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Número 28 - Octubre de 2011  

Caído del zarzo
Para Uriel Ospina, muerto, y J. R., más vivo que nunca.
EL INMORTAL
Elkin Obregón S.
 

Nunca más fue visto, ni en la corte, ni en algún otro lugar de la tierrra (…) su cuerpo no fue a dar las márgenes de algún lago, o río o mar, ni fue encontrado colgado de una horca. Simplemente desapareció, como si nunca hubiera existido…).

Perdido en el bosque, me abrí paso entre juncos y cañabravas. Al fin divisé, en un claro del follaje, una pequeña casucha, de cuyo techo fluía un lánguido hilo de humo. Nada se oía. La puerta estaba entreabierta, y entré. Adentro encontré a un hombre, sentado en un tronco de madera. Su cráneo era completamente ralo, a excepción de cuatro mechones que se le enredaban en las enormes orejas peludas. El rostro estaba lleno de pústulas, y también el cuerpo, esquelético, cubierto por unos andrajos que alguna vez fueron ropas. Sus pies, desnudos, eran un mapa de callos, juanetes e hinchazones.

Con un gesto, el hombre me invitó a seguir. "Hace tanto que no veo a nadie", dijo. Guardé siencio, aunque algo en él me resultaba vagamente familiar. "Ya casi olvidé cómo me llamo, o me llamaba —calló un rato, y luego prosiguió, con un resto de voz—. Fui un malandrín, un ladrón, escapé de milagro varias veces a la horca. Pero también fui un goliardo, y ocupé más de una vez las bancas de La Sorbona… ¿Mis amigos? Asesinos, rateros, contrabandistas. ¡Y el vino, y las putas!... Un buen día me cansé de todo aquello, salí de la ciudad, recorrí aldeas, descampados, sin jamás ver el mar. Y heme aquí, en esta covacha, a donde llegué sin saber cómo ni cuándo…

Después enmudeció. Armado de un escudilla, no sé qué potaje bebía por su boca desdentada. Tras un largo silencio, que adiviné definitivo, musité algunas palabras, y me marché, en busca de alguna senda o camino real que me llevara a la carretera, y con ella a mi destino. El alba ponía aromas en los naranjos en flor. De pronto, recordé: Mais où sont les neiges d'antan?

 

CODA

La desazón que nos produce el oír hablar a un hombre de verdad sabio (o incluso el leerlo), es que intuimos que no es feliz. La felicidad es otra cosa, un poco más burda, una especie de consuelo espurio.UC