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Número 05 - Septiembre de 2009   

Artículos
El centro: un ruido que no cesa
Guillermo Cardona Marín. Ilustración Juan Fernando Vélez
 

Mi primera impresión fue de sorpresa. Aún sin despertar del todo, creí que soñaba estar en Santa Marta, viendo ingresar a la bahía un buque de ciento veinte mil toneladas que anunciaba su arribo con toda la potencia de sus bocinas. Cuando desperté del todo el bufido del buque siguió atronando y yo, que vivo en un piso 18 del centro de Medellín, pensé que me estaba volviendo loco o que la vana ilusión de que La Playa fuera realmente una playa frente al mar se había materializado ese día. Tentado de salir en chancletas y bermudas, preferí ir a la ventana a cerciorarme y allí la sorpresa se trastocó en indignación, porque el origen de aquellos desconcertantes bocinazos de sirena de trasatlántico provenían de un pinche bus de Villahermosa, que interrumpía de un tajo aquella tranquila madrugada de domingo.

Como siempre que soy testigo de semejantes desmanes y falta de respeto a las más elementales normas de convivencia, traté de recordar si existe algún estatuto que regule el nivel de ruido del transporte público y como siempre desistí rápidamente, pues en Colombia, Dios mediante, normas y leyes nunca faltan. Uno diría que sobran y que lo que falta son ciudadanos que libremente las acaten y autoridades que las hagan respetar. La norma en nuestra ciudad es que la gente no pise las cebras por temor a ensuciarlas y que conductores y peatones miren los semáforos y sin importar el color sigan de largo como si fueran lucecitas de navidad.

Luego de estremecer hasta los cimientos las casas y edificios del vecindario sin aflojar el estampido de sus trompetas, el conductor de Villahermosa lentamente se llevó su música para otra parte, quizá con el noble propósito de seguir sacando de la cama a quienes tuviesen el descaro de seguir durmiendo un domingo después de las cinco de la mañana.

Por desgracia, nuestro prohombre no era el único bulloso bienintencionado que madrugaba (o trasnochaba, no sé) con la loable intención de despertar al universo centro y al universo mundo.

Muy pronto el eco cada vez más lejano de las trompetas fue opacado por el incesante rugido de una moto que daba por terminada aquella tranquila mañana de domingo con su escándalo de miedo, aunque ciertamente no se trataba de una Harley atravesando como un rayo la carrera Córdoba sino una modesta Suzuki 100 que con mucho esfuerzo alcanzaba los veinte kilómetros por hora.

 

Ilustración Juan Fernando Vélez

Recién había alquilado el apartamento, no más llegar debí salir de viaje y aquel era mi primer fin de semana como flamante habitante del centro de la ciudad y no sabía que, además de la bufanda y el tapabocas de rigor en tiempos de influenza (o influencia) porcina, debía también usar protectores auditivos.

Sin embargo, el problema no debe, no puede ser exclusivo del centro, pues es de suponer que estos ruidos trashumantes vayan del centro al barrio y del barrio al centro, asustando niños de brazos y espantando perros, causando sobresaltos y síncopes cardíacos por aquellos desafortunados lugares que tengan como ruta.

¿Están sordos? ¿Son unos irredentos irresponsables y sin conciencia? Yo creo que sí y lo que es aún peor, creo que lo hacen con gusto y con la secreta intención de no pasar desapercibidos. "Aquí voy yo y al que no le guste que me salga para cogerlo a cruceta". Les encanta el escándalo, que es el grito de rebeldía de la mala educación.

Luego de dos semanas como residente en el corazón de este valle que concentra la polución al menos tanto como el ruido, el silbato del celador, el estremecimiento telúrico del carro de la basura, los altavoces gangosos de los vendedores ambulantes de mangos y aguacates, el escándalo de las sirenas, ese bullicio de motores que no cesa, más uno que otro vecino que a las tres de la mañana arma su rumba a todo taco, todos unidos en concierto, se confabulan para hacerme sentir como en París y Nueva York, ciudades que nunca duermen. La diferencia es que allá lo hacen por gusto y aquí nos toca porque no dejan. UC