Número 92, noviembre 2017

Un virus de la mente
Roberto Palacio. Ilustración: Señor OK

Ilustración: Señor OK

 

Me considero un ateo decente. He sido hasta ahora, al decir del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, uno manso, que no arguye con su suegra, que no carga en el bolsillo un crucifijo por si acaso, que ha dominado el pudor de cantar un villancico —incluso esos que parecen entonados por castrati criollos— y que no intenta convertir a otros, simplemente porque para un no creyente no hay algo a lo cual convertir. Y si lo hubiera, ¿acaso se puede ser más fanático que bajo la conversión?

El ateísmo no es mi religión en negativo.

Una de las figuras que más admiro no es un ateo manso —sí, los ateos podemos admirar, sentirnos asombrados, ser éticos y aun sentir el poder de la indignación—. El genetista Richard Dawkins es para muchos de los que no creemos un punto de referencia. No es el líder de nuestro culto, no le enviamos dinero que él le da a Satán, no le prendemos velas y ciertamente no tomamos su palabra por revelada sin la evidencia. Dawkins es eso; la falta de creencia personificada. Junto con Sam Harris, el fallecido Christopher Hitchens y Daniel Dennett son parte de una agrupación de ateos que ante la arremetida del fundamentalismo, no han tenido reparo en ponerle la cara a los fanáticos. Para ellos los moderados tampoco se salvan: los que defienden versiones aparentemente inocuas de las ideologías religiosas son tan peligrosos como los anteriores al crear un clima de tolerancia que a menudo se expresa en frases como: “¡…pero no todos los jihadistas son terroristas!”. ¿Acaso hay nazis queridos y amables?

Por eso, la fe religiosa no debe ser tenida por un expediente que amerite un respeto sacro. Es tonto provocar a gente tan peligrosa, he oído decir. Con el mismo argumento las mujeres no deberían usar ropa erótica porque los violadores no saben controlarse. De este punto parto en este artículo y del mismo parte Dawkins en su libro emblemático sobre el tema publicado en 2016, El espejismo de Dios; el sagrado derecho a decirle a otros cosas que quizá no les gustan.

¿Se necesita evidencia para declarar el absurdo de la religión? Si uno no pretende rechazarla bajo otro acto de fe, es preciso buscar pruebas. Esta es la que ofrece Dawkins. Comencemos con la imagen más sencilla: algo que muchos hemos visto en el campo abierto con una linterna o una vela. No es inusual que una polilla aparezca de la nada y de manera suicida se lance contra la llama. Es un comportamiento extraño. A un biólogo genetista como Dawkins ha de interesarle. No se trata, claro, de un “gen kamikaze”; la evolución no hubiese dejado pasar algo con un valor de supervivencia negativo. Se trata más bien de algo que se coló, que venía atado a un comportamiento que sí servía. La polilla evolucionó en un ambiente en el que las luces artificiales eran inexistentes. Su ojo está diseñado para hacer un ángulo de treinta grados con la luz de la luna y volar en línea recta. Cuando las fogatas de los humanos aparecieron, lo que hicieron las polillas, siguiendo su programación, fue describir una elegante espiral que convergía al centro de la llama atendiendo a ángulos de treinta grados en consonancia con los rayos de luz recibidos. Este tipo de error se llama subproducto evolutivo, y muchos de ellos son lesivos, perjudiciales o abiertamente mortales, como el descrito.

La religión es un subproducto también; a menudo igual de lesivo, perjudicial y hasta mortal como lo constatan los atentados asesinos. ¿De qué habilidad es un subproducto la religión? Si se mira la manera en que evolucionó el cerebro, es notorio que la selección natural favoreció la credulidad por encima del escepticismo; los niños a cierta edad creerán lo que se les diga, sobre todo si lo dicen los adultos en una voz grave, a la luz de la fogata, para usar la expresión del filósofo evolucionista W.V.O. Quine. Los niños que sobrevivieron en el arduo proceso de selección natural fueron los que creyeron ciegamente las palabras de los mayores que aseguraban que en la cueva había un oso. Los niños curiosos que descreyeron y se aventuraron en la oscuridad no vivieron otro día para dejar como descendencia eventual más niños incrédulos. Pero quien confía a menudo no tiene forma de reconocer entre el buen consejo y el que resulta absurdo. En efecto, sustitúyase al oso por un patriarca en el cielo y se tendrá el origen de varias religiones. Es así como los humanos somos propensos a atribuir inteligencia incluso allí donde solo hay materia y sombras: al sol, al cielo, a los monstruos imaginados en el armario.

No solo de la credulidad se deriva la religión. Otros módulos mentales o formas de ser de nuestra cognición pueden tener relación con su origen. El filósofo Daniel Dennett ha sugerido que la religión es un subproducto de los mecanismos irracionales que fueron construidos por la selección natural en el cerebro para enamorarnos. Y en efecto, la fe religiosa se parece mucho al enamoramiento. Para usar las palabras de Konrad Lorenz, la religión bien puede ser el funcionamiento en el vacío de otras habilidades que originalmente tenían que ver con encontrar una pareja. El amor por dios se asemeja mucho a ese apego pasional. Considérese la visión orgásmica de Santa Teresa de Ávila (1515-1582) en su biografía: “Vi que tenía en sus manos una larga lanza de oro. Clavó esta en mi corazón varias veces, con tal fuerza que penetró en mis entrañas. El dolor fue tan severo que varias veces me hizo murmurar quejidos, y aun así el dolor fue tan sobrecogedoramente dulce que uno no podía desear que cesara”.

Pero como tantas otras explicaciones evolucionistas, la idea de un subproducto da noticias de la religión, pero no de las especificidades de la creencia religiosa, de por qué convergen muchas religiones y de cómo a menudo se centran en lo absurdo. Para ello, Dawkins regresa a una vieja idea que había propuesto en 1976 en El gen egoísta, cual es la de los memes. En efecto, la idea de meme fue acuñada por Dawkins. A pesar de que los organismos individuales nacen y mueren, los genes pasan de generación en generación manifestándose en sus “huéspedes” de diferentes maneras; piernas largas, una mano con cinco dedos o algunos comportamientos tan propios de los humanos como el temor y la curiosidad. Para seguir su camino, deben valerse de un cuerpo que los replique: un mono es una máquina de preservar genes en las copas de los árboles, un pez en el agua, un virus es una máquina ingeniosa que usa otros cuerpos. Pero los genes no son los únicos tipos de unidades que se replican. También están los memes, tendencias e ideas que se diseminan por medio de la cultura, y de los cuales son ejemplares los chistes que anidan en nuestros teléfonos. Los memes también necesitan mecanismos que los multipliquen. Como la célula replica un gen, el cerebro replica memes. De hecho, el cerebro es un estupendo replicador. Su función principal de acuerdo con Dennett es replicar la realidad y proyectar nuestros patrones de acción sobre ella. Nada le cuesta replicar pequeñas piezas de información, como lo podrá constatar cualquiera al que se le pegue una canción.

Ahora bien, así como las cadenas de información sueltas, como los virus por ejemplo, usan el mecanismo de las células para replicarse incluso dañando a su huésped, hay memes lesivos que usan los cerebros para multiplicarse de manera deletérea contra su poseedor. Tal es el caso de la religión. Ella es, en todo el sentido de la palabra, un virus de la mente. Y así como los virus han programado en nosotros mecanismos que aseguren su diseminación —los estornudos son un código puesto en nuestro ADN por virus para asegurar su pasaje a otro organismo—, los memes habiendo infectado a su huésped lo conminan a lo que Hubert Schleichert llama “la labor del pastor”; a diseminar, a esparcir. Es por ello que los cristianos hacen tanto énfasis en transmitir, divulgar la palabra, y los católicos renacen con la palabra de dios y los Testigos de Jehová nos estropean los domingos timbrando en la puerta para llevar la palabra hasta la sacralidad de nuestras cobijas.

Para Dawkins no son estas meras analogías. El estudio de la religión y de cómo se disemina es una tarea para la epidemiología. Porque la religión pasa de una mente a otra como una infección en la que no juega ningún papel la racionalidad. Tiene sentido, la mente de un fundamentalista se asemeja en mucho a un organismo infectado, siendo de especial dificultad su curación. ¿Cómo más se explica que “(…) un grupo de jóvenes henchidos de adrenalina pero incapaces de tener una mujer en este mundo se hayan tragado la idea de tener setenta y dos vírgenes privadas en el siguiente mundo?”, según dijo Dawkins el 15 de septiembre de 2001 en el periódico inglés The Guardian.

No parece accidental el hincapié que hace la religión en poder creer dogmas contra toda evidencia. En el mundo hay un equivalente de ese atrevimiento a llevar las cosas hasta la inadecuación: las plumas de la cola del pavo real resultan tan pesadas y atrayentes que lo exponen a los predadores. El pavo pareciera decirle a sus parejas: “Mira lo fuerte que soy, tanto que puedo arrastrar esta cola pintada de colores iridiscentes”. De igual manera, el creyente parece sugerir: “Mira lo buen creyente que soy; puedo creer que una virgen parió a un hijo, que tres personas son una y una tres y que hay un momento de la misa en el que el vino realmente se convierte en sangre y el pan en cuerpo”. Ya lo decía Tertuliano, el padre de la iglesia del siglo III, creo precisamente porque es absurdo.

Pero nuestro problema, el de los ateos, no es el de la creencia. No seccionamos el mundo de esta manera, no encontramos virtud en la fe. No podemos hacernos, al menos algunos de nosotros, con esas porciones del sentido común religioso que aseguran “cree y se te dará”, o “tal o cual cosa no te salió porque no le pusiste fe”, etc.

Tal vez con ello estemos más expuestos a tener que vivir con nosotros mismos, menos dispuestos a adoptar motivos de consuelo ante la muerte, la soledad y la esperanza. Lo admito porque me considero un ateo decente. Pero aun si así fuera, aun si la religión fuese la chispa de la felicidad, no dejo de pensar en un argumento del filósofo inglés del siglo XIX, John Stuart Mill, cuando preguntaba cuántos de nosotros, dejando de lado los molestos efectos de la cirugía, estaríamos dispuestos a que se nos practicase una lobotomía con tal de que con la porción de cerebro amputada se llevaran nuestra infelicidad. Decir que un creyente es más feliz que un no creyente viene a ser lo mismo que decir que un borracho o un loco con encefalitis son más felices que un hombre sobrio, nos recuerda Dawkins. Puede que sí, ¿pero quién querría estar bajo los efectos de un virus mental para poder contarse entre los dichosos? UC

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