Número 89, agosto 2017

Heladería Acapulco
Marggie Riaza. Fotografías: Juan Fernando Ospina
 

Fotografías: Juan Fernando Ospina

La primera vez que escuché de la masacre fue durante una cena navideña en la casa de mi abuela. Estábamos reunidos en el comedor, los tíos conversaban sobre sus viejos tiempos en el barrio y los rones ya empezaban a saber a nostalgia. Hasta que llegaron a la masacre de Acapulco, un billar que quedaba justo diagonal a nuestra casa, en la misma cuadra.

Nunca lo había detallado, y seguramente tampoco ninguno de mis amigos, nunca nos habíamos preguntado por qué esa casa se mantenía desocupada, por qué siempre estaba oscura y por qué nadie barría su amplio andén. Esa noche de Navidad, me enteré de que no solo era basura lo que veíamos en su acera, sino que algunos habitantes del sector solían tirarle piedritas a la puerta para recordar a sus muertos. Sin darnos cuenta, todos estábamos creciendo en frente de una momia, una casa que había muerto en todas la formas posibles. Eso fue hace más de quince años, y todo sigue igual.

La casa es una especie de fortaleza sin vigilantes. Allá nadie quiere entrar. Ni siquiera la persona que me prestó las llaves, para ver cómo era por dentro, se atrevió a dar un paso adelante de su descolorida puerta gris. La casa lleva veintinueve años deshabitada, está perdida en el tiempo, se quedó así para recordar la tragedia de la Heladería Acapulco, sin luz, sin agua, sin baldosas ni pintura. En la calle 101 con carrera 74 del barrio Pedregal, al noroccidente de Medellín, hay una cicatriz de setenta metros cuadrados.

Comienzo mi recorrido, quiero ir hasta el fondo, en donde está el baño, pues me contaron que uno de los vecinos logró sobrevivir porque se escondió ahí. “¡Véala qué tan berraca, yo no soy capaz de meterme allá!”, es lo único que logro escuchar antes de llegar hasta el baño. Ahí está, justo como me lo habían descrito minutos antes. Le falta la cortina verde oscura, que fue la que le salvó la vida a Julián. El lavamanos azul claro que está tirado a unos cinco metros, en medio del desbarajuste. Aún así, es el mismo baño, el que ese día quedó con más de cincuenta impactos de bala marcados en las paredes.

Fotografías: Juan Fernando OspinaEl ataque ocurrió el 28 de agosto del año 1988, era domingo y el reloj marcaba las 10:30 de la mañana. Cuatro hombres llegaron en motos Yamaha 175 hasta Acapulco —tenían las placas tapadas— y dispararon contra los clientes. No dijeron nada, no preguntaron por nadie, solo sacaron sus revólveres calibre 38 y apuntaron a las cabezas. Ese día murieron Luis Eduardo Carvajal, el propietario del negocio que tenía 72 años; Fredy Alberto Brand de 26 años; Vladimir Villa de 17 años; Elkin de Jesús Álvarez de 18 años y William Ignacio Mejía, un discapacitado de 22 años. Dicen que fue una venganza contra la familia Carvajal.

Gustavo Pérez Echavarría sobrevivió a cinco impactos en la cabeza, en ese entonces tenía 16 años. Mientras me cuenta la historia repasa con sus manos las heridas en el cuello, la nariz y las orejas. “Lo que me ayudó a mí fue que, por reflejo, me puse las manos en el rostro para protegerme y eso me amortiguó dos balazos. Me tiré al piso y me quedé quieto. Yo estaba tan bañado en sangre que ellos pensaron que estaba muerto... En cambio a ese muchacho Vladimir no le habían pegado ni un tiro, pero levantó la cabeza, uno de los hombres lo vio y se devolvió a dispararle”.

Tavo —como lo conocen en el barrio— estuvo consciente durante todo el ataque, recuerda que cuando los hombres huyeron en las motos los vecinos salieron a la calle y empezó el alboroto. Su hermano fue el primero en llegar a socorrerlo, muy asustado solo le decía que se encomendara a Dios. Como pudieron, se subieron en un bus junto con Elkin y fueron hasta la Unidad Intermedia de Castilla. Elkin se murió al momentico.

“Uno de los tiros me entró por el cuello y me salió por la nariz, pero me abrió un hueco tan grande en el paladar que me lo tuvieron que coser allá de una, sin anestesia, con una aguja en forma de u”, me explica con detalle señalándome nuevamente los puntos de las heridas que no dejaron ningún rastro en su piel. Pasó una semana en Policlínica recuperándose.

Hoy Tavo vive con su familia en la misma cuadra, a pocos metros de la casa en donde estuvo Acapulco. Sentados en la sala de su casa, un tercer piso muy acogedor, me dice que a él le gustaba mucho ir a esa heladería, y que ese domingo estaba allá viendo jugar billar a unos amigos. Él era cliente asiduo, pues en esa época no había restricciones para el ingreso de menores, incluso les vendían licor sin ningún problema. Recuerda especialmente a William, “el inválido”, me dice que él nunca iba allá, pero que justo ese día le dio por sentarse en la heladería a tomarse una gaseosa.

Fotografías: Juan Fernando OspinaAl día siguiente, el lunes 29 de agosto de 1988, el periódico El Colombiano publicó un pequeño artículo en su última página reseñando el crimen. En la fotografía se ve la puerta original del billar, una reja de esas que se cierran hacia abajo, y en el segundo piso, en el balcón, se ve una mujer llorando desconsolada, apoyándose sobre la reja. Ese balcón sigue igual, y ese segundo piso también tiene historia.

Según el artículo, y las versiones de algunos vecinos del sector, la masacre fue una venganza contra “los Carvajales”, dueños de la Heladería Acapulco y habitantes del segundo piso del local.

Dicen que Jairo Carvajal, uno de los hijos de Eduardo, estuvo involucrado en el secuestro de una persona del barrio, junto con una de las bandas del sector. Tras cobrar el rescate y liberar a la víctima, Jairo fue reconocido y comenzaron los múltiples ataques contra su familia: primero fue el asesinato de su hermano Antonio, que manejaba una buseta de Transportes Florencia. Fue justo después de una misa en su honor que llegaron los sicarios a Acapulco. Un par de meses después pusieron una bomba en la esquina de la casa, donde en ese entonces quedaba un parqueadero propiedad de Jairo.

Nadie recuerda exactamente cuándo fue que la familia Carvajal huyó del barrio. Vendieron la casa completa, heladería y segundo piso, y hasta el día de hoy nadie conoce su paradero. Eso sí, hay rumores de que Jairo Carvajal sigue dando vueltas, de vez en cuando, por la 101.

Después de ese domingo atroz, la Heladería Acapulco también murió. Nunca más volvió a recibir orquestas de música tropical, a servir aguardientes acompañados de cascos de naranja ni cervezas. Sus sillas metálicas y sus mesas desaparecieron, la barra aún está en el mismo lugar, pero con tanta chatarra encima que no alcanzo a verla por completo.

Dicen que después de la heladería en esa casa trataron de montar una tintorería y una cerrajería, pero nada resultó. El dueño actual, que fue imposible contactar, nunca le hizo mantenimiento y hoy parece salida de una película de terror: sus paredes blancas carcomidas por el moho y con algunos grafitis ilegibles, las columnas cutres a punto de colapsar, el olor a humedad, la negrura, el vacío…

Edilia Cardona, hermana del propietario del primer piso y dueña del segundo, donde vivió durante unos quince años, me confirma que el lugar está cerrado por salubridad pues no cuenta con servicios públicos y es un foco de plagas.

Edilia me explica que su esposo compró ese segundo piso y que allí vio crecer a sus dos hijos. “Todo el mundo me decía que yo cómo hacía para vivir ahí, que estaba loca, que esa energía tan horrible, que no querían entrar a mi casa porque tenían que pasar al pie de Acapulco, pero a mí no me importaba”, agrega. Ella cuenta que nunca ha creído en espantos, que sí llegó a sentir cosas raras, ruidos y objetos que se movían, pero que al tapar el patio y separar por completo las dos casas, la energía del lugar mejoró.

Dicen que Pedregal es un barrio apetecido en el sector, incluso, que encontrar una casa para alquilar es complicado, y que los arriendos pueden llegar a costar hasta setecientos mil pesos. Sin embargo, la casa 74-24 de la calle 101, casi treinta años después de la masacre, permanece desocupada, es un muerto que se está momificando. Todavía, cuando algunos vecinos pasan a su lado, antes de tomar el bus, le tiran piedritas a la fachada. Quizá en honor a las víctimas, quizá para ahuyentar a los fantasmas.UC

Fotografías: Juan Fernando Ospina

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