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Número 30 - Diciembre de 2011  

Caído del zarzo
Miniancheta
Elkin Obregón S.
 

Me desperté de repente, sintiendo una presencia en el cuarto. Por la ventana (cerrada) se filtraban los acordes del Jingle bells, en versión de Frank Sinatra. Me incorporé a medias, y vi, sentado al borde de mi lecho, la figura de un visitante. Aunque soy ateo confeso, no pude evitar reconocerlo, a pesar de que su aspecto no era el de un niño; lucía casi adolescente, vestía un chaquetón de dril, camisa a rayas, jeans, y calzaba tenis marca Nike. Su aparición me intimidó, temiendo lo peor.

—No temas —me dijo, como si leyera mi pensamiento—. No he venido a llevarte. Yo estoy al margen de esos asuntos.

Tranquilizado respecto a ese punto, cobré ánimos para preguntarle:
—Y entonces, ¿qué te trae a mi casa, Joven Jesús?

—Solamente quiero que me dediques un libro tuyo —respondió. Y, sacando un libro del bolsillo de su chaqueta, me lo tendió sin añadir palabra.

Escribí una dedicatoria convencional, y firmé con mis iniciales, F. V.

—Pero —alcancé a musitar—, se trata de un libro muy anticlerical...

El Joven Jesús sonrió. —Esos son mis favoritos —dijo.

 

CODA

En sus bellos cuentos de Navidad, Charles Dickens nos entrega el sabor y el olor de su Londres del siglo XIX. Yo, que estoy leyendo a Jaime Jaramillo Escobar, quisiera leer un cuento suyo sobre la Navidad, con olor al suroeste antioqueño, a su río Cauca, a sus pastizales de Yaraguá (los de Jaime). Qué linda historia le saldría, a este yerbatero que no vende nada, ni siquiera belleza, porque la regala. Juan Carlos Orrego. Elkin Restrepo. Fernando Mora Meléndez. UC