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Número 30 - Diciembre de 2011  

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Navidad en el Polo
Ignacio Piedrahíta

Expedición Amundsen
Única fotografía de la expedición de Amundsen en 1911,
descubierta en 2010 en los archivos
de la Biblioteca Nacional de Australia.

Girando vanidosamente sobre sí misma, la Tierra se va bronceando por partes a lo largo del año. Aunque en el trópico nos cae sol todo el tiempo, la gente de otras latitudes aguanta resignada el invierno y espera con ansias el verano. Sin embargo, hay dos lugares en el planeta en los que el sol es apenas un disco luminoso decorativo, un objeto estelar inofensivo que enciende los ánimos más por sugestión que por verdadero calor. Estos lugares son, naturalmente, los polos.

Uno de ellos, el del norte, es una cáscara de hielo flotante que en los meses más fríos forma un solo cuerpo con Europa, Rusia y Canadá. De ahí que, pese a sus duras condiciones, algunos pueblos hayan aprendido a sobrevivir en esas gélidas regiones. Mientras tanto, el Polo Sur, también conocido como la Antártida, es un continente de roca cubierto de hielo, aislado de todos los lugares conocidos, que permaneció inexplorado hasta principios del siglo veinte.

Hace cien años, Europa era un lugar encantador. Los Estados y sus monarcas tenían posesiones en Asia y en África de las que obtenían grandes riquezas, mientras sus marinas mercantes comerciaban a todo lo largo y ancho de un mundo sin demasiados misterios. Pero en la mente del ser humano no hay tranquilidad posible, y el ocio le da ideas a los más inquietos. Mientras los militares ocupaban sus días en diseñar planes para aniquilar a sus vecinos, los exploradores estaban dedicados a estudiar la manera de romper por fin con el mito del Polo Sur.

No se trataba de llegar a tocar las costas de la Antártida y dar un paseo durante el día para volver a dormir en el barco, sino de hacer una travesía de meses por su blanca geografía hasta llegar al verdadero polo, es decir, al punto cero de latitud sur. Cualquier ser humano que quisiera alcanzarlo, debía recorrer meses enteros para entrar y salir de ese laberinto sin paredes que son los vastos campos de nieve de la Antártida. Por esta razón, cuando quedaban ya pocos lugares en los que el hombre no hubiera puesto el pie, el ombligo del mundo se convirtió en una obsesión para los aventureros.

Fue en medio de esa próspera paz europea, que dos hombres de mar se propusieron ser los primeros en lograrlo. Cada quien por su lado y en relativo secreto, ambos prepararon sus expediciones. Uno de ellos era noruego, Roald Amundsen, miembro de una familia propietaria de barcos mercantes. El otro era un capitán de la marina real inglesa, Robert Scott, quien ya había integrado una expedición anterior que intentó en vano conquistar los hielos. Recelosos el uno del otro, zarparon a mediados de 1910, llevando todo lo que consideraban esencial para alcanzar la meta durante la Navidad del año siguiente.

En el camino, ambos hicieron estación en Nueva Zelanda y pasaron allí un tiempo poniendo a prueba sus métodos y equipo, así como su estado físico, necesario para las largas caminatas por los hielos perpetuos. Debido a que tendrían que llevar todo consigo durante la travesía —comida y equipo para sobrevivir al frío—, cada uno apostó por diferentes medios según su experiencia.

Amundsen optó por poner en práctica los conocimientos que había obtenido de las tribus de Groenlandia, con las que había convivido. Y dedujo que ningún hombre podría resistir las gélidas temperaturas polares sin vestir pieles de animal. Por lo tanto, dotó a los miembros de su expedición con holgadas pieles de lobo, que al tiempo que calentaban, permitían ventilación. También, adoptó la disposición en abanico —y no en doble fila india—, de los perros siberianos que halarían los trineos. Estas medidas y un pequeño secreto, serían los que le darían al noruego un triunfo definitivo.

Scott, por su parte, confiaba más en los trajes hechos de fibras artificiales, y pensó que los trineos a motor serían más útiles que los perros. El resto, sería cargado por caballos asiáticos acostumbrados al frío. Estaba tan seguro de sus disposiciones, que ni siquiera se preocupó por aprender a esquiar bien, deporte en el que Amundsen y los suyos eran expertos. Encomendado a la tecnología, el capitán de la marina de su majestad comenzó a caminar el 1 de noviembre de 1911, diez días después de que lo hiciera Amundsen.

Cada expedición eligió una ruta diferente. El camino incluía no sólo un largo trayecto por una planicie cubierta de nieve sino la remontada de las Montañas de la Reina Maud y finalmente una línea recta por la soledad más profunda de la Antártida. Ambos exploradores llegaron al Polo con una diferencia de 30 días. Amundsen marcó el lugar exacto un inolvidable 14 de diciembre. Dejó allí una bandera Noruega, cartas para su rival y algunas provisiones de regalo. Scott llegó el 17 de enero, tan exhausto que aceptó de buena gana las viandas de cortesía. El regreso fue el que marcó la diferencia: Amundsen lo hizo sin problemas, Scott, no. Murió congelado en el intento junto a sus compañeros, a finales de marzo de 1912.

Curiosamente, Scott, a pesar de haber perdido la apuesta, es un personaje que se ha hecho más popular que su rival. Muchos de nosotros oímos hablar del capitán inglés en los años ochenta, por una canción del trío español Mecano llamada "Héroes de la Antártida". Es fácil recordarla, pues comienza con unas graves palabras —dichas y no cantadas—: "18 de enero de 1912. El capitán Scott, acompañado de Evans, Wilson, Bowers y Oates, alcanza el Polo Sur. Pero fracasa en la hazaña de ser el primero. Sobre el punto de latitud cero ondea ya la bandera del explorador Amundsen. Exhaustos y fracasados, emprenden el regreso."

Otros, más cultos, como Nacho Cano, el compositor de la canción, tuvieron noticia de Scott por los libros, especialmente a través del relato de Stefan Zweig. El escritor austriaco tenía 30 años cuando salieron las dos expediciones y, después, decidió contar la historia de Scott a partir de sus diarios, encontrados junto a su cadáver congelado. Aunque el éxito de Amundsen también fue contado y publicado, ha tenido más eco la tragedia de Scott. Esto se explica en parte porque no solo los perdedores tienen mucho de atractivo para el drama, sino que los diarios del capitán resultan conmovedores y reveladores de una heroica lucha contra el frío.

¿Qué fue lo que hizo a que Amundsen ganara y Scott perdiera? No fue la falta de carácter ni de voluntad de ninguno de los dos, ni la carencia de planeación ni de cabeza fría a la hora de trazar sus caminos. Fueron ciertas decisiones, que le dieron ventajas a uno y se convirtieron en obstáculos para el otro. Los abrigos de piel, tal como había sido probado en Groenlandia por siglos, fueron más resistentes a las ventiscas polares cuyas temperaturas superaban los cuarenta grados bajo cero. Por otra parte, los trineos a motor de Scott fallaron al segundo día, y sus caballos murieron uno a uno bajo el esfuerzo de cargar el peso de su propio alimento.

Pero aún así ambos lograron su objetivo hace exactamente cien años. La diferencia estuvo en el camino de regreso. Scott, desmoralizado por haber encontrado la bandera noruega en la meta, se encontró además con que los víveres dejados en el camino eran escasos, así como el petróleo para calentarse. Con muy poco que comer y un clima cada vez más extremo, luchó junto a los suyos hasta que un día decidieron no salir de sus sacos de dormir y esperar la muerte. Unos años después, una expedición de rescate encontró sus cadáveres y el famoso diario que tanto ha inspirado a escritores y músicos.

Amundsen, el triunfador, volvió a casa, se casó y, luego de unos años siguió la ruta de su adversario, murió en una expedición de búsqueda en el Polo Norte. Aunque el público lo reconoce como el hombre que ganó la carrera por el Polo Sur, muchos dicen que era frío y calculador, y no le perdonan su estrategia para el regreso: haber ido matando los perros siberianos para comérselos a medida que la carga era menor y estos no eran necesarios. Dicen que era un hombre sin corazón, y ante su frialdad ponen de contraste los conmovedores diarios de su rival. Pero él fue el ganador, diga lo que digan los miembros de la sociedad protectora de animales. UC

 

Navío Fram en la AntártidaNavío Fram en la Antártida