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Número 19 - Diciembre de 2010   

Byron White
Las tres barrancas
 

 

 

1 Barranca del caleño
2 Barranca de Ospina
3 Iglesia de San Antonio
4 Protección de la Joven
5 Buena Prensa
6 Barranca del convento

 

Esta vez de barranca en barranca, con nuestro historiador, el arquitecto Rafael Ortiz, apretamos y sacamos la almendra de la historia de la carrera Palacé.

1. La Barranca del Caleño recibió este nombre porque allí se instaló un zapatero que vino de esa ciudad. Tal vez fue el primer zapatero que realmente sabía de cueros y calzado, y a muchos de sus empleados les enseñó a distinguir la carnaza de la piel, a conocer el material de la suela, amén de las herramientas necesarias para elaborar un buen zapato, de tal manera que sus ayudantes rápidamente aprendían el oficio, se independizaban y ponían su propio taller en la misma calle o barranco, por lo cual también se llamó la Barranca de los Zapateros.

2. La Barranca de Ospina se distinguió porque en su entrada había numerosas casas de tipo antiguo, que al quedar en poder de los artesanos fueron convertidas en inquilinatos. Otras fueron destinadas a especies de casas-teatro donde grupos de trabajadores representaban obras de la literatura universal y, por alguna extraña razón, si alguna persona de categoría lograba entrar a la función, lo apaleaban y podía salir herido.

3. En el otro extremo, es decir sobre San Juan, ya venía a quedar la iglesia de San Antonio, con su entrada principal de escalinatas y su popular misa de cinco de la mañana, muy concurrida por pescadores y cazadores que salían justo a tiempo para recoger del atrio las jaurías, desayunar en el Café Balcanes y tomar el tren de seis rumbo a los pescaderos que el río Medellín prodigaba desde Barbosa hasta Cisneros.

4. Por el frente existió La Protección de la Joven, una institución a cargo de monjas y financiada por familias ricas, con la misión de hospedar a las muchachas que venían de los pueblos a trabajar en la ciudad, sin cobrarles nada; además les enseñaban desde el manejo de una casa en todos sus aspectos (cocina, entrodería, recepción, etc.) hasta a bordar costuras invisibles en paño.

5. La Buena Prensa se llamó la tipografía más grande del país en su momento. Pertenecía a la comunidad de los franciscanos y producía, para ser distribuidas por toda Colombia, novenas de todos los santos en sus distintas advocaciones y aquellas tarjetas de duelo conocidas como recordatorios.

6. La Barranca del Convento fue originalmente un caminito que la gente utilizaba para ir al baño de la Peña de los Monjes, y posteriormente sufrió varias transformaciones (de las que ya hablamos en el número16 de UC): de Barranca pasó a ser Camellón del Convento, después Calle del Comercio, hasta convertirse en Palacé. Dicho baño quedaba en lo que hoy es la calle San Juan y era el favorito de las gentes que vivían en ese sector.

 

Corocito

Había en la pequeña aldea que era Medellín, al otro lado de la quebrada Santa Elena, por el norte, grandes mangas y guayabales. Y al pie del puente de Junín una fragua o herrería cuyo amo y señor, Corocito, un gigantesco negro de fuerzas hercúleas, se entretenía reventando corozos con los dedos. Tenía el herrero muy buena clientela, pues al fin y al cabo era el único de la población, y una morena mestiza de gran belleza como compañera, que muchos trataban de seducir.

Cualquier tarde alguien le llevó el chisme de que su mujer le era infiel, y Corocito, aprovechando que ella le llevaba el almuerzo todos los días y volvía a la casa después de conversar un rato, empezó a seguir la pista. Era fácil pues también le habían informado el nombre del supuesto amante, de tal modo que se quedaba trabajando como si nada y al cabo de unas dos horas se emboscaba para atisbar la puerta ajena por donde debía salir la infame después de disfrutar del ilícito amor.

Tras varias frustraciones al fin un día la vio salir de la casa de su enamorado. Sin embargo, tranquilo, volvió a la fragua, a trabajar común y corriente. Al sábado siguiente le dio a su amada con qué comprar un par de gallinas para preparar un sancocho el domingo, de paseo. Después de oír misa caminaron rumbo al Alto de las Sepulturas, el que hoy conocemos como el cerro de El Salvador. Mientras estaba el sancocho, Corocito, muy atento y formal, la llevó a divisar el Valle del Aburrá; luego, después de almorzar, le dijo: ¡camine asomémonos a aquel lugar que no recorrimos! Por los lados del hoyo de El Salvador encontraron una tumba de indios ya sacada y sin tapar de nuevo, en el fondo se veía dispuesto un palo puntudo, aguzado como para ensartar algo allí. La mulata preguntó a Corocito que para qué sería el palo y él le contestó agarrándola por la cintura y lanzándola al hueco: Para clavar traidoras.

Ahí la dejó. La encontraron varios días después. A él nunca pudieron localizarlo. La gente, crédula, comentaba que era el diablo el que la había matado y que en todo el alto se sentían espantos. Entonces la curia puso tres cruces para alejar los malos espíritus y desde eso pasó a ser el Alto de las Cruces.