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Número 28 - Octubre de 2011  

Artículos
Desenmascarados
Imperio de la máscara

Eduardo Escobar. Ilustración Cachorro
Imperio de la máscara
Amparo Grisales
Yo me llamo Diana Uribe
Los detectives de Bolaño
El Santo
 

El Diablo fue graduado Padre de la mentira cuando la fábula semita le endilgó la responsabilidad del fraude de la manzana del Paraíso, y de paso condenó la humanidad al exilio en la dimensión temporal, a andar vestida como si el cuerpo fuera el aditamento impublicable de otra cosa por esclarecer. Y Lucifer, el ángel de luz por antonomasia, fue precipitado al abismo por el orgullo de su desobediencia, transformado en Príncipe de las Tinieblas, en metáfora de la belleza degradada. La belleza comporta si no anda con cuidado el riesgo de la vanagloria que la trivializa.

Una variación de la leyenda afirma que la infamia le vino de su negativa a postrarse ante el recién creado Adán. Lo cierto es que desde la Caída el macabro personaje se ocupa en afear la vida en la Tierra y en tender trampas en el camino de los hombres, carcomido por la envidia. La literatura le dio al orgullo un ave emblemática: el pavo real que cuando abre la cola muestra el culo. Y a la envidia el Leviatán, vibración que solo puede controlar el Altísimo.

Los mitos ofrecen claves valiosas para el esclarecimiento de los aspectos brumosos de la existencia. Fueron usados por los poetas y los pintores para avalar sus ficciones, por los sicoanalistas para ilustrar conjeturas y por los predicadores para redondear moralejas. El mito rebajó al protomártir de la libertad a mentiroso primero y luego a la condición de payaso de Dios. El payaso representa al Diablo en la alegoría del Universo que es el circo según me enseñó Alejandro Jodorowski. Y democratiza al bufón cortesano que con chascarrillos y paradojas ayudó a los nobles de antaño a entender las debilidades ocultas en las pompas del poder, y a relativizarlas. Por eso el demonio que pretende dominar por el terror es vencido por la risa. La risa lo avergüenza, descubre lo endeble de su pantomima, su condición de mera apariencia.

La Historia, en las vecindades del embuste, bordó siempre sobre tramas de engañifas desde cuando el Dios de Abraham y Jacob, dos mentirosos santificados, inventó la luz a un golpe de voz para revelar una Creación estrafalaria. Él diseñó los ocelos de las mariposas que espantan al búho, y desata perfumes engañosos en las vulvas multicolores de las flores para atraer con la simulación los insectos que las polinizan. La Venus carnívora atrae las moscas esparciendo remedos de sus efluvios sexuales y las digiere en una liturgia babosa sin remordimiento. Su deber es sobrevivir.

En los negocios y el amor que un poeta llamó deliciosa mentira la mendacidad está a la orden del día. Lo mismo que en la política, reino de las hueras promesas y que en la diplomacia, profesión ejercida por expertos en venias y zalemas de espinazos flexibles. Como ilusión involuntaria o disimulo malicioso la mentira adopta múltiples disfraces en su eterna maquinación.

Un amigo de Nabokov escribió que su obra de ficción está construida con incomparable perspicacia sobre el engaño, la crueldad, la mentira. Sobre todo Lolita, dijo, es el análisis de una tiranía. En Ada o el ardor su novela más ambiciosa Nabokov dice de unos amantes que sus primeras caricias francas y frenéticas fueron precedidas por un breve periodo de extrañas astucias y disimulos solapados. Disimulos solapados parece una redundancia en un escritor que cultivó la economía de la expresión, pero la duplicación resulta necesaria para enfatizar la situación. El malhechor enmascarado era Van pero Ada al tolerar sus aproximaciones aceptaba tácitamente su carácter escandaloso y hasta monstruoso, dice con socarronería.

Ilustración Cachorro

 

La mención del enmascarado completa el pensamiento. La máscara permite eludir las imposiciones de la cortesía y la moral. El enmascarado satisface sus inclinaciones secretas burlando los límites impuestos por la sociedad y lleva a cabo lo que jamás se hubiera atrevido a rostro abierto. Pero la verdad del rostro es relativa. El soy tuyo del novio de rodillas, empuñando un ramo de nomeolvides encubre las segundas intenciones de devorar la novia. Y el rito le impone a ella la ocultación de lo único que sabe: que fingiendo el sometimiento reinará sobre su amante. El lenguaje evidencia la naturaleza secreta del amor en las endechas que hablan de traiciones, asedios, y castillos rendidos.

Estas mujeres adorables que pavonean sus ondulantes siliconas por la calle, hechizos de peinadores, pestañas postizas, ojos bañados en colirio, sonrientes engañifas con los labios pintados, obligan a pensar que la verdad en bruto de la Eva primigenia llena de piojos se parece mucho a la bestialidad de la cual tratamos de escapar por subterfugios y timos mientras luchamos por un cielo fenecido que brilla sobre nuestras cabezas. Al final, quién sabe, como esos fugitivos que se ocultan en las ruinas o en las alcantarillas que las ciudades enmascaran, que solo asoman la cara las noches cuando falta la veleidosa luna, y que cuando al fin son hallados por la policía ponen cara de alivio, estaremos felices, alegres de regresar al silencio, a salvo de las ilusiones de la verdad y sus falsas preguntas, antes de revelar la última máscara de hueso.

Oscar Wilde dijo que el fin del mentiroso es dar placer, que la mentira es la base de toda civilización, que una cena sin un mentiroso aún en una casa ilustre resulta latosa. Wilde, un esteta, usó la mentira para construir una vida lamentable y brillante. E insistió en que la máscara es más elocuente que el rostro. Y que la Verdad se muestra inexorable con quienes le rinden culto. Heródoto por los infundios y las falsas apreciaciones de sus libros podría llamarse Padre de las Mentiras, según Wilde, pero ostenta el título de fundador de la Historia. UC