Síguenos:




Número 19 - Diciembre de 2010   

Editorial

Mientras llueve
Juan Carlos Orrego

Lo que más se ha dicho de la lluvia pertinaz en que ha venido desliéndose el país durante los últimos meses es que se trata de un fenómeno sin precedentes en nuestra historia (o, por lo menos, que el cielo no había llorado tanto desde los días de la presidencia de Laureano Gómez, a quien —quizá también por eso— llamaron el "Hombre Tormenta"). Sin embargo, por más que cueste trocar los convencionales garajes inundados en el barrio Conquistadores por las avalanchas asesinas de cada semana, la verdad es que, incluso, el asunto de las lluvias de hoy es "crónica de una muerte anunciada".

La alusión a la obra de Gabriel García Márquez no es casual. En el más sacro de sus evangelios, Cien años de soledad (1967), unas líneas aparentemente exageradas ya pintaban con pasmosa exactitud de profecía maya nuestro mojado presente: más allá de su hiperbólica duración —"cuatro años, once meses y dos días"—, la lluvia de Macondo se interrumpía sólo para volver con mayor ímpetu; los techos volaban, las matas se salían de sus eras y surcos o nacían en medio de las máquinas, las camas eran islas entre charcos, la ropa bordada se oxidaba, resultaba ingrato calzarse zapatos y los peces entraban a los aposentos. Que nadie se engañe creyendo que nuestra villa se alza lejos de esa legendaria comarca costeña: como se sabe, poco faltó para que los mismos peces se colaran por las puertas del sector de Santa Teresita, durante el vendaval del pasado 23 de noviembre.

Lo que imaginan aquellos que tenemos por febriles soñadores literarios es, más que invención, producto de la buena observación o del exquisito cálculo. Para no salirnos del ámbito de Gabo basta recordar aquellos árboles cuyos frutos eran mejillones, que tanto han maravillado a los lectores europeos y que sin ningún esfuerzo pueden ver, después de la cotidiana celebración de la pleamar, los humildes habitantes de los manglares. Del mismo modo, la idea de una lluvia apocalíptica le habrá llegado a García Márquez porque la pescaron sus sentidos en alerta y no porque, en medio de la molicie, se la hubiera soplado una musa delirante. Algún vaho inequívoco olisqueó en el aire nuestro Nobel, habida cuenta de que, apenas un año atrás, a Fernando Soto Aparicio también se le había ocurrido un argumento pasado por agua: el de Mientras llueve (1966), en que las goteras caen desde la primera hasta la última página. Dos décadas y media después, la pesadilla revivió en Los dioses descienden al amanecer (1990), novela del escritor barranquillero Rafael de J. Henríquez. Allí, en medio de una intriga planetaria urdida por gringos y rusos, las tormentas golpean el mundo hasta casi borrarlo: los mares invaden los continentes, las cordilleras son nada más que lodo apelmazado y las ciudades se deshacen como cubos de azúcar.

 

Si el río suena, piedras lleva; si los escritores se obsesionan con la lluvia, es porque los envuelve su estrépito. Ya sea porque las imágenes de la literatura son registro o alegoría de la realidad, porque esas sugestiones son textualmente transmisibles de unos papeles a otros o porque, simplemente, el nuestro es un país con vocación pluviosa, lo cierto es que lo que era pura ambientación novelesca acabó siendo materia de los informes oficiales. Hace ya mucho rato que los cataclismos cumplidos y por cumplir reposan en los tratados de los científicos del clima y de la tierra, así como en las agendas color naranja de los estudiosos de los desastres. El alud pantanoso de La Gabriela, según se supo, ya había sido pronosticado en un diagnóstico del 2005: "es factible que se presente una infiltración de aguas, saturación del terreno, generación de empujes hidrostáticos y movimiento en masa hacia el sector de Calle Vieja", dijo el Jeremías de turno.

Aunque muchos se empeñen en hacerle el cajón, clavetear la tapa y llevarlo por su cuenta al cementerio, Sigmund Freud aún no ha perdido su vigencia. Y, de acuerdo con el célebre psicoanalista austriaco, cada uno de nosotros cree, inconscientemente, que la muerte es el destino de los demás y no el propio: otros contraerán el sida después del round en las sábanas, otros perderán la vida por no entregar el reloj, otros abordarán el vuelo marcado por la fatalidad y a otros sepultarán las montañas vencidas por las lluvias. Eso sí, el Dr. Freud ni siquiera sospechó que esa peregrina confianza también podía ser corporativa e institucional; no imaginó que nuestro Leviatán podía decir: "Que se estudien con más detenimiento los informes de los expertos, que se acumulen los cartapacios y que se aplacen las reubicaciones: a otros sepultarán las montañas vencidas por las lluvias".

En el ojo del huracán del crudo invierno, nos queda la impresión de que nada va a hacerse más allá de elevar rezos y recaudar dinero por artes de beneficencia o tributación forzada. Estamos como en las últimas líneas de la novela de Soto Aparicio: "Guardaré el diario en el cajón de la mesita, para que sus páginas se consuman al mismo tiempo que mi cuerpo. Y esperaré la muerte —Amiga Muerte—, mientras afuera llueve". 

"Llovió cuatro años, once meses y dos días. Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convaleciente para celebrar la escampada, pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento. Se desempedraba el cielo en unas tempestades de estropicio, y el norte mandaba unos huracanes que desportillaron techos y derribaron paredes, y desenterraron de raíz las últimas cepas de las plantaciones. […] Lo malo era que la lluvia lo trastornaba todo, y las máquinas más áridas echaban flores por entre los engranajes si no se les aceitaba cada tres días, y se oxidaban los hilos de los brocados y le nacían algas de azafrán a la ropa mojada. La atmósfera era tan húmeda que los peces hubieran podido entrar por las puertas y salir por las ventanas, navegando en el aire de los aposentos. […] Fue necesario excavar canales para desaguar la casa, y desembarazarla de sapos y caracoles, de modo que pudieran secarse los pisos, quitar los ladrillos de las patas de las camas y caminar otra vez con zapatos"

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad