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Número 23 - Mayo de 2011   

Artículos
Paz, ni en su tumba
Guillermo Cardona. Ilustración www.coste.me
 

Ilustración www.coste.meLa muerte (o el frío asesinato) de Osama Bin Laden en Pakistán y la posterior desaparición del cadáver, traen a cuento en Colombia los casos de Víctor Julio Suárez Rojas (a. Mono Jojoy) Luis Edgar Devia (a. Raúl Reyes), y mucho tiempo atrás, sin querer meter a todos estos personajes en el mismo costal pero sí en la misma larga y cruenta guerra, el de Camilo Torres, el cura guerrillero.

En cuanto al temible Mono Jojoy, luego de morir en un bombardeo en el Meta en septiembre del 2010, su cuerpo fue a parar a un cementerio del sur de Bogotá (Jardines del Apogeo, se llama), contrariando el deseo de la familia que quería darle sepultura en Cabrera, Cundinamarca, su pueblo natal. Mañas de un juez, que en lugar de la Constitución y la ley, interpretó el sentir del presidente Santos.

Algo un poco más truculento ocurrió con Raúl Reyes, que cayó en 2008 en un bombardeo del Ejército de Colombia en Sucumbíos, Ecuador, y de cuyo cadáver el gobierno de Uribe no quiso dar cuenta sino, al parecer, a una familiar a quien, dicen, se le informó el lugar donde descansan (y dejan descansar), los restos del llamado canciller de las Farc.

No es mi intención establecer ningún paralelo, pero con Camilo Torres pasó algo más o menos parecido. Sin terminar de colgar los hábitos y antes de que pudiera “recuperar” el fusil para entrar a su primer combate, el cura guerrillero ya estaba muerto y el gobierno de Guillermo León Valencia se negó a revelar el lugar donde fue sepultado por la tropa. El operativo, que se presentó en Patio Cemento (San Vicente de Chucurí) en 1966, lo dirigió el entonces coronel Álvaro Valencia Tovar, quien asegura que le informó a un hermano de Camilo dónde estaba el cuerpo; varios años después se lo entregó, y el hermano, dice el general Valencia, se llevó sus restos no se sabe a dónde. Y como el mencionado hermano ya se murió (esperemos que al menos de él sí se sepa dónde está enterrado), el paradero del cuerpo de Camilo sigue y al parecer seguirá envuelto en el misterio.

Llama la atención en estos casos que el expreso temor de los gobernantes respectivos sea que, si se entrega el cadáver a la familia y se le sepulta a la vista del público, el caído se va a convertir automáticamente en un héroe. La lógica carece de sentido, pues ¿no se vuelve más fácilmente héroe el combatiente cuyo cadáver queda en manos del enemigo? Su cuerpo desaparecido es símbolo de grandeza, por pequeño que sea el personaje, al menos más que unos simples restos mortales que, salvo casos excepcionales, siempre terminan sepultados por el olvido.

En fin, los intríngulis estratégicos de las guerras asimétricas son tan inciertos que se confunden justicia y venganza. En cuanto a los resultados positivos para la confrontación están por verse, pues si bien en la guerra no convencional las diferencias en armas, tecnología, poder de fuego, dinero y digamos hasta en legitimidad de las partes son abismales, la fracción más pequeña, caiga quien caiga, queda en capacidad de seguir haciendo daño.

Entre tantas confluencias, el contraste en el caso de Bin Laden y de los guerrilleros colombianos, es decir, entre Barack Hussein Obama II y Valencia, Uribe y Juan Manuel Santos, es que ninguno de nuestros mandatarios ha recibido el Premio Nobel de la Paz. UC