Número 54, abril 2014

GGM (1927/2014)

Un aprendiz de escritor y periodista viaja a La Habana envalentonado por un premio. Se topa a García Márquez en la travesía, hotel a hotel, y termina gruñéndole al monstruo, que le responde sobándole la cabeza.
 
 

¡Aquí no hay Nobel que valga!
J. Arturo Sánchez Trujillo. Viñetas: Tatiana Córdoba y Felipe Camargo

 

 
GABO
 

Conocí a García Márquez en julio de 1975 cuando no había recibido el Nobel, aunque ya era un escritor reconocido, notable y universal. Me hallaba turistiando por La Habana en la céntrica avenida La Rampa, frente a esa refrescante y dulce venta de helados cuyo singular nombre e imagen promocional –las estilizadas piernas de una bailarina– rinden homenaje a Coppelia, obra representada por el Ballet Nacional de Cuba.

Yo venía de almorzar en el Habana Libre, un hotel con vista al malecón ubicado en la contra esquina de dicha heladería, donde estuve alojado por varias semanas disfrutando de un temprano premio de periodismo. Quería probar el famoso helado de vainilla con sirope de fresa. La golosina me fue recomendada por mi guía permanente, una veterana funcionaria del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, que me advirtió, "son como las mujeres del trópico, si pruebas, te amañas". La temperatura no bajaba de los 33 grados siendo las tres de la tarde, y subió más cuando, entrando al lugar, me topé a Gabo saliendo satisfecho, de guayabera blanca, acompañado por un adolescente que se abanicaba con un sombrero de yarey. Luego supe que el muchacho era su hijo mayor.

Lo miré gratamente sorprendido pero con "reservas ajenas", sin atreverme a decirle nada. En ese tiempo los grupos de la izquierda radical colombiana –en los cuales militaba– lo consideraban por la portada de las letras un gran escritor; mientras por la contratapa de la política les parecía un "reformista con amigos muy raros" del cual se debía desconfiar. Una postura que los fundamentalismos de izquierda en Colombia esgrimieron siempre contra inteligencias no alineadas por sus dogmas y estatutos de parroquia. Verdaderos cuentos chinos de los años setenta, en los cuales muchos rocosos militantes fueron formados a partir de las tesis de la revolución cultural proletaria que prohibió a Confucio, a Beethoven… y a los adolescentes darse sus ardientes y espontáneos besos en público.

En los días siguientes lo vi de nuevo muchas veces: en el hotel de Santiago, en Camagüey, compartiendo entusiasmos en la provincia de Las Villas, donde coincidimos visitando aquél simbólico lugar en el que yace el tren blindado capturado un diciembre de 1958 por el ejército rebelde al mando del Che Guevara; acción tan estratégica como surrealista que dio el golpe de gracia a la dictadura del odiado Fulgencio Batista.

"Aquí fue Troya", le dije esa mañana arañada de sol, mientras mi mano izquierda golpeaba sobre uno de los vagones incendiados por donde salieron en rendición las tropas de Batista, asfixiadas, esperando una lluvia de balas; y sin embargo recibidas con aplomada indulgencia por los insurgentes que ya se sabían vencedores. "Aquí fue…, pero Cuba chico", precisó el mago mayor y sonrió, queriendo decir –me imagino– que dicho suceso nada tenía que ver con lo clásico griego; que era asunto caribe, propio. Se trató de una revolución enfiestada que logró su triunfo en medio de los carnavales de julio y los bailoteos de diciembre.

Los ganadores de aquel premio de periodismo que me llevó a Cuba, escogidos en una convocatoria mundial, eran invitados a conocer una a una las provincias de la isla, con gastos de hotel y tiquetes de avión pagos. También les entregaban cincuenta dólares cubanos para los gastos menudos y tabacos y ron y libros y discos de La Nueva Trova Cubana que apenas nacía. De manera que viajamos y nos divertimos mucho, bailamos a ritmo de la Orquesta Aragón en El Tropicana, observamos y metimos el dedo en los orificios que aún quedan en las paredes del Cuartel Moncada, y tomamos merienda dos veces con Mario Benedetti en el lobby del Habana Libre, pues el escritor en exilio vivía allí, un piso arriba de donde nos alojábamos.

En cada lugar donde hacía un pare la pequeña "guagua" de nuestra delegación encontrábamos ese carro negro, solo distinto a otros por su color; una limusina a lo cubano donde se transportaban Gabo y su hijo, quien no paraba de tomar fotos. Al final me enteré de que íbamos en la misma ruta y, muy a pesar de mis "escrúpulos principistas de izquierda", ya no pude eludirlo ni dejar de buscarlo para darle un saludo al medio día en el almuerzo.

Cuando nos sentamos en la misma mesa, en una noche de son y ron, logramos conversar. Ocurrió en el bar del hotel en Santa Clara, asistiendo a una velada musical un día antes de la tradicional conmemoración del asalto al Cuartel Moncada. Esa víspera no pudimos evitar el tema de la lucha política en Colombia y hubo un encontrón en la mesa. Yo estaba alterado porque en la mañana una emisora había dado la noticia de la muerte del comandante del EPL Pedro León Arboleda, quien al ser acorralado en una casa de Cali, antes que entregarse prefirió enfrentar los comandos contraguerrilla que no tardaron en acribillarlo mientras gritaba "viva la revolución colombiana". De manera que a partir del incidente se discutió acerca de la insurgencia latinoamericana y las vías para la toma del poder, sobretodo y muy a propósito del premio Radio Habana, dedicado en esa oportunidad al gobierno del presidente Allende en Chile. Un corto gobierno socialista conquistado legítimamente en las urnas en 1970, y derrocado tres años más tarde en forma sangrienta por los militares chilenos y la siempre entrometida Central de Inteligencia Norteamericana.

En una sentada, después de bailar esa canción que dice "se estaba ahogando un ratón dentro de un barril de vino", se nos vinagró la noche. Bien subido de rones, escuchando en mi oído vocecillas de las furibundas asambleas estudiantiles, dolido por la muerte del guerrillero Arboleda, descalifiqué a quienes llamábamos electoreros. Rebelándome contra el protocolo de la buena diplomacia y los buenos modales, para los cuales no tenía edad y, bueno es confesarlo hoy, tampoco he tenido genio, saqué un "!eeen fiinn!" y dije que el proyecto periodístico de la revista Alternativa, ese experimento sin igual patrocinado e impulsado por Gabo en compañía de otros intelectuales demócratas, donde se desahogaron política y literariamente todo tipo de mamertos, trotskistas, maoístas anarcos y locos, que esa revista dije, "era floja, conciliadora con el establecimiento".

Felipe Camargo


 

Tatiana Córdoba

  
La verdad, él no me paró muchas bolas. Sabiéndose dueño de la situación, más que doblando mi edad, curtido ya de experiencias en todo tipo de escenarios y, para mi fortuna, transigente con esa impulsividad juvenil que sentía al frente en todo momento en la figura y el acelere de su hijo adolescente, siempre a su lado, alebrestando con su camarita, muy seguramente determinó que disputarle a un paisano radical mochilero de veinte años era dañar los tragos. Optó entonces por hablar pausadamente de su amigo el presidente panameño Torrijos y de las posibilidades de acceder al poder a través de vías distintas a la guerra popular prolongada. Por último, enfatizó algo que cayó como un balde de cervezas frías y me abrió nuevos ojos, fue eso que llaman una revelación: "Si se tienen buenos ideales, no pueden lograrse por métodos viles".

Solo Gabo y yo azotamos baldosa esa noche, nos turnamos para sacar a bailar a una mujer ya madura e invidente, quien a veces le hacía dúo al cantante del grupo que amenizaba. Llegada la hora de irse y acabar la fiesta, en tono paternal, mostrándome la hilillos blancos que ya empezaban a insinuarse, Gabriel García Márquez me dijo: "A esta altura de mis canas, si podemos bailar con la misma pareja, no pensamos tan distinto".

Quedé en suspenso y me zampé un trago de Cienfuegos. Eran las dos de la mañana y nos habíamos tomado ya dos botellas de ron con varios funcionarios cubanos, dos miembros del grupo bandera roja de Venezuela, un zapatista mejicano, un exministro del gobierno de Allende y otros ganadores del premio que se encontraban allí. Terminada la rumba, le dije especulando: "Bueno... nos volveremos a ver". Dio un vistazo al reloj y abriendo los ojos, para dar por cerrado el incómodo choque, respondió sereno: "Creo que en unas horas, porque seguimos en la misma gira".

Recordé mucho este suceso tiempo adelante, participando como organizador en el tercer Festival de Poesía de Medellín. Mi huésped Raúl Gómez Jattin, en una de sus jugarretas mentales, juraba que García Márquez le tenía envidia, le perseguía y mandaba muchachos para que lo apedrearan desde los entejados, cuando hacía sus salidas al patio de descanso de la cárcel de Cartagena, donde estuvo recluido por consumidor desadaptado: "¡No jodás Raúl! –le recriminé–, vos y yo a veces decimos güevonadas muy parecidas".

Durante esas semanas pude disfrutar de la antigua Isla Juana, más tarde llamada Cuba, el primer territorio que invadieron las carabelas españolas en su devastadora campaña, y el primero que fue liberado de la vieja dominación colonial en América. Luego supe que García Márquez se dedicaba a escribir un nuevo trabajo periodístico que antes de 1980 sería publicado con el título De cabo a rabo en Cuba. Trabajo que conocí solo hace unos años, en un viejo libro que me facilitó un amigo, presentado en portada con la frase Ediciones Militantes, y dado a luz por Son de Máquina-Editores.

La contra carátula resalta una estruendosa cita del autor que me parece pertinente traer a cuento: "Hago un balance y lo único que me sobra es la fama, yo quería ser escritor, un buen escritor, que me leyeran, ser reconocido como un buen escritor, pero jamás conté con tanta fama, que es lo mas incómodo del mundo porque solo sirve para que te jodan y te hagan entrevistas; y entonces me pregunto: ¿qué hago entonces con esta fama? ¡Coño! Me la gasto en política, es decir, la pongo al servicio de la revolución latinoamericana…".

Todo esto ocurrió antes de la llegada del nobel colombiano a Estocolmo, y también antes de su apresurada salida de Bogotá. Cuando desde los cuarteles lo sindicaron de propagandista peligroso y escritor cómplice de los insurrectos, en busca de un pretexto para someterlo a los interrogatorios en las caballerizas de Bogotá: "Ese tal Márquez colabora con la subversión y es un camuflado contra la patria y la democracia", bramaban entonces los militares. En efecto, un 24 de marzo, luego de una cena en el palacio presidencial, según escribió en su artículo Punto final a un incidente ingrato, escrito después de largarse de este puto país, un alto oficial del ejército entre otras cosas dijo: "El general Forero Delgadillo tendrá el gusto de ver a García Márquez en su oficina, pues tiene algunas preguntas que hacerle en relación con el M-19".

Tal vez hoy esto parezca inverosímil, pero las voces de que lo iban a detener eran de dominio público en Bogotá. No obstante, al contrario de lo que ocurre, de acuerdo a sus mismas palabras con los esposos cornudos, no fue el último en conocer la noticia. Alguien, posiblemente el ex presidente López Michelsen, le reveló los planes y dijo: "No hay mejor servicio de inteligencia que la amistad". Gabo sabía también que ya el general Camacho Leyva había afirmado en el oscuro momento que apresaron al poeta Luís Vidales: "Aquí no hay poeta que valga", y tomó medidas para no ser ultrajado por los militares a nombre de la democracia.

A Gabriel García Márquez los mandos militares y la ultraderecha colombiana le echaron más de una vez el viaje para joderlo, sobre todo en aquellos episodios vergonzosos e historias de tortura que salpicaron las caballerizas de Usaquén, cuando sufríamos el brutal desgobierno de Turbay Ayala. Y al final se tuvo que ir, fue uno de los cuatro o más millones de colombianos que en los años posteriores se marcharon apurados de su país. Y se fue dejando en ridículo con una sola línea todo ese falso positivo judicial que le estaban montando: "La única arma que he disparado en mi vida, es una máquina de escribir".

Décadas después de mi encuentro con Gabo, veo como esas frases contundentes, lucidas, jocosas, llenas de sonoridad, intuición y conocimiento que me tiró en 1975 son las mismas que he leído durante cuarenta años, de las cuales me he tratado de nutrir con entusiasmo y asombro de principiante. Afortunadamente solo dios, el diablo y los brutos no cambian.UC

 

 

 
blog comments powered by Disqus
Ingresar