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Número 29 - Noviembre de 2011  

Artículos
Cinco días en altamar
Ignacio Piedrahíta. Fotografías del Autor
 
Fotografía Ignacio Piedrahíta

Muelle de Tumaco, once de la noche. El taxi nos deja en la portería y debemos caminar hasta el buque. Lo distinguimos a lo lejos, amarrado en la penumbra. Al acercarnos, un hombre de overol gris, cruzado a la altura del pecho por una subametralladora, nos invita a subir a bordo. Se presenta como el teniente Alvarado y, con la amabilidad de los jóvenes que tienen tendencia a la gordura, nos hace un recorrido por el laberíntico interior de la embarcación. Para quienes nunca hemos navegado, términos como "sala de máquinas", "cámara de oficiales" o "puente de mando", solo existían en los libros de aventuras.

Para llegar a nuestro camarote, bajamos a la cubierta inferior por una escalerilla. Es una pequeña habitación en el extremo de proa, justo encima del casco; de ahí que sus ángulos sean extraños y sus paredes curvas. Hay dos camas de tres pisos cada una. Los cuatro científicos a los que acompaño hacen una democrática repartición y me toca dormir en el nivel superior. Dos cuartas por encima de mi nariz, está el techo. El ambiente permanece fresco gracias al aire acondicionado, pero se respira un aroma a encierro. La noche transcurre mecida apenas levemente, y me da la sensación de que estoy preparado para salir a mar abierto.

Fotografía Ignacio Piedrahíta

La mañana siguiente está dedicada a preparar la partida. Los veintidós suboficiales y cuatro oficiales de la tripulación ponen todo "a son de mar", según palabras del capitán, un hombre sereno y educado que aparenta más años de los cuarenta que le calculo. Nos explica, con pausado acento boyacense, que el ARC Gorgona era un buque destinado a mantenimiento de boyas, pero que hace poco fue equipado para labores científicas. Solo hay dos lugares a los que no podemos acceder, nos dice: la sala de comunicaciones y el armerillo. De resto, nos invita a sentirnos como en casa a lo largo de los cincuenta metros que tiene la embarcación.

A medio día nos llaman a almorzar. El comedor, oficialmente llamado "cámara de suboficiales", es una habitación con dos mesas y una salita de televisión. Por un hueco que comunica con la cocina, el cocinero, un costeño viejo, orejón y de pocas palabras, va pasando los platos ya servidos —sopa, carne, arroz y plátano maduro—. La idea es comer más o menos rápido y pasar a la cocina a lavar los trastes. Las sobras se lanzan al agua por una abertura que hay encima del fregadero. Una vez cumplida esta rutina, los tripulantes más jóvenes regresan al comedor y se dejan caer en unos sillones a jugar Play Station. En últimas, el marino, que uno se imagina practicando nudos o escribiendo a la novia en sus ratos de ocio, no es más que un muchacho como cualquier otro.

Poco después, se escucha por el altavoz la orden de preparar la maniobra de zarpado. En medio de la expectativa, los funcionarios de puerto sueltan las amarras y, con tres toques largos de sirena, comenzamos a movernos lentamente por el canal que sale de la bahía. Disminuye el personal en la cubierta y solo quedamos los científicos y yo. O casi. El cocinero camina de lado a lado buscando infructuosamente señal de celular. De repente, en un golpe de suerte, logra hacer una llamada, pero algo pasa, porque se va para adentro masticando insultos contra Movistar.

La llegada a mar abierto viene acompañada del monótono cabeceo del barco y, con este, el mareo. Mientras algunos nos vamos arrimando disimuladamente a la borda, otros no parecen haber pasado de la tierra firme a la móvil superficie del océano. El director de la expedición es uno de ellos. No en vano fue cadete en su juventud. Puede leer, trabajar en el computador, etc., sin ningún perjuicio. En el otro extremo está un biólogo al que apodamos "el ministeriable" —por sus finas maneras y un inigualable humor de cóctel bogotano—, quien apenas puede articular palabra y no tiene más color que la blanca cubierta del buque. Por mi parte, trato de mantener el estómago en su lugar, pero sucumbo a la mañana siguiente, durante el desayuno. Los buñuelos con salchichón del cocinero me obligan a subir corriendo a cubierta. Una vez afuera, con la saliva ya caliente en la boca, miro para donde va el viento y me arqueo sobre la baranda. Después del vómito, uno se siente mejor, o por lo menos con la sensación de que el mar le ha dado una complaciente bienvenida.

Fotografía Ignacio Piedrahíta

Converso con el teniente Niño, ingeniero de a bordo, y me cuenta que lo mejor de navegar es que, una vez se zarpa, los problemas de la vida corriente quedan en tierra firme. Le pregunto por el mareo entre los miembros de la tripulación. Me dice que cada marinero posee una tolerancia individual, y según ella va claudicando conforme aumenta la bravura del mar. Hay momentos de mareta fuerte, en los que solo unos pocos tripulantes permanecen en funciones dentro del buque; el resto, si no está de turno, permanece tumbado, enfermo, en los camarotes. "Por mi parte, no sé todavía en qué consiste esa enfermedad", dice Niño, con mal disimulado orgullo.

El buque avanza bordeando el delta del Patía durante la tarde y parte de la noche. A medida que se suceden las horas de navegación, la tierra firme se va convirtiendo en una línea oscura en el horizonte. En cambio, una sola realidad comienza a delinearse firme y segura, la realidad de a bordo, que ordena a cada quien intentar conocerse y llevarse bien. Se repiten las voces, las figuras, los rostros, que cada uno de nosotros debe ir asociando al nombre bordado en el overol a la altura del pecho. Debido a las distancias que se deben recorrer, los tiempos muertos que quedan a bordo suelen abundar. Pasamos casi todo el tiempo en la cubierta de proa, provocando un diálogo con cualquiera hasta la hora de dormir. Una vez en el camarote, escuchando el golpe de las olas contra el casco, que sube y baja al ritmo impuesto por el mar, uno entiende que está por fuera de la vida corriente.

Uno de los objetivos del crucero es depositar en el fondo del mar —durante 24 horas, varias veces—, un aparato que mide la corriente submarina. Es un pequeño disco del tamaño de un LP empotrado sobre un trípode de hierro de un metro de altura. Y vale más de lo que pesa. El correntómetro debe quedarse en el fondo de un día para otro, así que es necesario marcarlo con una boya. Fondearlo y amarrar la señal que lo hará visible es el trabajo que le espera a la tripulación.

Con todo claro en el papel, el contramaestre Ortega amarra la cuerda al correntómetro y la pasa por el ojo del brazo de la grúa. Del otro extremo, un grupo de suboficiales con manos enguantadas hace fuerza mientras la grúa se levanta un poco y saca su brazo hacia al mar. Lentamente, los hombres van soltando cuerda para que el aparato se vaya sumergiendo. Deben estar atentos al momento en que este toque fondo y muy rápido amarrar la boya en la punta del cabo, antes de que el viento y la corriente desplacen al buque del lugar de la caída.

Sin embargo, ocurre lo peor. La corriente del mar es tal, que se va llevando diagonalmente el correntómetro sin dejarlo llegar al fondo tan pronto como se pensaba. Los marineros hacen sus mayores esfuerzos por retener la cuerda, que se va acabando, pero las olas se la arrebatan de las manos y esta termina por caer al agua. No hubo tiempo ni modo de amarrar en la punta el balón flotante. Como si fuera poco, el viento y la misma corriente arrastran al buque lejos del lugar de la maniobra. La única esperanza que queda es volver al lugar antes de que la cuerda se entrape del todo y se hunda. ¿Cuánto tiempo tardará? Es imposible saberlo.

Se decide entonces bajar de inmediato un pequeño bote para que vaya en su búsqueda. Parten hacia el punto de caída el teniente Niño y otros dos marineros de los más hábiles. Los vemos aparecer y desaparecer sobre las cimas y los valles de las olas perturbadas, recorriendo despacio de un lado a otro el horizonte. Entonces, se detienen. Todos respiramos hondo, esperando ansiosamente un parte de satisfacción. En semejante silencio, la voz del teniente se oye claramente a través del radio del capitán por todo la cubierta: "¡Nos quedamos sin gasolina!". El capitán suelta, desde el puente, y contra toda su instrucción, un gran hijueputazo.

El buque debe hacer un lento movimiento de retorno, ya no con dirección al punto donde se ha tirado el aparato, sino a donde deriva angustiosamente el bote. Hasta la más mínima conversación se escucha en cualquier lugar de cubierta. No ha disminuido el ruido de las máquinas, ni la fuerza con que las olas azotan el casco, pero los oídos parecen haberse aguzado en la búsqueda de alguna charla frívola que ignore la emergencia, para tener, quizá, algo o alguien contra quién descargar la creciente tensión. Llegamos por fin al bote, para darle gasolina en medio de un oleaje creciente, que en un momento pone a Niño y los otros al nivel de la cubierta de popa, y en el instante siguiente los baja a un abismo por debajo de la borda.

Fotografía Ignacio Piedrahíta

Con el bote andando, se restablece el plan de búsqueda. Más de cincuenta ojos repartidos por el buque otean al agua en busca de la punta flotante de la cuerda. Entonces, el silencio largo e inflexible, que dura ya más de una hora y media, se quiebra con un grito desde la cubierta de proa. El brazo del cocinero señala un punto indefinido sobre estribor. Incluso los que estamos arriba, en el puente, tardamos largo rato en distinguir la punta de la cuerda a la distancia. No hay abrazos, pero sí cigarrillos que se encienden y alientos desatados. Mientras nos acercamos a la cuerda y le amarramos la boya flotante, el cocinero, desentendido, recorre a grandes pasos la cubierta con su celular en alto, buscando la bendita señal. Seguramente, el plato de lentejas con arroz que repite todos los días ya está en su punto.

Como todos los días, un marinero entra a nuestro camarote a las cinco y media de la mañana con una pequeña linterna y nos va tirando de los pies, cumpliendo con lo que en el argot naval se llama el "alza arriba". Una vez aclara el día, la tripulación de guardia sale a cubierta para recuperar la boya que ya el piloto ha encontrado fácilmente frente a otro punto del delta. Esta es la tercera vez que se lanza el trípode al fondo del mar y se recupera sin los contratiempos del primer día. Con esta información, ya quedan cubiertas casi todas las bocanas del Sanquianga, nuevo cauce principal del Patía, desviado hace unas décadas por un comerciante de la región.

Quedan faltando un par de estaciones en la parte sur del delta y el buque se dirige hacia allá. La expedición está a punto de culminar con éxito, pero en la última maniobra de recogida del bote ocurre un pequeño desastre. Mientras es sostenido en el aire por la grúa, una cuerda se rompe y el bote queda oscilando como un enorme pez herido, golpeando una y otra vez el castillo de proa con su casco. El silencio se apodera de nuevo de todos los rincones del buque, mientras seguimos navegando sobre un mar cada vez más encrespado. La idea de hacer dos inmersiones más queda en entredicho. El cielo, por su parte, se va cerrando sin clemencia y arroja puñados de plomo sobre las olas feroces.

La decisión del capitán y el director es dar por terminada la expedición. No hay sentimiento de derrota, solo faltó una pequeña parte. Reina una alegría general por el regreso a puerto. No deja de ser curioso que el marinero, cuando está en tierra, lo único que quiera es zarpar, y cuando está en el mar, su mayor deseo sea tocar tierra. Después de cinco días, el tiempo ha ido dejando su huella. Se ve cierta dejadez en el interior del buque, en los baños, en el comedor. Ya con cierta confianza, conversando con Alvarado, me atrevo a poner en duda las calidades del cocinero. El teniente se ríe: "A Ramiro le falta la sazón que le sobra a los cocineros del Sena que han pasado por aquí, pero tiene lo más importante: no se marea nunca. En un barco, hasta el capitán se puede marear, pero nunca el cocinero".

Es el último día a bordo. Amanece. Se definen las nubes y la línea de la costa. Por el lado de alta mar, un pequeño sector iluminado resulta ser un enorme mercante. Del lado de popa aparece un manchón púrpura que dura apenas unos minutos. Sobre la costa se observaba ya el morro de Tumaco y el faro, mientras por el occidente, las tinieblas del mar y las del cielo riñen aún en el oscuro. El capitán supervisa la entrada a puerto siguiendo el canal marcado por las boyas. A media mañana, atracamos. La tierra firme parece demasiado firme. La tripulación, que en el mar es una sola con su barco, comienza a disgregarse, a derramarse sobre el puerto. Cada quien actúa por su cuenta, tiene cosas que hacer, vueltas pendientes, asuntos que pertenecen a otra vida, una vida que el marinero acepta a regañadientes y en la que parece no sentirse del todo a gusto, la vida en tierra firme.UC

Un agradecimiento al profesor Juan Restrepo, el Capitán Rojas y toda la tripulación del ARC Gorgona.