamente difíciles y tediosos para ella. La única persona que la acompañaba era una negra llamada Elvira, que hacía los oficios de la casa y que preveía un varón mediante una aguja pendiendo de un hilo que le ponía a Helen sobre el vientre.

Sus augurios acertaron. Tras un parto distócico llegó al desierto un niño. Lo llamaron Dieter. Había una anécdota curiosa en torno al médico que atendió el nacimiento. Era el facultativo de cabecera en la plataforma y, para entretenerse, leía el tarot en sus horas libres, actividad que nunca fue bien vista por los obreros, quienes empezaron a ridiculizarlo. El médico fue una de las primeras personas en recibir una solicitud de divorcio en la plataforma. Se la enviaba su mujer, desde Bogotá. El hecho lo afectó de tal manera que trató de matarse tomando somníferos y cortándose las venas, pero cuando intentaba llevar a cabo lo segundo los fármacos hicieron efecto y, debilitado, solo alcanzó a hacerse cortes de poca profundidad. Fue el galeno suplente quien lo encontró tendido en la cama con sobredosis. Le suministró flumazenil, un antídoto contra las benzodiacepinas, y cuando el médico despertó, horas después, algunos obreros lo habían desnudado y le habían envuelto el trasero con la bata como un pañal. Klaus siempre vio en él a un hombre decente, íntegro, bastante melodramático y, en ese sentido, a una víctima perfecta para los demás empleados, que allí encerrados se comportaban con una indolencia macabra.

En Criacuervo había pocos chicos, de manera que Helen se constituyó en el único lente a través del cual su hijo exploró más allá de la planicie árida. Las prolongadas ausencias de Klaus causaban que, en cada regreso, al niño le resultara un completo extraño; un intruso que dormía con el único ser que representaba su universo. En cierta ocasión, mientras Klaus dormía, Dieter se deslizó furtivamente en su habitación y lo atacó con un cenicero que pesaba cerca de un kilo. Klaus aún conservaba la prueba en su pómulo izquierdo: una cicatriz que nunca se atenuó, testimonio innegable de que el hijo se levantó contra su progenitor antes de alcanzar la edad de la razón.

Cuando cumplió seis años y llegó la hora de que lo inscribieran en algún colegio, se decidió que Helen se fuera a vivir con el niño a Cartagena. Tenerlo en el desierto solo acentuaría su naturaleza indómita. A pesar de que Klaus ganaba bastante bien y de que no era necesario que Helen trabajara en Cartagena, mientras ella y el niño vivieron en la ciudad volvió a dictar clases en la Casa Cultural Colombo Alemana. Rentó un apartamento en el centro. Desde el desierto, Klaus empezó a temer que llegara su turno de recibir aquella carta nefasta con una solicitud de divorcio. Era un hombre impaciente, práctico, hermético y, sin embargo, no estaba desprovisto de sensibilidad y cultivaba sus propias curiosidades. Por otra parte, amaba con devoción a su familia y nadie podría discutirlo. Aun así, los altercados más comunes entre Klaus y Helen versaban sobre su falta de aspiraciones más allá de Criacuervo. Era como si, le reprochaba Helen, hubiera encontrado en ese desierto el fin de su camino. ¿No te gustaría vivir en otra parte?, solía decirle ella. Klaus evitaba esas disputas guardando silencio o haciendo promesas que nunca cumplía. De hecho, había aceptado con abnegación las dos únicas visitas que su mujer y su hijo le hacían al mes viajando en el Renault 9. Helen siempre se esmeraba en ponerse guapa para él y solía llevarle whisky y chocolates con almendras que compraba en las cuevas de contrabando que se hallaban en el trayecto. Cuando los obreros veían a Helen, se volvían locos. Ella tenía la certeza de que bailaba en sus mentes cada vez que se masturbaban. Esa convicción la satisfacía en secreto.

La relación entre Klaus y su hijo dio un giro substancial desde que este se marchó a Cartagena. Una anécdota que demostraba ese cambio ocurrió el día en que Dieter cumplía nueve años. Helen lo llevó al desierto y antes le había comprado una bolsa con soldados de plástico que el niño apenas ojeó. Klaus, por su parte, había decidido hacerle un regalo memorable: llenó un frasco de pepinillos con crudo. Cuando Helen y Dieter llegaron a la casa en Criacuervo, Elvira los sorprendió con un pastel de chocolate. Sin que el niño se diera cuenta, con preocupación, Helen le preguntó a Klaus si había comprado algo. Klaus le dijo que no, pero que tenía una cosa interesante para él. Acto seguido, fue a un mueble de la sala, sacó de un cajón el frasco con petróleo y se lo puso en frente al chico. Dieter, después de haber soplado las velitas, estudió sorprendido el frasco con aquel líquido negro. Era como si no lograra determinar si le fascinaba o le repelía. Cuando lo destapó, el hedor inundó la casa: un olor similar al que produce el sargazo en descomposición cuando es arrojado a la playa. Helen parecía a punto de protestar, pero entonces Klaus le preguntó al chico si sabía qué era. Él negó con la cabeza. Su padre le contó que eso que tenía en las manos había sido una cosa viva alguna vez; una cosa que luego murió y permaneció en una trampa durante miles de años hasta convertirse en ese jugo apestoso; un jugo que movía autos y limpiaba baños y causaba el exterminio de pueblos enteros.

La luz y la oscuridad, añadió, literalmente, como si hablara de la existencia de Dios con un teólogo. Era esa forma en que le hablaba lo que producía en el chico una admiración insondable por su padre. A partir de entonces, Dieter guardaba el frasco como un tesoro.

Desde que el chico y Helen se fueron a Cartagena, Klaus había dejado de viajar a la ciudad. Prefería otorgarle ese espacio a su familia, aunque con el correr del tiempo comprendió que en realidad no quería salir del desierto. Pese a que Helen era una mujer intuitiva, nunca alcanzó a entrever la obsesión que Klaus sentía por ese lugar.

La única diversión del buzo y los obreros en sus días libres se reducía a los baños en el mar o a las borracheras con chirrinchi, que los wayúus elaboraban en un rancho atiborrado de tanques industriales. Una vez la petrolera se marchó del desierto, el rancho wayúu se trasladó hacia el oeste para cultivar camarones, razón por la cual Klaus decidió armar un alambique y hacer así su propio alcohol. Cuando todos se fueron, solo uno de sus amigos se quedó: Thomas Stein, geólogo de Bonn, un cincuentón de naturaleza próvida que se quedaba largas temporadas en la casa de Klaus. Tenía una hija a la que todos llamaban Nani, pese a que su nombre verdadero era Kim. Thomas envió a su hija a Alemania, con su madre, porque consideraba que el desierto se había vuelto demasiado peligroso para una niña.

Fue Thomas, en todo caso, quien pronosticó un incidente que a principios de agosto le costó la pérdida de un ojo a Klaus. Le había dicho meses antes que los rumores en el pueblo sugerían un sabotaje por parte de una banda de mercenarios llamada Las Liebres. La banda, sanguinaria e impredecible, estaba conformada por antiguos miembros de las fuerzas paramilitares que, una vez disueltas por el Gobierno, habían vuelto a agruparse en las zonas abandonadas por el Estado. De acuerdo con Thomas, Las Liebres exigían un pago millonario por mantener el equilibrio en Criacuervo. Operaban con completa impunidad. Eran ellos quienes controlaban el contrabando de vehículos, combustible y licores provenientes de Venezuela; también extorsionaban a diversas multinacionales que maniobraban en el sector. La compañía de petróleo había pagado con regularidad, pero ante la inminencia del fin de las operaciones decidió cortar todo vínculo. Klaus nunca le prestó atención a los rumores, y justo cuando estos se fueron disipando, Helen recibió una llamada telefónica en Cartagena en la que le pedían que se presentara de inmediato en un hospital de Riohacha. Le informaron que Klaus había quedado tuerto en una explosión causada por una fuga en la plataforma. Agregaron que, para determinar el daño causado por el suceso, le practicaron una serie de resonancias magnéticas de la cabeza con las que notaron la presencia de un tumor. Quizá un meningioma. Un tumor que suele ser benigno, pero había excepciones y era imprescindible que se hiciera los estudios de rigor.

En cuanto a la petrolera Wintershall, decidió abandonar el país.