Número 77, julio 2016

Una semana como raspachín
Felipe Chica Jiménez, Fotografías por el autor
 
 
 

A un lado de la carretera, bajo unos treinta grados centígrados, me encuentro con Aura, una negra mala carosa y desconfiada que luego de un breve saludo intenta hacerme desistir de mi propósito de trabajar por una semana como raspachín. Según ella el trato que reciben los infiltrados que buscan delatar la ubicación de laboratorios de procesamiento de cocaína o los campamentos guerrilleros es horroroso. Temores que parecen bien fundados. Históricamente esta región del Pacífico nariñense ha sido disputada por las guerrillas de las Farc, ELN, grupos paramilitares y narcos que contratan sus ejércitos privados. En medio está la población campesina que siempre termina pagando el costo humano de esa guerra.

La conversación sucede en plena zona comercial en la vía que de Pasto conduce a la Costa Pacífica, en un caserío tan grande que podría ser un municipio, pero es solo una vereda más de Tumaco. Como este, muchos asentamientos de la zona duplicaron su población en pocos años a causa de la economía cocalera. Llorente está concentrado al borde de la carretera y rodeado por enormes cultivos de palma africana. Por momentos el sol resplandece y se refleja en el asfalto con tanta fuerza que se torna enceguecedor, los andenes están saturados de cachivaches para la venta: ollas, ropa con brillantes de plástico, mesas enteras llenas de carne y pescado seco que le dan al lugar un hálito a marisco insolado. En un punto del andén un letrero de cartón dice “¡carne de monte pa la venta!”, cerca están los restos de un venado desollado, señal de que todavía queda algo de selva en las proximidades.

Son las once de la mañana y las discotecas siguen con su música a todo volumen. Adentro hay negros bailando con cara de trasnochados e indígenas awa doblados sobre mesas llenas de botellas de cerveza, mientras afuera mujeres y niños de la misma comunidad esperan sentados en los andenes. Durante mi conversación con Aura un grupo de mestizos van y vienen en camionetas de alta gama. Todo transcurre en medio de un remolino de motocicletas.

Aura es madre de cuatro hijos y raspadora de coca. “No es lo que yo escogí sino lo que me tocó”, dice como si se defendiera de algún juicio moral. Luego de exponerle mis razones para ser raspachín por una semana accede a presentarme a su esposo y al resto de su familia que se dedican a producir pasta de coca. Andamos en un carro destartalado por más de treinta minutos hasta llegar a la zona conocida como el Bajo Mira, un extenso territorio donde se encuentra un grupo de pequeños asentamientos a orillas del majestuoso río Mira.

Se trata de comunidades reservadas donde “cada familia tiene algún miembro desaparecido o muerto por causas violentas”, dice Aura. Sin embargo, desde que comenzó el cese al fuego entre el gobierno y la guerrilla de las Farc, hace cerca de dos años, el orden público parece haber mejorado, aunque la desconfianza con el foráneo se mantiene intacta.

Al llegar a su casa me ofrecen plátano cocido mientras los niños me miran con ojos de pescado. Adentro, en su palafito todo es de madera, son dos cuartos donde viven seis personas y una pequeña cocina llena de hollín; yo dormiré con los niños. En una pequeña terraza de madera, la familia seca semillas de cacao que ocasionalmente venden en Tumaco. Hace poco decidieron hacer su pozo para sacar agua limpia, pues desde que se dio el último gran derrame de petróleo a finales del 2015, las plantas que bordean el río Mira están completamente manchadas de petróleo y el agua carga unas placas negras de crudo que bajan con la corriente.

Toda esa semana transcurrió con lentitud hasta la llegada de Léder, el esposo de Aura que llevaba días en el monte. Primero llegó el perro empapado y luego él, entonces los niños pequeños acudieron dando brincos y haciendo preguntas mientras él amarraba su caballo; cuando entró en la casa un olor a gasolina impregnó todo. Aura se precipitó a servirle una taza de café con pan mientras terminaba de cocinar unas lentejas. Léder estaba enterado de mi llegada y me saludó por mi nombre. Se quitó las botas llenas de pantano y luego de un baño se acostó en la hamaca ubicada en la cocina y desde ahí se puso a mirarme en silencio.

Léder y Aura son una pareja de un contraste inevitable. Él nació en la región amazónica del Putumayo, de ahí sus rasgos indígenas, ella es negra criada a orilla de río y habla tan duro como si estuviera al otro lado de la orilla, él en cambio habla con un susurro que a duras penas se oye. Antes de tener su propio laboratorio para el procesamiento de pasta de coca, él aprendió todos los secretos del cultivo en el Bajo Putumayo, en la época en que los paramilitares dejaban tres y cuatro muertos diarios en las orillas de las carreteras que conducen a La Hormiga, El Placer, Orito y otros caseríos. Llegó hace veinte años al Pacífico sin nada, huyéndole a la guerra, si algo sabía hacer bien era raspar hoja de coca, por eso se empleó de raspachín en estas tierras.

Desde hace tres años están en el negocio con sus propias plantas, sembradas en tierras baldías donde quedan los cultivos que yo podré conocer con su beneplácito. Como esta familia de campesinos, muchas otras se arriesgan a instalar un laboratorio artesanal, bien sea que compren la hoja de coca suelta o ellos mismos la siembren, pero lo cierto es que el negocio de muchos campesinos no está solo en sembrarla, sino en preparar la pasta. Ser capturado por el ejército que permanentemente ronda la zona por aire y tierra es el principal temor. Desde que inició el Plan Colombia miles de raspachines y cocineros de pasta han ido a parar a la cárcel, mientras cientos de miles de hectáreas de cultivos lícitos e ilícitos han sido destruidos con glifosato. El riesgo es tan alto como las ganancias.

Léder se enamoró de Aura hace veinte años en una fiesta de vereda. El resultado de ese amor son cuatro hijos con cuerpo negro y facciones indígenas. Luego de una cena de solo harinas, Léder se quedó dormido en su hamaca. Al día siguiente se veía descansado y animado; madrugó como todos los días a dar de comer a sus gallinas y a mirar los granos de cacao. A las nueve de la mañana comenzaron a llegar hombres preguntando por él, venían a cobrar el pago por haber cosechado la semana anterior. Léder paga a seis mil pesos la arroba de coca cosechada, cada hombre sabe con exactitud cuánto cosechó, pero él confirma sacando un cuaderno pequeño untado de barro y gasolina donde están anotados los seudónimos y el número de arrobas. R: 16 arrobas, Trompón: 12, Puerco: 13, y así con todos, seis en total.

Cada dos o tres meses un cultivo arroja cosecha, por eso él tiene tres tajos, como le dicen a cada cultivo. Mientras uno es cosechado los otros reverdecen, así puede preparar la pasta de coca cada dos semanas. Antes estas tierras eran bosque virgen, por décadas los colonos negros deforestaron cientos de hectáreas para luego conformar consejos comunitarios afrodescendientes, un proceso de lucha étnica que terminó en la creación de la Ley 70, y que las Farc quisieron aprovechar buscando bases sociales a través de la protección de la población ante los terratenientes, lo que trajo consecuencias nefastas para los líderes sociales que fueron arrasados por el paramilitarismo.

***

Luego de tres días de convivencia silenciosa, Léder acepta llevarme a su laboratorio. Nos levantamos a las cuatro de la mañana y caminamos por más de una hora bajo la lluvia por un extenso cultivo de palma hasta llegar a las orillas de un río enorme. Mientras Léder va montado a caballo, su séquito de raspachines lo sigue en silencio, a paso acelerado, por una trocha llena de pantano y pequeños arroyos que a pesar de estar en medio del bosque emanan un olor que hace arder la nariz. A las siete de la mañana llegamos al tajo, éramos seis y había un silencio particular entre todos. Cada uno comenzó a enredar entre sus dedos índice y pulgar una tira larga de tela, para luego ubicarse sobre un surco de al menos veinte plantas y comenzar a jalar las hojas desde los primeros tallos hasta el copo de la planta, sosteniéndola entre los pies. Mientras deshojan se oyen murmullos entre surcos. La cosecha se va acumulando en extensas telas de estopa llenas hojas que cada quien va arrastrando por entre el cultivo. Mi inexperiencia es notoria. Sin protección, los dedos se me ampollaron enseguida; a las diez de la mañana había raspado solo seis plantas mientras los demás ya estaban terminando su primer surco y se preparaban para el segundo empacando el material en costales. Este es un trabajo monótono que insola y pica por los miles de bichos que hay alrededor, es un trabajo en el que cada quien debe encontrar su ritmo. Algunos logran desojar la planta en menos de tres minutos.

Tal vez por miedo, o quizá por huir del sol, los raspachines son acelerados y dejan ver un afán permanente por salir de los cultivos. Casi todos los tajos se encuentran camuflados en el bosque.

De vez en cuando el silencio es interrumpido por el sonido de una guadaña. Cuando llega el mediodía todos se sientan bajo la sombra de un plátano a comer y a hablar. R quiere comprar su moto, Puerco, que tiene su celular amarrado al brazo donde suena una canción de despecho, solo quiere irse el viernes al Chongo, un prostíbulo del que todos hablan cerca de Tumaco.

Aura dice que si este año el ejército no fumiga con glifosato ella y su esposo van a terminar de construir su casa en material. En ningún cultivo de palma africana se ven tantos trabajadores como en los cultivos de coca, que según los raspachines pueden emplear diariamente más de veinte personas en una sola hectárea.

El sonido de la guadaña proviene del laboratorio que está a unos doscientos metros de donde nos resguardamos del sol, camuflado entre un relicto de bosque del que cuelgan gruesas lianas. El laboratorio es poco más que un cambuche de plástico rodeado de pimpinas de más de quinientos litros de gasolina que en las noches es necesario esconder en el monte para evitar los robos de los colegas o el ojo de los militares. Unas canecas al descubierto pueden hacer que todo termine con la explosión de una granada arrojada desde una avioneta.

Luego del almuerzo los raspachines nos metemos al bosque, cada uno carga su inmenso costal con hoja de coca. Los esperan Léder y su libreta. Al llegar al laboratorio se encuentran con el hijo mayor de Léder que va enganchando los costales con un lazo a la báscula que va amarrada a un tronco. Puerco, con 74 kilos, fue quien más cosechó esta vez, todos lo miramos con nuestras caras insoladas mientras él hace un puchero y deja salir una especie de beso al aire. En el laboratorio los insectos son de otro calibre, la cantidad de relaciones entre plantas y bichos es tan evidente que el bosque parece un solo ser viviente.

Las jornadas se repitieron durante tres días, hasta que no quedó una sola planta por raspar. Al cuarto día, cuando Léder paga a los raspachines y estos regresan a sus casas luego de noches enteras bajo un plástico en medio del monte, algunos van hacia otros cultivos a seguir raspando, otros bajan a Llorente a gastar su dinero o a pagar sus deudas. Léder, Aura, sus hijos y yo seguimos internados en el laboratorio haciendo los preparativos para producir la pasta de coca. Aura confecciona un arroz insípido con agua de río que mezclamos con un atún barato, la comida típica en este trabajo.

Al día siguiente todo está listo en el laboratorio. Léder, que trabajó hasta tarde cargando gasolina desde la carretera, riega toda la hoja sobre el suelo del cambuche. Una montaña de hoja de coca resguardada de la lluvia en la que los niños juegan a hacer angelitos y a sumergirse en el verde pálido. Se enciende la guadaña filosa y luego comienza a rozar la cosecha hasta volverla un picadillo sumamente fino. Después toma enormes manotadas de cal y las vierte y revuelve entre las hojas; todos ayudan en las tareas, el hijo mayor es quien asume los movimientos más pesados, mientras Aura y los niños ayudan a su padre a mezclar la cal.

Después de un rato trasladamos el picadillo al interior de un recipiente negro y roñoso de dos mil litros, al que él, con sumo cuidado, añade 240 litros de gasolina pura. El olor y la sensación de peligro contrastan con la mirada curiosa de los niños que permanecen a menos de un metro de distancia. El enorme recipiente tiene en el fondo un orificio sellado con un trozo de madera que desemboca sobre una lata metálica que hace las veces de canal de conducción hacía otro recipiente más pequeño. Luego de media hora el madero es retirado y un hermoso líquido verde esmeralda sale disparado, para ser recogido y envasado cuidadosamente por el hijo mayor: “Ahí ya va la mercancía”, dice Léder con la satisfacción del jefe del plante.

Los 240 litros de gasolina con extracto de coca se recogen en su totalidad y se revuelven con una solución de ácido sulfúrico y agua hasta obtener un líquido amarilloso. Ahora la mercancía esta disuelta en agua y se ha separado de la gasolina; si se hiciera un corte transversal de cada envase, se vería un fondo verde oscuro, seguido por una capa blanca de agua a la que sucede otra de gasolina verdosa. Algo así como un postre de tres capas.

El piso superior de gasolina se extrae, lo mismo que la mercancía líquida que no supera los setenta litros y se deja reposando con soda cáustica, la “capa de gasolina sucia”, como la llama Aura, se bota el río. Al cabo de unos minutos la mercancía está casi lista. Sobre la superficie del claro líquido se forma una goma que se recoge y se pone en una olla. Afuera los niños juegan y un helicóptero ronda el lugar, de modo que el mismo Léder sale a dar una mirada. Se ve un Sikorsky Arpía, un modelo producido por judíos, gringos y colombianos de uso exclusivo de las nuestras Fuerzas Armadas, que siempre ronda la zona en busca de cocinas de coca. Pero Léder y su familia no dan importancia al aparato y vuelven al espeso líquido para filtrarlo sobre otro recipiente, usando una muselina sobre la cual queda una masa blanca parecida al maíz molido con olor a caramelo quemado.

El final del proceso parece estar cerca.

La masa se pone luego en una olla a fuego de leña para que vaya soltando un líquido negro e insano que se tira dejando una crema viscosa que de lejos parece panela. Al enfriarse sobre un recipiente plástico queda una pasta color habano, esa es la mercancía. La cara de Léder resplandece de alegría pese al agotamiento. Una hectárea sembrada en coca, noventa arrobas de cosecha, 1.120 kilos de hoja, doscientos litros de gasolina y al final dos kilos y medio de mercancía.

 

Fotografías por el autor

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Pasta de coca que se venderá en algún asentamiento a orillas de carretera en máximo cinco millones de pesos, según el precio del dólar o la oferta local. Es el rendimiento promedio de una cosecha con esta variedad Chipará, que es la de moda. Otras variedades ya han desaparecido por completo, como la Tingo, una variedad peruana que daba mayor rendimiento. Léder las conoce todas y por sus manos han pasado hojas claras, oscuras, delgadas, gruesas, amargas, grandes y pequeñas, todas, este hombre conoce tantas variedades de coca que podría escribir un manual sobre cómo cultivar cada una. Algunas variedades arrojan una mercancía más blanca y de mayor la calidad que pagan mejor, pero su semilla no es fácil de conseguir. En la olla donde se calentó la pasta queda una goma ocre, es la base sucia de coca o bazuco según sus iniciales. “Imagínese cuánto valdría esta olla en el centro de Bogotá”, dice Aura y se ríe.

***

La mercancía está lista y pronto será llevada donde los empleados del narco que llevan la pasta hasta la cocina de cristalización, donde luego de un complejo proceso sale cristal de coca con más del noventa por ciento de pureza. Cerca del cultivo donde estamos baja un pequeño arroyo blanco con un olor pestilente, la seña de que hay una cocina cerca; trae en sus aguas cientos de litros de gasolina y químicos usados en la cristalización, porque al igual que en el laboratorio de Léder, los desechos del proceso se tiran en el río o sus orillas, no pueden ser dejados en el monte porque pudren el suelo y secan la vegetación dejando al descubierto las instalaciones.

Léder no tiene ningún vicio. No toma cerveza y le molesta que su esposa fume cigarrillos. Para él la pasta de coca es solo un producto que se vende mejor que la yuca, el plátano o el cacao. De dos kilos y medio que venderá, la cristalizadora sacará al menos dos mil gramos de cocaína. Cuando se tiene suficiente alcaloide empacado sale desde la cocina un pelotón de hombres armados que llegan hasta la carretera Pasto-Tumaco o hacia el río Mira, custodiando la carga. Ambos son corredores directos al mar, donde viajará en lanchas, barcos o submarinos artesanales que salen desde Tumaco hacia Guayaquil o Buenaventura, para seguir la ruta hacia México, Panamá, Estados Unidos y Japón.

Cada ruta tiene sus propios eslabones. “Los narcos más organizados cuentan con grandes empresas de productos legales de exportación en los que camuflan su mercancía”, dice Aura, quien a estas alturas ya no quiere que su esposo siga en el negocio. Sabe que pocas veces se termina bien. Además, ha sido testigo de la guerra de pequeños narcos que ha hecho de Tumaco el municipio colombiano con la tasa más alta de homicidios por cada cien mil habitantes.

El silencioso jefe de la casa no parece tener mucha idea de qué pasa después de que se vende su mercancía, tal vez porque al venderla sus hijos lo aturden con exigencias que incluyen pollo asado y tractores de juguete. Cuando salimos del laboratorio hacia la casa, cruzamos por un sendero que podría ser un paraíso de biólogos y llegamos a una trocha por donde pasaba un tractor con un remolque con doce pimpinas de cien litros de gasolina. Cuando pararon para acercarnos a la carretera uno de los hombres se bajó y le preguntó a Aura por mí, pues nunca me habían visto por esos caminos. En el remolque un grupo de raspachines que parecen venir de lejos hacen chistes sentados sobre una bomba en potencia. Léder me presenta como su amigo y aun así los hombres nunca dejan de examinarme. En sus ojos está el miedo y la desconfianza propia del negocio, o tal vez cumplen la responsabilidad de cuidar algo muy grande. “Desde que las Farc dejaron de operar en la zona como lo hacían antes esto se llenó de mafiosos”, dice Aura con disimulo. Mientras me sostengo al remolque pienso en la cantidad de dinero que mueven estas trochas. Sin duda la parte más peligrosa del negocio es el transporte. Mientras un kilo de pasta de coca de las que produce esta familia puede costar tres millones de pesos acá, en el centro de Bogotá, donde se convierte en bazuco, puede costar unos veinte millones que a su vez se triplican al menudeo a cuenta de los más de ocho mil habitantes de la calle, según cifras oficiales.

Aunque el verdadero negocio está afuera, un kilo de cocaína en Tumaco se puede comprar en veinte millones de pesos según algunos raspachines, mientras que según la revista The Economist, en Estados Unidos puede alcanzar los treinta mil dólares.

Desde que entraron en el negocio Aura y Léder han tenido pocos problemas porque a su propio decir son personas “legales”, algunos productores de pasta ligan la mercancía con sal a fin de tener mayor gramaje, pero con el tiempo son descubiertos y pocas veces sobreviven. Lo mismo hacen los grandes compradores, cortan la cocaína con otras sustancias que incluyen medicinas vencidas y laxantes, hasta que llega a los vendedores de barrio que también hacen lo mismo porque todos quieren ganar. Al final los consumidores y el medio ambiente son los que pierden.

Léder y los demás raspachines conocen apenas una pequeña parte del negocio, la que les corresponde, tienen en mente sus deseos más básicos como cualquier persona que se gana el día a día. De los pocos millones que la familia obtuvo por la venta de su mercancía deben reservar el dinero para la compra de la gasolina de una nueva cosecha, que incluye impuestos a la policía, porque no es posible transportar doscientos litros sin ser vistos por ellos, también el pago de los próximos raspachines, el transporte de los insumos a lomo de caballo hasta el laboratorio y con el resto vivir, a fin de cuentas son solo un pequeño y débil eslabón de una inmensa cadena que sigue marcando la historia colombiana. UC

 
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