Número 74, abril 2016

Matrimonios
Andrés Marcel Giraldo. Ilustración: Mónica Betancourt

Mónica Betancourt

Son muchos los riesgos que se corren como vecino descreído de una iglesia pequeña. Cantos de sacerdotes desafinados a mañana y tarde, feligreses octogenarios y fanáticos, respaldados por Dios, disputando el parqueadero que por derecho te corresponde. Y descubrirte recitando en la oficina, sin querer, el salmo responsorial aprendido por hipnopedia. Una completa desdicha para un ateo postulante. Eso mismo pensaba yo. Por eso casi no compro el apartamento donde vivo. Pero hoy vengo a contarles cómo una capilla de barrio se transforma en una lustrosa pasarela del espectáculo que hace mis sábados más felices. Y todo es gratis.

Desde las siete de la mañana llega un contingente de jubiladas con el pelo blanco o morado, gaffers voluntarias en ropita de trabajo. Desenrollan una alfombra roja en el atrio, cortan tallos de flores blancas y las anudan en ramilletes que luego elevan en la fachada de la capilla. Una música celestial que sale de los altoparlantes ambienta el trajín mientras las doñas Olguitas, Doritas y Esperancitas contraordenan al señor de oficios varios, capellán, plomero y reparador de cosas mundanas, quien obedece en silencio por ganarse unos pesos extras y un lugar en el cielo.

Más tarde la calle ciega que remata en la iglesia comienza a llenarse de carrozas, de príncipes y princesas. Zapatos prestados o revividos del armario a punta de betún, corbatines torcidos de alquiler. Cachaquería masculina paisa hecha con remiendos de bautizos y primeras comuniones. Ellas en cambio son todas aspirantes a estrellas de cine que buscan en esta oportunidad sus quince minutos de fama: bucles y lentejuelas. Una cohorte de chaperonas que madrugaron para su turno en el salón de belleza y que además llevan una semana preocupadas por no ser las más desaliñadas de la fiesta, sin excederse frente a la elegancia de la contrayente.

Aparecen los globos rojos en forma de corazón, las cajas con mariposas de criadero, el arroz (escaso tal vez por cambios en la moda o por la sequía tolimense), las aleluyas. Ante la ausencia de periodistas de farándula, camarógrafos espontáneos o contratados asumen el rol acechante de los paparazis. Trípodes cojos que cabalgan sobre cámaras de bolsillo con ínfulas profesionales. No falta el imitador de Alfredo Barraza que se encarga de tensar las cuerdas del glamur y la etiqueta y revolotea, aletoso, componiendo cuellos y corroscos.

El último de la avanzada en llegar es el novio. Es fácil descifrar ese gesto de incomodidad, posible terror o amargura, que trae el hombre maquillado con sonrisas. El aspecto es de alguien que debe caminar aunque le aprieten los zapatos y los calzoncillos. Literalmente lo meten empujado en la iglesia, de afán, como para que no escape, con el pretexto de que ya casi llegan. Cuando el escenario está listo y el sacerdote acosa apuntando al novio con su apretada agenda del día, llega un carro que sentencia con su pito una cruel realidad: ya no hay escapatoria. Entonces comienza el único show verdadero.

Para el transporte es común que las familias busquen el carro de gama más alta en su círculo de amistades. Por eso la carroza de la novia puede ser un compacto de dos puertas, un utilitario gama media, un viejo gama alta en buen estado o un coche antiguo descapotable alquilado especialmente para la ostentación. Todos, eso sí, se decoran con estética de limosina. No es cuestión de plata o buen gusto.

Abren la puerta y comienzan las expresiones de júbilo. Aplausos, gritos, silbidos de fanático futbolero. De la carroza desciende Cinderella envuelta en su repollo. Se bajan también el futuro abuelo y los sobrinitos juguetones, pendientes de las tías encargadas de mantener su buena conducta.

 

Suena musiquita interpretada por aprendices de violín, organeta y saxofón que de vez en cuando recuerdan el pentagrama. Los más pudientes eligen la gaita escocesa del amigo excéntrico extranjero.

Por un rato los pierdo de vista. Con la marcha nupcial pregrabada todos entran a la ceremonia, salvo unos con los que me identifico, que prefieren tomarse un tinto en la tienda de la sacristía, comerse una empanada o fumarse un cigarrillo mientras disfrutan del entorno arborizado. Ellos, como yo, aprovecharon ya el preámbulo de la ceremonia para hacer casting y fisgonear como adolescentes entre los adornos de las invitadas.

Media hora más tarde el padre termina su sermón y otros dos completos desconocidos salen por la misma puerta con la tarea de quererse, amarse y respetarse hasta que la muerte los separe. Los asistentes ya son cómplices, testigos y jurados de sus votos. Todo es felicidad. Real o aparente. Hay de las dos, ay de los dos. En los márgenes de la foto se alcanzan a leer los labios de algunos amigos sensatos que se lo hacen saber al exnovio con un chiste pesado durante el abrazo. Las compañeras de oficina de la novia hacen fila para expresar su alegría, pero es evidente que durante el beso conservan una sutil distancia que obedece al cuidado del maquillaje que deberá llegar intacto hasta el plato frío.

Son las ocho y media de la mañana pero todo se ilumina con flashes, chispitas mariposa y volcanes de pirotecnia. Los del primer matrimonio parten entre explosiones y el tintineo de latas de cerveza importada amarradas a la carroza.

El circo se alista para la siguiente función. Salen las escobas, los recogedores y el ejército de técnicos y tramoyistas encargados de recomponer el escenario. Tengo un rato para mirar a las ardillas, escuchar las guacharacas y aburrirme con las exhalaciones de algún colibrí. Desayuno y vuelvo. Paso la mañana comparando peinados, atravesando con la luz de la imaginación las transparencias de los vestidos, asombrándome por los contrastes entre la elegancia y la osadía. Aunque nadie me mire, a veces por respeto corro a bañarme temprano para lucir presentable en la tribuna preferencial de mi ventana.

Las iglesias me resultan inofensivas en semana. Me dan lo mismo. Pero desde hace un año, la iglesia de San Anselmo, vista desde aquí, cambió mis hábitos sabatinos. Desde entonces mi primer café se endulza con el almíbar empalagoso del circo católico.

Soy un hombre difícilmente casado. Por lo civil. Aun así no tengo pruebas contundentes en contra del matrimonio. Es como un buen café: amargo y espeso, pero uno lo disfruta. Me demoré en aceptar sus “bondades” por testarudez. Por flojera. O por físico miedo. La vida es un zurullo de dudas e incertidumbres. Por si nadie lo había dicho antes. Entre las mías más profundas está saber qué habría sido de mí si no me hubiera juntado con esta mujer que me regaña. Finalmente acepté vivir en este ritual cotidiano de negociaciones y sometimientos porque la libertad del solo iba acabando con mis células sanas y algunas pocas virtudes de nacimiento. O porque quise. Pero hoy acepto sin vergüenza que una manito de rigor femenino me trajo hasta aquí con algo de salud y un hijo que me da ganas de llegar hasta el futuro. Pero fácil no es. No se hagan. Quienes lo vivimos lo sabemos. Ahora estoy seguro de que una iglesia de vecina hace el matrimonio más llevadero.UC

 
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