Número 87, junio 2017

Pasajeros de El Pasaje
Juan Fernando Hernández. Fotografías: Juan José Cuervo Calle
 

En el barrio Colón de la ciudad de Medellín, sobre la carrera Niquitao, se encuentra una de las casas en la cual habita parte de la memoria desventurada de la ciudad.

El Pasaje fue una casa familiar hasta principios de los setenta; ahora es un inquilinato con un pasado oscuro del cual la nueva administradora intenta rescatarlo.

La fachada del inquilinato la componen una carcomida puerta de madera pintada de azul, al igual que los marcos de sus ventanas, y los zócalos café oscuro que contrastan con el resto de la pared de un amarillo gastado. Una de las ventanas, que en vez de vidrio tiene una tabla delgada a manera de cortina, está protegida por una gran reja que deja leer el miedo ambiente. Frente a la puerta de El Pasaje, dentro de un coche, llora un bebé de aproximadamente un año.

Tras el portón se observa un corredor iluminado, con baldosas verdes, blancas, rojas, amarillas, algunas con diseños geométricos. Es una baldosa cuarteada, gastada por los incontables pasos que han marcado los pasajeros de la casa. Al final del corredor se observa la figura de Nubia sollozando; lleva un cuadro rojo bajo el brazo izquierdo y en la mano derecha sostiene una bolsa con ropa.

La primera alcoba después de la puerta de entrada es la de Mercedes, la administradora del inquilinato, una mujer joven que dejó su casa en un municipio del sur del Valle de Aburrá, huyendo de amenazas contra su vida. Ella dejó su pequeña hija al cuidado de su madre, y solo puede verla algunas veces al mes.

Mercedes es una mujer de carácter. Sin embargo, se conmueve fácilmente ante las necesidades primarias y apremiantes de sus inquilinos. Para evitarse problemas Mercedes ha decidido que en su administración solo alquilará piezas a parejas con un niño, aunque en El Pasaje hay familias de hasta cuatro pequeños que vivían allí antes de las nuevas políticas que no están escritas en ninguna parte. Algunos llevan años, han hecho su familia en esos cuartos, llegaron con un solo hijo y ahora comparten colchones y cobijas con otros tres.

Uno de los temores más frecuentes de Mercedes son los fantasmas que habitan la casa; los hay de todas las formas: infantiles, adultos, masculinos, femeninos, en forma de sombras sin rostro, o como recuerdos cargados de muerte y gritos. “Una noche fui a lavar unos platos a la poceta de atrás, de repente, sentí un frío extraño, como si algo muy grave estuviera a punto de suceder, y al mismo tiempo me sentí observada. Solté inmediatamente los platos y salí corriendo a la pieza”, dice Mercedes con algo de terror.

A diferencia de otras habitaciones, la de Mercedes, donde vive con su joven compañero Fabián, no está sobrecargada de objetos; un rincón hace las veces de armario y nueve cachuchas, tres tarjetas con motivos adolescentes y tres angelitos adornan las paredes. El televisor a color grande ocupa el mejor lugar en la habitación, al lado de la cama, con parlantes conectados a un miniestéreo.

Mercedes nunca había vivido en un inquilinato; el día que su madre y hermanos fueron a visitarla con su pequeña niña, sintió un poco de vergüenza, pero su familia se tranquilizó al ver que ella y Fabián ocupan la mejor pieza. Además, quién lo creyera, resultó siendo la administradora y con algo de orgullo recuerda y hace cumplir las normas.

Aunque solo lleva nueve meses en el cargo, la administración de Mercedes ha dado algunos frutos; se observa el orden en las áreas comunes y ya no entran y salen extraños como si el pasaje fuera peatonal. “Aquí las cosas no son como antes —dice Mercedes—. Antes asesinaban mucho en los corredores, en las piezas. Por eso es que aquí espantan. En el solar y el primer piso debe haber personas enterradas”. El solar es un lote vacío detrás de la casa, separado de esta por un muro, y el primer piso es un sótano con patio central.

Con una amable sonrisa, que muestra cierta candidez adolescente, Mercedes seca con una toalla su larga cabellera castaña mientras comenta los daños más frecuentes en la vieja casa de El Pasaje: “Las llaves de las pocetas, la obstrucción de los inodoros. También se pierden los objetos de uso personal, pero en esos casos no es un fantasma sino algún inquilino sin jabón o pasta dental”. En la alcoba número dos vive una mujer morena que dice que no puede atender a nadie en el momento porque está muy trabada; está con su compañero, un hombre trigueño con cara de pocos amigos. Un velo transparente en el marco de la puerta abierta desdibuja las figuras dentro del cuarto, salvaguardando un poco la intimidad y permitiendo el paso de la luz durante el día.

En la tercera alcoba viven Bernardo y Dalia, de veintiuno y diecisiete años respectivamente, tienen una niña de siete meses. Bernardo trabaja como mesero en un bar de estriptis, pero lo que gana es poco para pagar los diez mil pesos del alquiler y la comida para los tres. Dice que pronto viajará a Pereira, ya que su mujer quiere estar con su familia y dejar de vivir en piezas: “Si yo encontrara quién me sirviera de fiador, me iría mejor a pagar arriendo a un apartamentico, pero nadie me hace ese favor”, dice pensando en el respaldo inexistente.

A Bernardo le gusta cocinar. En la cocina que comparte con otras cuatro familias inquilinas, prepara su almuerzo. Sobre la estufa encendida Bernardo destapa una olla que deja ver unas presas de pollo que al lado de papas, zanahorias, yucas y plátanos dan vueltas y vueltas, sumergiéndose y saliendo de nuevo a la superficie en medio de un caldo en ebullición aromatizado con cominos, cilantro y ajo. Bernardo muestra orgulloso su preparado, feliz con su buena sazón y con la suerte de tener un banquete cocinándose que puede mostrar.

Tras esa tercera pieza, el piso del corredor es de madera, alguna reparada, otra en mal estado, con huecos de tamaño considerable, obstáculos para los niños y los borrachos. El corredor se hace más claro por la luz que irradia el patio inferior del sótano, donde juegan tres niños con una bomba mientras una esquelética mujer fuma su cigarro y los observa.

Nubia, que lloraba hace un rato en ese mismo corredor, ahora carga una canasta de bebé con prendas de vestir y juguetes. Está desocupando su pieza, la ayudan en su tarea dos niños y Bernardo, que por un momento abandona la preparación de su almuerzo para subir las pertenencias de la mujer por las escalas del sótano hacia el primer piso. La noche anterior Nubia tuvo problemas con su pareja y se irá a vivir a la pieza de su madre en otro inquilinato. Dalia observa y comenta: “Esta escena de los trasteos es algo común. Ayer sentí que Nubia lloraba toda la noche: si ella me hubiera pedido ayuda para algo, yo se la habría dado”.

Nubia recoge un televisor a blanco y negro, y mientras los niños y Bernardo le arriman el hombro para sacar las cosas hasta la puerta del inquilinato, ella le pide ayuda a un hombre para subir hasta su nueva pieza al niño en el coche que está en la puerta y desde hace un rato dejó de llorar. Se ha entretenido viendo el desfile de objetos que componen su mundo ambulante y todavía incomprensible.

De alguna de las piezas del sótano sale un olor a marihuana, que es como el incienso continuo de la vetusta casa de El Pasaje. En la pieza número trece de allí abajo viven dos adolescentes gemelas de unos trece o catorce años; una de ellas con un embarazo que ya es casi un parto. Salen juntas a lavar una renegrida olla chocolatera, se acompañan hasta para ir al baño, según dice una de ellas: “No se sabe cuándo alguien se la quiera parrandear a una”.

Una de las últimas piezas en el sótano de El Pasaje es la numero diecisiete, donde vive un hombre con cuatro mujeres jóvenes tan esqueléticas como la mujer que observa jugar a los niños con el globo. Una de ellas le cuenta a las otras los sucesos de la noche anterior: un taxista le pagó por sexo oral y ella se le goleó unos billetes mientras el cliente cerraba los ojos, concentrado en la mamada; todos se ríen de su hazaña, incluso el hombre que ahora sale sin camisa a la puerta y comienza a armar un cigarrillo de marihuana.

Nubia, que acababa de salir, regresa a la carrera por un desvencijado fogón de petróleo y echa una mirada a lo que ha quedado en la pieza: un catre, una colchoneta, unas cobijas, dos pequeñas mesas, un armario de mimbre sin puertas. Al lado de ese armario, tirados en el piso, dos ganchos de ropa, una correa vieja y la figurita de un superhéroe que perdió uno de sus brazos en alguna batalla en El Pasaje.

Nubia recoge las cobijas, luego el fogón y con un suspiro exclama: “¡Bueno, ya me bajé de este bus, hasta aquí llegó mi pasaje!”.

Es probable que algún día regrese. Como nómada de inquilinato sabe que su vida está signada a habitar ese tipo de casas. Nubia nació en una casa de inquilinato, en varias de ellas vivió su niñez y precisamente en El Pasaje llegó su primer hijo al mundo. Toda su vida ha cargado sus pertenencias de un inquilinato a otro, secándose las lágrimas dice: “Esto aquí es suave, ya no matan como antes cuando tiraban los muertos al solar. Yo he vivido en inquilinatos más ollas como Los Andes, La Casa Azul, y hasta en La Macabra en Lovaina”.

Mercedes se despide de Nubia con un hasta luego, convencida de su regreso; Nubia se despide con un breve gesto de las esqueléticas y del hombre sin camisa que ahora fuma su bareto; suerte, le dicen sin más afanes.

Nubia sube las escalas. Dalia y Bernardo que ahora disfrutan de su almuerzo, la ven perderse entre el humo de cannabis del pasillo, con las cobijas bajo el brazo y el viejo fogón de petróleo en una mano.UC

Fotografías: Juan José Cuervo Calle

Fotografías: Juan José Cuervo Calle

Fotografías: Juan José Cuervo Calle

Fotografías: Juan José Cuervo Calle

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