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Número 33 - Abril de 2012     

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De caravana
Ana Lucía Cárdenas. Fotografía de la autor.

 

Que Argentina es Buenos Aires, que los argentinos no son latinos y después de la dictadura no se dejan tocar de un policía, que allá solo se baila tango, que Spinetta y Charly son los únicos dioses. Mitos que llegan hasta nuestros oídos desde el silencio de las postales y el ruido de los turistas y que se derrumban estrepitosamente al son del baile que cada semana anima ese personaje grande que es La Mona Jiménez, en esa noche que se llama ir de caravana.

Empecemos por el principio, una cosa es Buenos Aires y sus porteños, y otra, el resto de miles de kilómetros de provincia y provincianos que completan la Argentina. Algo de eso ha llegado a Medellín con los Chalchaleros y Mercedes Sosa. Así como suena de distinto un tango de una samba, así de distinta es la gente de la capital a la del resto del país. Cuando uno se acerca a la provincia el país empieza a explayarse, gigantesco sobre sus reales proporciones, entonces de la tierra brotan algo más que vacas y uvas y su corazón suena más parecido al zapateo en rombos de la chacarera y el tiringuistinguis del litoral, que al bandoneón.

Córdoba es la ciudad grande de ese mundo de provincia y se ve chiquitica al lado del gran Buenos Aires. El acento con que allí se habla, reconocible a kilómetros por el oído humano, tiene un ritmo entrecortado, nada que ver con el suavizado scho con que los porteños dicen yo. Y es allí donde hace años nació Juan Carlos Jiménez Rufino: La Mona Jiménez.

La primera vez que la escuché mencionar pensé en la imagen de una señora rubia, después de un segundo tuve que preguntar y me dijeron que no, que La Mona, la mica le diríamos aquí, era el padre del cuarteto, esa música bailable de los barrios populares de Córdoba que ahora hace de las fiestas, de cualquier clase, una fiesta de verdad.

En este viaje por fin encuentro a un amigo fan dispuesto a llevarme de caravana. Es noche de verano, en todo el día la temperatura no ha bajado de 38 grados. Comemos tarde y me tomo unos mates mientras espero que vengan a la una de la mañana, para ir con tiempo suficiente al baile semanal de La Mona. Aunque para mí es de madrugada la noche apenas comienza.

En diez minutos llegamos a San Vicente, uno de los barrios más populares de la ciudad. Nada de aretes, ni que tenga valor, me habían dicho todos. Las advertencias fueron el primer síntoma de que entraba en un país distinto, a medida que nos acercamos al Club Sargento Cabral esa sensación se acentúa con cada nueva pinta que nos encontramos: mujeres con mucha producción, como dicen por aquí, nunca había visto tanto esfuerzo en las argentinas por ponerse divinas. De verdad estamos llegando a lo que en Latinoamérica se conoce como baile. Una fila para las mujeres y otra para los hombres, ellos pagan más, las chicas están tan cómodas con el montón de maquillaje como con el precio de la boleta. Después de pasar por la taquilla nos encontramos con la Policía: se me vienen a la mente varios amigos argentinos escandalizados por cuenta de las requisas a las que fueron sometidos en Medellín. Aquí se supone que no existe tal cosa, a mí, que estoy acostumbrada, me importa un bledo, pero con la Policía, como siempre y en cualquier lugar del mundo, lo peor está por llegar.

Cuando entramos el lugar todavía está medio vacío. Al frente, una tarima bien dispuesta y en un rincón de la discoteca con pinta de coliseo, el lugar para conseguir un Fernet con Coca. El otro infaltable de la noche. La tercera bebida nacional, y yo diría que la primera local, de la que no se puede separar el cuarteto. Ya viene hacia nosotros el kit imprescindible: una botella de plástico con suficiente Fernet empacado, un vaso gigante de Coca y una bolsita de hielo.

En la tarima está cantando con su banda un chico de unos 28 años: camisilla nueva que deja ver unos bien ejercitados brazos, varios tatuajes y bluyín. Es el hijo de La Mona que abre la noche en con un derroche de entusiasmo de estrella de la canción que no tiene nada que ver con lo que está pasando abajo. La poca gente que ha llegado casi ni lo escucha, todos conversamos y preparamos el Fernet, tomamos varias rondas entre risas y miradas furtivas alrededor, para ir ubicando a los presentes en una especie de reconocimiento de manada. Por supuesto nosotros somos de los extraños, nos miran un poco de arriba abajo y el asunto se zanja devolviendo una mirada cortés, sin asomo de condescendencia. Cuando menos pensamos todo se llena, hay más de 1.000 personas, la mayoría entre los 20 y los 30 años, algunos, bastante menores. Al lado nuestro hay un grupo de chicos que no pasan de los 16, todos hombres, concentrados en sus charlas, ajenos al atento y prudente estado de cacería que debería suponer una manada de cachorros en un baile.
 
 

La Mona

 

De caravana

Y ahora sí, a lo que vinimos, después de que el hijo de La Mona termina su show hay una pausa. Silencio. Aparecen alrededor de 12 músicos en escena, de todas las generaciones y fachas, el primero es el hijo, que hace de corista, también hay un guitarrista que debe rondar los 70 años, el pelo visiblemente teñido de rojo cobre, un rostro cadavérico e inexpresivo, excepto porque parece no tener ningunas ganas de estar ahí ¿Estará vivo? De un momento a otro uno de los más jóvenes sale del teclado y toma el micrófono para anunciar lo que viene al estilo “agüita pa’ mi gente”, todo el mundo grita, alza la voz para ser más exactos, porque lo que realmente surge, como una exclamación, son las manos arriba, las manos de todos que repiten frenéticamente un gesto parecido al de los sordomudos cuando aplauden.

La Mona sale al escenario. Tiene más de 60 años, es un tipo chiquito, de contextura gruesa y fuerte, de pelo negrísimo y rizado que le llega a los hombros; trae unos pantalones que combinan Fiebre de Sábado en la Noche con Adidas, celeste Argentina, con letras de tela blanca cosidas sobre el azul que dicen: La Mona. Saluda personalmente a mucha gente, las manos arriba no paran de moverse, hacen señas, La Mona les responde y con cada seña que hace con sus manos menciona en voz alta un barrio de Córdoba, los más jóvenes se suben a los hombros de alguien para que él los vea, no a ellos, sino al barrio que representan con una seña. Se bajan cuando él los mira, reconoce la seña, nombra el barrio con un nombre en señas que él mismo se inventó. La imagen es hermosa y abrasadora. La temperatura sube por lo menos cinco grados en un par de minutos.

Empieza el baile. El cuarteto es una especie de merengue acelerado que obliga al bailarín a zapatear un poco. Al principio nadie baila y al final de cada pieza nadie aplaude, eso sí, cada canción es gritada por las mil gargantas, apasionadamente, y de vuelta, están las señas. La Mona anuncia que las chicas quieren bailar y pide que les dejen espacio. Junto a nosotros pasa un intento de “ronda” que consiste en unas 10 o 12 mujeres que bailan cogidas de la mano mientras abarcan todo el espacio desplazándose en un enorme círculo. En ese momento se deja venir la policía, nos dicen que nos movamos. Frente a mí, uno de los chicos, o no se da cuenta o se hace el boludo, y no se mueve a tiempo para que el policía pase. El cana lo coge de un brazo, lo mira fijamente, se le acerca hasta empañarle los ojos, y con el bastoncito que lleva en la mano le da unos golpecitos no tan suaves en la quijada, le repite que se mueva “porque hay que hacer espacio a la ronda de las chicas”. Al muchacho le da miedo, a mí también. El policía no está jugando, como le conteste algo le parte la cara, y él, que acaba de pagar 20 pesos para estar ahí, agacha la cabeza y se mueve del lugar.

Lo siguiente que recuerdo es estar metida en la ronda bailando cuarteto como si se fuera a acabar el mundo, tocan una de Wilfrido Vargas y por fin yo también puedo cantar. En una pausa la banda sale a descansar y anuncia que volverá en unos minutos. Nosotros nos vamos. Todo ha estado muy tranquilo pero parece que la clave es salir antes del final que es donde se arma el quilombo, me lo creo, esto tampoco es el paraíso; y el Fernet, combinado con el despecho y la ropa empapada de sudor, no debe ser buen consejero. Es la madrugada, nos vamos a tomar algo antes de irnos a casa, imposible intentar dormir así no más. Somos tres mujeres y un hombre, pronto, la conversación deja de ser sobre La Mona y pasa a ubicarse en el montón de papacitos que había en ese lugar, de ahí en adelante una charla femenina imposible de repetir.

Antes de conciliar el sueño me digo: La Mona no tiene nada, ni belleza, ni voz, ni música, casi ni letras, que dicen muy poco, pero parece que lo dicen como es, porque lo que se ve en este lugar es a miles de personas cantando como solo se canta eso que habla de nosotros mejor que nosotros mismos. Eso es el cuarteto, pero sobre todo, eso es él, no hay nadie que lo remplace. Los nuevos cuarteteros ni se atreven a imitarlo, sería ridículo, porque él es el tipo que hace que existan, el barrio existe porque La Mona lo nombra y le otorga un gesto a alguien que está cansado de no saber quién es. En el baile La Mona habló de Cosquín, el festival de música folclórica más importante de Argentina, acaba de llegar de allí. Hace 12 años también lo invitaron y a las tres canciones lo sacaron a silbidos por el lío que se armó con los fans que lo acompañaron. Creo que lo que pasó en realidad es que esa música de “negros” no era para ese escenario casi sagrado. Ahora volvió a terminar lo que empezó ese día. Al final de su presentación en Cosquín, como aquí, lo aplaudieron sin remedio y sin descanso. Parece que los “negros” son, además de cuarteteros, muchos, y se están haciendo respetar, ellos también son argentinos. UC