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Número 28 - Octubre de 2011  

Editorial
Elegir
Ilustración: @tdelgallego
 

Es una desgracia que el ambiente de nuestras ciudades, la salud de sus esquinas y la posibilidad de sus parques, el genio de los choferes, las expectativas de los pelaos, el miedo ambiente, dependa tanto de lo que pasa en los palacios municipales. Hasta dónde se ha devaluado la palabra palacio. Tal vez Budapest, París, Nueva York hayan desarrollado anticuerpos suficientes contra los desastres que durante cuatro años puede inventar, dejar pasar o concertar una burocracia torpe o malintencionada. Pero entre nosotros una decisión electoral puede marcar la diferencia entre la ciudad de mostrar y la ciudad de esconder. Aquí no hay esplendores sino precarios resplandores.

En los años 80, antes de la elección popular de alcaldes, Cali tuvo un pequeño apogeo que la puso en el pedestal urbano de nuestro país. Algunos alcaldes visitaban la capital del Valle para conocer el milagro de una ciudad obediente y feliz. No sé qué ogro vino después y luego otro y otro más y Cali todavía recuerda un pequeño descanso que logró entre 1992 y 1994, con Rodrigo Guerrero. Está cerca de elegirlo de nuevo para intentar olvidarse de una pesadilla que la ha llevado a pensar en su destino de ser por siempre la hermana mayor de Tumaco o Buenaventura. Puertos desbarajustados por las mafias interesadas en el poder político.

Bogotá fue durante comienzos de los noventa el adefesio de mostrar para los bucólicos que se reían desde los frailejones de La Calera. La ciudad era una apología de la neurosis y la Avenida Caracas demostraba que un laberinto se puede diseñar en línea recta. Llegaron Mockus y Peñalosa y la capital descubrió que se podía evitar el caos con algo de carreta para ciudadanos aburridos de hacerse zancadilla y algunos espacios que igualaran a sus habitantes por lo alto. Entonces los fotógrafos se dedicaron a los libros para elogiar a la metrópoli y se acuñó eso de 2.600 metros más cerca de las estrellas. Enrique y Antanas se dedicaron a las conferencias internacionales. Ahora Samuel Moreno está en la cárcel y los bogotanos por nacimiento y adopción no pueden escapar ni a Monserrate: el camino peatonal está en viacrucis desde hace tres años. Y es lógico que la autoestima de los lanudos esté por el suelo: no es fácil admitir que se dejaron timar por un político sonriente y tres hermanos costeños con ínfulas de cacaos.

Barranquilla ha tenido desde hace años una historia negra que cada invierno es arrastrada y confirmada por los arroyos. Eligió dos veces a un cura carismático y vulgar creyendo que se podía santificar el carnaval. Y es ejemplo de cómo se comercializan los votos: los mochileros son empadronadores que trabajan desde la inscripción. Venden el combo de Alcalde, Gobernador, Concejo, Asamblea y JAL a 240.000 barras. Todo se paga en rama. El 20% es para el "impulsador electoral". Pero un solo periodo les ha mostrado las mieles de una administración sorprendente. Barranquilla ha comenzado a ser referente y es muy posible que en manos de Elsa Noguera complete ocho años exitosos. Ya veremos los libros dorados de La Arenosa.

Ilustración: @tdelgallego

 

Durante ocho años Medellín ha visto crecer un aire ciudadano que no conocía. Dos administraciones desligadas de las camarillas políticas le dieron algo de audacia a las ideas públicas, algo de naturalidad al trato de los funcionarios y por momentos pudimos olvidar el triste formalismo de los burócratas que es perfecto en esconder la mediocridad. Por supuesto Medellín sacó sus libros para sacar pecho. Nunca será suficiente y siempre habrá reparos. Pero quedan muchos ejemplos para hacer comparaciones ominosas. La unidad deportiva de los suramericanos frente al muro de concreto y hierro forjado que se convirtió en baño y peligro público. El Norte, cerca a Moravia, que siempre fue una vergüenza convertido en un referente: Ruta N, Explora, Planetario renovado, jardín botánico para algo más que rastrojiar y un centro cultural para la gente del basurero, una especie de indemnización. Las bibliotecas de los barrios, convertidas en centros juveniles, ancianatos, chismosiaderos comunitarios y sitios de consulta, enfrentadas a un cascarón suntuoso construido encima de un edificio patrimonial. Pero dejemos la lista que pierde eficacia y cansa.

Tal vez lo más importante es que la ciudad, o por lo menos la mayoría de sus habitantes, sean capaces de reconocer la diferencia y de resistir la organización de nuestros mochileros y de evadir la intimidación de los pillos. Si no seremos tan vulnerables como Magangué, Yumbo o Puerto Gaitán. Y oiremos la risa de cuervos, la burla que nos prodigarán los bucólicos desde Santa Elena. UC