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Número 03 - Enero de 2009   

Editorial
Arte y parque
John Galán Casanova
  

El Parque del Periodista, en Medellín, alberga un exuberante ecosistema humano que no tiene parangón en la ciudad. Es una zona de tolerancia cultural cuya riqueza radica justamente en la diversidad extrema de sus habitantes. Artistas veteranos y bisoños, universitarios públicos y privados, aprendices de cine, teatro, danza, inglés y computación, punkeros y metaleros de Laureles y de Castilla, artesanos, saltimbanquis y músicos callejeros, extranjeros de paso por la ciudad, funcionarios de OG's y ONG's, grupos de "new waves", "emos" y "góticos", pasajeros de lo pasajero, hombres y mujeres de todos los sexos acuden al parque semana tras semana para, detalles más, detalles menos, hacer lo mismo que cualquier devoto amante de la noche: conversar, flirtear, divertirse, escuchar música, embriagarse ––como quería Baudelaire–– "de vino, de poesía o de virtud". No existe en Medellín, y me atrevo a decir que en el país, un núcleo urbano donde concurra gente tan distinta, alternando tranquilamente entre los islotes del parque y las mesas de los bares vecinos.

No es de extrañar que semejante hervidero de subculturas desborde los linderos de la cultura tradicional, y que ciertos estamentos se sientan ultrajados ante este escenario inconcebible donde ebrios, beodos y no tan beodos, marihuaneros, periqueros, yonquis y demás integrantes de nuestra pujante farmacocontemporaneidad ejercen gozosos su libre albedrío. ¿Por qué será, me pregunto, que en este sitio a lo largo de los últimos lustros ha sido posible disfrutar de una despenalización de facto de la dosis mínima, en virtud de la cual conviven en admirable y civilizada armonía el adicto con el abstemio, el rockero con el salsero, el policía con el jíbaro? Supongo yo que porque más allá, mucho más allá del estigma de si se consume o no esto o aquello ––asunto que hace parte de la intimidad de cada cual––, alrededor del parque palpita y fructifica una fecunda comunidad, heterogénea a más no poder que, no obstante, encuentra arraigo y cohesión en torno a los valores vitales de las manifestaciones artísticas, la fiesta, la tertulia y la creatividad.

Vuelvo y pregunto: ¿cuántos artistas plásticos, pintores, fotógrafos, han tenido hasta ahora la oportunidad de exponer sus obras en las paredes de "El guanábano"? Algún Taschen criollo podría editar un volumen de lujo con esa temática... ¿Cuántos grupos de rock, de jazz o de la nueva ola folklórica han tocado alguna vez en aquel bar, en "El eslabón prendido" o en alguno de los tablados que se montan en el parque al aire libre? ¡Caray, incluso a Juanes deben haberlo dejado tocar allí alguna vez! ¿Cuántos gérmenes de novelas, crónicas, cuentos, guiones y versos habrán surgido en esos lares al sabor de unas copas? ¿Cuántos aprendices de artista ––como quien esto escribe– –encontraron y seguirán encontrando allí un ambiente fértil para acendrar, confrontar (y aún dilapidar) su talento? ¿Cuántas generaciones de jóvenes inquietos habrán vivido su educación sentimental e intelectual bajo el par de palmas y pisquines que aún subsisten? Este tipo de cuestiones me vienen a la cabeza al momento de ponderar la esquina de Maracaibo con Girardot como patrimonio intangible de la humanidad paisa.

 

 

Arte y parque

Cosa muy distinta, y lamentable, es ver el parque convertido en foco generador de violencia. Desde hace meses crecen los rumores acerca de tropeles, disputas, atracos, atropellos. Al parecer, tan delicioso rincón del universo centro no escapa al asedio de siniestros procederes que, mal que nos pese, continúan siendo el pan de cada día en Colombia. Ante esta situación tan complicada, en la cual se evidencia que el parque no es ajeno a los desmanes de la guerra, ¿quién podrá defenderlo? Pensar en instalar un CAI allí, como algunos quisieran, sería tanto como matar al paciente para acabar con la enfermedad. Una solución de ese tipo arrasaría con la poca zona verde que aún persiste y, sobre todo, desnaturalizaría por completo un espacio público destinado para el encuentro espontáneo, el ocio y el libre desarrollo de la personalidad. Extinguir la vitalidad del parque implantándole un CAI iría en contravía del modelo de ciudad educadora y culta que con estupendos resultados se quiere instaurar en Medellín. Buen ejemplo de ello lo constituye la reciente transformación de las instalaciones del F-2 en el magnífico Parque Biblioteca de Belén y, así mismo, la creación de la Biblioteca León de Greiff en los terrenos de la extinta cárcel de La Ladera.

Si un CAI no es la solución, ¿entonces cuál? ¿Por qué no aprovechar el súbito interés del gobierno nacional en los derechos humanos para ofrecer a taberneros, jíbaros y consumidores unos talleres de servicio comunitario y no violencia que afiancen la vocación del parque como escenario excepcional de tolerancia y coexistencia pacífica? ¿O, mejor aún, no podría aprovecharse esta coyuntura para emprender, de una vez por todas, una avanzada en pro de la legalización de las drogas y denunciar los perversos intereses de la inocua estrategia prohibicionista? ¿Qué tal acoger como emblema de esta noble causa la excelente caricatura de Pereque con su lema: "es apenas una dosis mínima en una dosis mínima de parque"? ¿Por qué no erigir un busto en reconocimiento al ex magistrado Carlos Gaviria y declarar oficialmente el Parque del Periodista como bastión libertario de la despenalización? ¿Deliro? Seguramente. Quizás el palo no da para pensar en estas cucharas. Nuestra sociedad aún no se muestra en condiciones de asumir públicamente lo que sus individuos hacemos a hurtadillas. El parque no es mojigato, en este contexto su transparencia lo torna vulnerable. Mientras llegamos a la situación utópica de una sociedad abierta, responsable y permisiva, en defensa del parque no se me ocurre proponer sino un incremento urgente de todas nuestras formas de lucha, a saber: el debate abierto y razonado, la creatividad, la audacia, la crítica crónica, el vigor de la expresión artística, el humor, la ironía, el derecho a disentir, el respeto a la diversidad, la defensa indeclinable de la vida... ¡alegre! UC