Número 115, junio 2020

Pelotina y plutoni

David Eufrasio Guzmán. Ilustración de Titania

 

Ilustración de Titania
 
 

La profesora interrumpió la clase de matemáticas y a mí me dio mucha alegría porque me estaba yendo mal con las tablas de multiplicar. En cambio para los dictados era el mejor del salón, mi mamá me había enseñado a leer desde antes de entrar a primero y escribía todo perfecto y sacaba cinco siempre, cosa que me fue aburriendo y por eso empecé a equivocarme de gusto para que mi cuaderno también tuviera tachones en rojo como los de los demás. Quería saber cómo era que lo corrigieran a uno en el dictado, entonces si había que escribir “Pedro toca flauta y baila”, yo ponía “Pebro toco fluta y biala”. Luego, cuando la profe estaba calificando, yo ponía cuidado a ver qué cara hacía, quería que se alarmara por mis retrocesos, pero creo que se daba cuenta de que me equivocaba de aposta. Yo lo único que quería era que me viera normal, como los demás, como cualquier otro compañero, la verdad es que me había cansado de ese cuaderno pulido de caritas felices, sobre todo porque yo no estaba feliz.

Con mi mamá en la casa hubiera sido muy distinto, tal vez habría estudiado las tablas conmigo y me las hubiera aprendido de memoria y así hubiera podido equivocarme de gusto para sentirme superior. Pero en matemáticas no necesitaba de mis patrañas para ser malo, por eso esa vez cuando suspendieron la clase para que escogiéramos el regalo de la madre me puse muy contento. ¿Qué será que escojo?, pensaba y pensaba y no sabía, había tres opciones, un portarretratos, un cofre para meter joyas o un juego de salero y pimentero en forma de mazorcas medianitas que se ponían sobre una hoja como de maíz. Las tres cosas eran de cerámica blanca, así todas simples, y nosotros las teníamos que pintar y ponerlas bonitas porque era muy importante que el regalo tuviera nuestro color y nuestro sello. Al final escogí las mazorcas porque era el regalo más grande y con más piezas y también me gustaba mucho el color verde y cómo contrastaba con el amarillo.

Yo rogaba, Ojalá nos pongan a pintar el regalo en clase de matemáticas, pero no, al otro día me sacaron al tablero y no fui capaz de recitar la tabla del siete y me puse a llorar. La profesora me dijo que tranquilo, que después me la aprendía. Yo sabía que no me podían regañar mucho, como mi mamá estaba en una clínica de reposo sentían lástima, entonces yo sabía que podía perder materias y hasta el año y no me regañaban, les daba pesar, cómo me iban a regañar si mi mamá estaba en una clínica de enfermedades de la mente, que es como un manicomio más relajado. Por eso a mí me cuidaba la muchacha del servicio, que tampoco se sabía las tablas, porque mi papá trabajaba todo el día en la universidad.

El día que se la iban a llevar para la clínica de reposo me abrazó como con una alegría toda calmada y me dijo que me amaba y que pilas en el colegio, pilas con matemáticas, que ella ya me había enseñado a leer y a escribir. Pero a mí no me importaba el colegio, sentía que me iban a arrancar el corazón y me puse a llorar y le dije que no se fuera, entonces mi papá me cargó y me llevó para mi pieza a hablar seriamente, que tenía que ser fuerte y darle fuerza a la mamá, yo le dije, Si no me llevan a la clínica de reposo, pierdo el año. Él me miró como impaciente. Al final fuimos en un taxi a llevarla, ella iba contenta porque ya había aceptado estar un tiempo en esa clínica. Mientras llegábamos yo pensaba que iba a hacer todo lo posible por quedarme con ella allá, dormiríamos en la misma cama, estaba dispuesto a hacer un escándalo bien duro como el que hizo mi prima Marcela en el entierro de su papá, el tío Jairo, que lo mataron y ella se quería meter en la tumba y la tuvieron que agarrar a la fuerza para calmarla. Voy a hacer eso, voy a empezar a llorar desde ya, me decía a mí mismo ahí en el taxi bien agarrado de la mano de mi mamá. Mi papá iba adelante y como no me miraba a los ojos yo podía tener cualquier pensamiento.

Esa tarde no hice nada el escándalo, lloré pero poquito, es que no me dieron ganas de quedarme allá, esa clínica era toda aburridora, con enfermeras y todo, dizque de día y con las luces prendidas, tenía unos corredores recién brillados como para deslizarse en medias, bacano, pero qué gente tan mala clase, una viejita se me quedó mirando feo y me dijo hijueputa, así todo pasito, pero yo no le conté a mi papá, él estaba firmando un papel. Mi mamá se quedó como contenta y no lloró cuando nos fuimos. Papá, ¿cuándo va a salir de allá? Esperemos que rápido. Mi mamá me había contado que a la abuela le habían tenido que inyectar morfina cuando estaba embarazada de ella y que seguro eso la hacía desequilibrarse, pero yo veía a mi mamá como una genia creativa, me hacía magia cada rato y hacía aparecer nucitas y leches condensadas y teníamos juegos que solo ella y yo sabíamos jugar, por ejemplo, Pelotina y Plutoni, dos arañas madre e hija que hacíamos con las manos y se atacaban después de unos rodeos cariñosos. Quién sabe si yo también tenía morfina en mi cuerpo pero atacaba con las uñas y Plutoni le ganaba a Pelotina aunque fuera más chiquito.

La señora del servicio me cuidaba muy bien, mi papá trabajaba, metido en la universidad con los sobacos sudados dando clase, porque le daban nervios. Yo pensaba que los filósofos eran gente muy nerviosa por hablar de cosas del antiguo mundo del saber y de señores barbados y sabios. Esos filósofos sabían mucho y hablaban muy bonito pero como que no aplicaban eso a su vida de todos los días, pa qué saber tanto y vivir maluco o que le den rabias a uno o no saber resolver con tranquilidad los problemas. Yo pintaba el regalo de la madre, tin, avanzaba con el verde, con el amarillo de los granos, que estaban muy bien tallados. De cada regalo había una muestra ya pintada para que no fuéramos a meter otros colores que no se podían. Yo ya había pintado mucho en la casa con mi papá y pintaba muy bonito, tenía mi estilo característico, pero para decir las tablas trastabillaba como las mulas del tío Jairo cuando estaba vivo, que las metía por unos caminos de piedras y ellas se resbalaban y a mí me gustaba el sonido de los cascos contra las piedras. Era muy bueno ir a Fredonia a montar en bestias mansas y a pasar los fines de semana pero cuando mi mamá estaba equilibrada.

Yo me dormía tarde, me quedaba jugando alguna cosa, tenía muchos juguetes gracias a dios. Una vez me trasnoché y escuché que mi papá le estaba contando a la tía Magda que a mi mamá una señora le había jalado el pelo y la había arrastrado, yo no sabía si era la misma señora que me había insultado, pero me dio mucha tristeza y rabia, seguro le caímos mal como familia y nos cogió bronca o de pronto era su forma de ser y por eso estaba allá reposando sus rabias, pero a veces no se aguantaba y reaccionaba así, o quizá vio a mi mamá muy frágil y yo había visto que cuando la gente cruel veía a alguien con debilidades se la montaba más, como una calcomanía que vi en un bus que era un ratón atrapado en una trampa de queso y otros ratones dándole por el culo y una frase que decía que cuando uno está mal todos se aprovechan. Mi papá también le contó a la tía que mi mamá había dicho que le estaban haciendo brujería porque amanecía con pedazos de pelo entiesado, pero que una enfermera le había explicado que a ella se le metía el pelo al café con leche y como le echaba tanta azúcar eso ayudaba a que se le tostara, no entiendo cómo no se daba cuenta.

Las mazorcas y la hoja de maíz me estaban quedando bien, pero al escondido robé un poquito de negro y le mezclé a mis colores para oscurecer algunas partes, es que eso verde y amarillo parejo me estaba quedando demasiado infantil, yo quería como hacer unas sombritas que mi papá me había enseñado, por eso al final, de todas las mazorcas, las mías eran las más bien hechas, se notaba mucho, parecían pintadas por el profesor de dibujo pero la profesora no me regañó. Yo prácticamente podía hacer lo que me diera la gana menos dar pata o decir groserías, de resto, por el tema de mi mamá, tenía mucha libertad y si me la quitaban recurría a mis pataletas y lloraba a moco suelto para que les diera bastante pesar. Entonces yo no hacía tareas, qué pereza, además no me podía concentrar, uno sin la mamá, ¿cómo se concentra? Esa era mi arma y a veces pensaba con cierto pesar que cuando ella volviera no iba a tener cómo manipular a la gente.

Fancizca rega la marrarita, El enane tenía un gato al que llamava Mehcas y uan lora a la que regañeba parque se comí el panequezo del desyuno, Gillermo toda la gitara y canta con su hamigos. 8 x 7, 56, 8 x 8, 69. Estamos muy preocupados con el niño, a este paso va a perder el año, le dijo un día la profe a mi papá, lo hicieron ir porque había cascado a un compañero, le pegué un puñetazo en la cara mientras comía papitas y lloró todo duro y mostró las papitas masticadas y yo le cerré la boca aunque se la hubiera podido abrir del todo como me contó mi papá que un guerrero mató a un león, así abriéndolo de las mandíbulas hasta partirle en dos la cara. A ese niño su papá y su mamá lo llevaban y lo recogían todos los días en un carro todo bacancito. Marica tan chillón.

El día de la madre yo iba muy nervioso, llevaba con mucho cuidado las mazorcas y ese busero andaba muy rápido y el bus brincaba. Mi papá le tenía un vestido y una tula con las cosas del aseo. También llevábamos una bolsada de mecato para que ella la escondiera en la pieza y no se la dejara pillar. Cuando llegamos me acordé de esa viejita, no la quería ver, qué tal que me tumbara al suelo el regalo, eso ahí mismo se hubiera quebrado como estaba el corazón de la familia con mi mamá allá metida. Pero nada. Le entregué el regalo y se puso muy contenta y lloró y todo pero luego pensé que a ella le gustaba más el azúcar que la sal, hubiera sido mejor regalarle una azucarera, pero es que esa no estaba en las opciones, yo le dije, Mamá, una mazorca es para sal y la otra para pimienta, pero ahí le puede echar mejor azuquitar. Más lloró. Yo le dije, Juguemos a Pelotina y Plutoni, pero allá le habían obligado a cortarse las uñas entonces no tenía gracia. Ella le preguntó a mi papá, ¿Cómo va el niño en el colegio?, y él me miró como desafiante, Él va bien, va bien, dijo y yo me quedé callado. Ese día almorzamos por ahí cerquita de esa clínica, que quedaba en una esquina llena de sombras de árboles grandes y como alcancé a ver las torres del Atanasio Girardot supe que estábamos por el estadio. A mí me gustaba ir al estadio, pero de noche.

Ese año me disfracé de chino, mi papá me untó un poquito de sacol en las sienes con la piel estirada para rasgarme los ojos y funcionó muy bacano, pero en el colegio me dio dolor de cabeza y le tuve que decir a la profesora, ella se asustó mucho cuando me vio la piel arrugadita por el sacol y dijo que era por eso, que a mi papá cómo se le ocurría, pero yo lo defendí, a mí también me gustaba el sacol y olía fuerte pero agradable, para oler de lejitos, mi papá y yo hacíamos mucho bricolaje y el sacol era un producto muy común en la casa, pero la profe me lavó en el lavamanos y el disfraz se dañó porque ya no tenía los ojos rasgados, le tocó estregarme mucho y quedé rojo. Qué ridiculez tan grande, me hubiera aguantado el dolor de cabeza como me había aguantado todos estos meses sin mi mamá.

Al final del año, cuando faltaban pocos días para entregar las calificaciones, la soltaron, fue una alegría muy grande pero yo me sentía muy mal porque había perdido el año, la profe me dijo, Es mejor que repitas primero porque después vas a tener problemas, y estás muy niño, no hay afán. Yo lloraba con mi mamá y mi papá al lado, los tres ahí con la profe y yo agarrado de la mano de mi mamá. La profe me dijo que me fuera a jugar y al ratico me llamó y me dijo, Tomás Emilio, te vamos a pasar a segundo, pero te tienes que esforzar mucho en matemáticas y recuperarte en español, y tienes que mejorar la concentración. ¿O sea que gané el año? Digamos que pasaste a segundo. Ese día nos fuimos todos contentos para la casa y le prometí a mi mamá que el otro año me iba a ir bien en el colegio y ella prometió que nunca más iba a volver a una clínica de reposo. Yo hubiera querido celebrar con el juego de las arañas pero teníamos que esperar hasta que le crecieran las uñas.UC