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Número 29 - Noviembre de 2011  

Editorial
Caminar y pensar
Editorial

Hay escenas que resultan irrebatibles: Doscientos mil jóvenes marchando por mejoras en la educación pública forman un afiche que merece aplausos en todas las democracias. Las fotos de las marchas estudiantiles son elocuentes y efectistas, y el Estado, siempre tan poco fotogénico, queda en manos de los policías antimotines. Es lógico entonces que en Chile, Camila Vallejo, la cara bonita del movimiento estudiantil, una marxista digna de la revista Vogue, sea la mujer más admirada por los adolescentes y aparezca entre las tres figuras políticas con mayor imagen positiva. Mientras Sebastián Piñera está en el 29% de evaluación positiva, Camila Vallejo está cerca del 75%.

En Colombia no apareció una figura sobresaliente entre los estudiantes, pero las marchas han merecido apoyo desde muchas orillas. La alcaldesa encargada de Bogotá las llamó "hermosas manifestaciones" y los medios han entregado algunos vivas y cubrimiento inédito a sus voceros. Sin embargo, en esto de las marchas siempre existen riesgos. El oportunismo de los políticos tal vez sea el más evidente. Y está el afán revolucionario por cambiar el mundo entero y sus infamias: una de las trampas que podría convertir esta oportunidad en una colección de consignas y unas cuantas pedreas. Recordemos que algunos estudiantes han querido llevar a la mesa el tema de la minería y el presupuesto de seguridad, entre otras perlas. Habría que hablarles con tono de profesor y decirles que se concentren. Sería triste que los estudiantes terminaran siendo más elocuentes con los pies en la calle que con la cabeza en las discusiones públicas.

En Universo Centro intentaremos hacer nuestro propio balance de lo que han dejado las protestas y dejaremos caer algunas ideas y algunas cifras para lo que viene. Lo primero es que el movimiento estudiantil logró salir del estigma de las capuchas y las papas bomba. La última vez que había sonado con fuerza fue hace exactamente dos años, cuando retuvieron por unas horas a Moisés Wasserman, rector de la Universidad Nacional, en su oficina en Bogotá. En ese momento la discusión con el gobierno fue si se trataba de un secuestro o de una simple bravuconada. Ahora por lo menos no se está discutiendo el código penal. Si los estudiantes, la mayoría de quienes participan activamente en las protestas, logran graduar a los profesionales de la arenga que llevan años dominando el espacio de las asambleas universitarias, ya se habrá dado una pequeña e importante reforma. Pero ya sabemos que los dueños del rollo, los especialistas en la consigna y el radicalismo, intentarán resistir y apoderarse del inconformismo general.

Hace unas semanas un columnista bogotano señaló uno de los logros del movimiento estudiantil. Las concentraciones en la Plaza de Bolívar pusieron en evidencia la torpeza de la oposición en Colombia. Por el lado derecho apareció Francisco Santos con sus declaraciones sobre picanas eléctricas y derecho a la protesta. Pacho Santos es un especialista en el humor involuntario y esta vez lo adornó con un arrebato sádico. Por la izquierda, Piedad Córdoba hizo su demostración de oportunismo en la Plaza de Bolívar. Instigó a los estudiantes con sus viejas consignas antiimperialistas y sus extraños cantos a la paz desde la orilla del odio de clase. Los estudiantes, como una voz que puede influir en la política, hicieron que los extremos mostraran su peor cara.

Otra consecuencia de las movilizaciones, tal vez involuntaria, es que por primera vez este Congreso dejó de ser un simple notario de los proyectos de ley del gobierno Santos. Ya nos estábamos acostumbrando a los trámites que eran un simple visto bueno. La visibilidad de los estudiantes y la atención del país sobre la reforma a la ley 30 logró que la Cámara de Representantes le diera un no a la ministra Campo y al Presidente. Falta que al interior del gobierno se den cuenta que la ministra perdió la posibilidad de liderar una reforma y que el primer error fue nombrar a una persona sin credibilidad en el medio universitario.

También quedó claro para todo el mundo que las universidades públicas necesitan más plata. Desde 1992, cuando se aprobó la ley 30, las universidades han crecido en cobertura y grupos de investigación, e incluso en número de profesores. Han mejorado algunas de sus notas mientras los números rojos de los balances financieros siguen creciendo. Durante casi 20 años las transferencias han seguido la curva tacaña de la inflación. Pero aquí también surgen algunas preguntas. Los rectores, secundados por los estudiantes, se han negado desde siempre a que un aumento en el presupuesto vaya ligado a algunos indicadores de calidad y gestión. Según ellos eso va en contra de la autonomía universitaria. Hay que recordar que algunos ejemplos de corrupción y política barata en las universidades del Magdalena, del Atlántico, de la Distrital en Bogotá, para mencionar los más visibles, demuestran que por respetables que sea las universidades necesitan rendir cuentas y recibir apoyo del Estado en virtud de sus resultados y no a sus nobles propósitos.

La consigna más repetida por estos días es la que pide una educación pública gratuita y de calidad. La segunda característica es indiscutible pero la palabra gratuita puede tener algunas trampas. Subsidiar a quien no lo necesita no es solo una torpeza sino una injusticia. Quien tiene recursos y quiere estudiar en una universidad pública debe pagar por ello. Así que defender la gratuidad como un punto de honor, por el solo hecho de que la palabra luce en los carteles y los grafitis, tal vez no sea lo más inteligente. Además, en este momento el Estado subsidia el 85% de las matrículas de las universidades públicas. Así que la pelea de fondo parece estar en otra parte. Las dificultades para los estudiantes de los estratos 1, 2 y 3 para acceder a la universidad están más en los colegios públicos que en el precio de las matrículas. El último informe sobre las Pruebas Saber en los más de 11.000 colegios del país deja resultados desalentadores: solo 19 colegios públicos están entre los primeros 500 de la lista. Las desigualdades entre privados y públicos siguen siendo muy grandes y ahí se marcan las diferencias entre los futuros universitarios y los rebuscadores. De modo que no estaría mal que Fecode no sólo apoyara las marchas estudiantiles sino que se mirara el ombligo en busca de algunas culpas. Y el gobierno debe empezar a pensar en la calidad de los colegios públicos ahora que los problemas de cobertura parecen estar resueltos.

Hasta ahora los estudiantes solo lograron que el gobierno se detuviera y levantara la cabeza. Llegó el momento de dejar los gritos y las consignas. Llegó la hora de identificar algunos aliados y apelar al realismo. Si los estudiantes son incapaces de tramitar sus propuestas en los espacios que ofrece nuestra democracia, no les quedará más que refugiarse en sus asambleas a rumiar un inconformismo inútil y jugar a la rebeldía de los incomprendidos. UC