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Número 28 - Octubre de 2011  

Artículos
Tranströmer, el desconocido de turno
Juan Carlos Orrego. Ilustración Cristina Castagna
 

Como si se tratara de una odiosa advertencia de la tecnología, el anuncio de que el poeta sueco Tomas Tranströmer había ganado el Premio Nobel de Literatura del 2011 fue tapado por la tormenta de noticias desatada con la muerte del Papá de la informática. Todos los diarios de papel o virtuales pusieron en su tapa la cara afilada y sonriente de Steve Jobs en el momento de presentar al mundo el iPhone 4, mientras que solo algunos, en un rincón disputado por los avisos comerciales, acomodaron una pequeña foto en que se ve a Tranströmer con su mano derecha, a modo de pata de pájaro, apoyada sobre el pecho. Fue como si el destino se empeñara en que el poeta, en el día más público de su vida, continuara siendo anónimo para la casi totalidad de la humanidad no escandinava.

Y, sin embargo, quizá era predecible que la Svenska Akademien iba a laurear al octogenario Tranströmer, quien desde hace un par de años aparecía en el top 10 de las apuestas de la frívola casa Ladbrokes. Por un lado, hacía quince años redondos que un poeta no recibía el premio mayor de las letras: desde 1996, cuando lo ganó la polaca Wislawa Szymborska (de hecho, ella sucedió a otro lírico, el irlandés Seamus Heaney, lo cual explicaría la larga digestión del comité Nobel). Aparte de eso, hacía toda una vida —por ejemplo, la de quien zurce estos párrafos— que los suecos no actualizaban un pecado que los ha puesto no pocas veces en el ojo del huracán: coronarse ellos mismos con los laureles; la última vez fue en 1974 y resultó escandalosa, pues los académicos le concedieron el premio a dos de sus compatriotas, Eyvind Johnson y Harry Martinson (de quienes, aunque poco o nada se conozca en América Latina, puede decirse sin temor a equivocarse que no merecían el premio tanto como Pär Lagerkvist o Selma Lagerlöf). Finalmente, la decrepitud y la enfermedad de Tranströmer pesaban más que los atributos de rozagantes candidatos como Bob Dylan, Adonis o Haruki Murakami: a la Svenska Academien no le disgusta la carne de cementerio, lo que quedó claro cuando, tres días antes del anuncio literario, otorgó el Nobel de Medicina a un difunto.

Como ha ocurrido desde hace más o menos una década —con excepción del reciente cuarto de hora de Mario Vargas Llosa—, esta vez también fue imposible surtirse en la librería de cabecera con alguno de los títulos del recién galardonado. Sus traducciones al español, al parecer, se cuentan con menos de la mitad de los dedos de una sola mano: el exclusivo sello Hiperión —tan odioso, por sus precios hiperbólicos, como Gadir y Adriana Hidalgo— publicó Para vivos y muertos en 1992, mientras que la editorial Nórdica Libros, no se sabe si por insinuación diabólica o inspiración angélica, justo el año pasado dio a luz la antología El cielo a medio hacer. Sin embargo, no hay mal que por bien no venga: la amenaza informática, del todo dispuesta a cambiar el papel con hongos por el Kindle con virus, ha proporcionado el mejor consuelo al lector que, desde el último 6 de octubre, sufre por saberse a la zaga de la actualidad literaria. Mientras las cajas de libros surcan el Atlántico, Internet ofrece una corta pero significativa muestra de la poesía de Tranströmer, psicólogo y pianista en sus ratos perdidos.

A juzgar por nuestra antología virtual, parece justificarse que al sueco le hayan concedido el Premio Nobel "porque a través de sus imágenes condensadas y translúcidas nos permite el acceso a la realidad", según explicó el secretario Peter Englund el día del anuncio. El poema "Tormenta" lo prueba sin posibilidad de réplica: en él se cuenta que un viajero, desde el cuarto en que intenta dormir, descubre que el sonido de la noche es lo mismo que "las constelaciones estampadas / sobre el roble". Ese delicioso absurdo —en el caso de que lo sea: uno oye la noche al mismo tiempo que cree verla— muestra, de entrada, la rancia y fina madera de que está hecho el árbol literario de Tranströmer: los eruditos llaman sinestesia a ese recurso, tan viejo como la poesía misma y, quizá, lo más convincente que ella ofrece. Hay un bonus track para esta lección en el poema "Noche-mañana": "El amanecer golpea y golpea / en las verjas de piedra gris del mar".

Ilustración Cristina Castagna

  

Con todo, el sueco también se mueve bien fuera de lo muy clásico, según se ve en su interés por un hecho insidiosamente moderno: manejar un carro. En "Nocturno", el poeta conduce a la vera de un pueblo y descubre lo muy extraño que resulta atravesar así, a altas horas de la noche y en una caja luminosa, el sueño de los demás; inmediatamente siente culpa, hasta creer que lo acusan las hojas de los árboles, y en casa tiene pesadillas. Después, en "Soledad", vemos que lo peor se ha hecho realidad: el mismo automóvil —si es otro no importa— ha patinado en la nieve y se ha ido contra un poste, mientras el poeta, atontado, cree ver que alguien se acerca entre la lluvia blanca para ver qué fue de él; entonces, siente que el mundo está superpoblado y es asfixiante: "Tengo que estar solo / diez minutos por la mañana / y diez minutos por la tarde. / Sin programación". Este último, quién podría dudarlo, es el poema obligado de todo psicólogo consecuente.

El pianista también asoma en la poesía de Tranströmer. En "Góndola fúnebre N.o 2", Liszt y Wagner viven —y mueren de frío— en Venecia; el primero, que por ser el más viejo es el más delirante o el más sabio, ve una góndola maligna y le nace componer una música pesada que anuncie las desgracias del futuro. El poema es largo y lento como —se imagina uno— sería esa música, y de una estrofa a otra brinca de la Italia de 1883 a la Lituania de 1990 para mostrar gente muriéndose en un hospital (así se da cuerpo a la profecía encerrada en la partitura de Liszt). En la última estrofa ya no hay músicos, góndolas ni salas de urgencias; apenas está el poeta, de regreso de las imágenes, entre cómicas y siniestras, de una pesadilla: "Soñé que llegaba tarde el primer día de clases. / Todos en el salón llevaban máscaras blancas / sobre el rostro. / Imposible decir quién era el maestro". Más allá de esto, es casi imposible leer otras cosas del maestro.

Es extraño que el premio literario más famoso en la historia de la humanidad deje, casi siempre, el mismo sabor que deja descubrir un árbol cuando los pocos frutos que le quedan —a simple vista suculentos— están muy altos. Siempre la misma condena de resignarse a que los tumbe un pájaro improbable o a que, después de muchos meses, madure la próxima generación de manzanas. El mismo Tranströmer, en "Apuntes de fuego", es quien sabe cómo se siente el lector obsesivo mientras dura la larga espera editorial: "Durante los meses tristes, estaba el alma desesperada y sin vida". UC