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Número 23 - Mayo de 2011   

Artículos
Historia de los cafés en Medellín (segunda entrega)
Rafael Ortiz. Ilustración Lyda Estrada
 

A principios de los años veinte, ya Medellín era una población de cafés, de muchos tipos de cafés, pues no eran lo mismo los del centro que los de los barrios, y en el mismo centro existían variedades. Los de Lovaina y Guayaquil sí que eran distintos.

Ilustración Lyda EstradaDe día, los cafés de los barrios vendían normalmente algunos alimentos ya hechos, acompañados de café con leche, chocolate o gaseosa, y por la noche atendían el consumo de licores y tinto de los señores, antes o después de la comida, hasta las diez de la noche, cuando era obligatorio apagar el piano (que después fue rocola). Los fines de semana la vida en estos establecimientos cambiaba. Los sábados llegaban los muchachos desde temprano en la tarde, una o una y media, a tomar para luego marchar a los distintos barrios de prostitución —Lovaina, Guayaquil, Tierrabaja, etc.—. Cuando se iban, entraban los obreros y empleados, y en general quienes trabajaban hasta después de las tres de la tarde, y armaban fiestas y algazaras hasta altas horas de la noche y la madrugada.
 

Los domingos el movimiento de los cafés tenía dos fases: En la primera, la gente que salía de misa entraba a tomar cerveza o a comer mecato y prolongaba su permanencia hasta la hora de almorzar. La segunda correspondía a quienes salían por la tarde a buscar cómo calmar el guayabo causado por la parranda de la víspera, obtenida generalmente gorriando a los amigos o fiando hasta el próximo pago.

Bastante diferentes eran los cafés con billar, que a su vez eran distintos a las salas de billar, aunque con el tiempo ambos acabaron siendo lo mismo. Quizá la diferencia radicaba simplemente en que los cafés con billar eran los preferidos de los estudiantes, que solo jugaban a ratos (eso sí, los sábados y domingos, todo el día).

Al lado de estos cafés había otra variedad, mitad comedero rápido, mitad bar y con billar para algunos clientes que preferían jugar sin mirones. Era un local pequeño pero acogedor, con máximo cuatro mesas y eventualmente con piano. Los alimentos que se vendían eran de fácil manejo y se combinaban perfectamente con las gaseosas, cervezas y licores, que no faltaban: papas rellenas, papas, yucas y carne sudadas, plátanos maduros sudados o calados, tamales, chorizos, rellena y a veces arroz. En algunos también servían desayuno: huevos revueltos, pan, bizcochos y chocolate o perico.

Los cafés de Guayaquil funcionaba normalmente de cinco de la mañana hasta las doce de la noche y estaba dividido en tres partes: adelante, un salón donde se prestaban todos los servicios de café propiamente dicho, seguido de un espacio constituido por el mostrador o barra, la cocina y los servicios sanitarios, y de allí para atrás los cuartuchos o reservados, separados por delgados canceles, casi siempre con una mesa y dos sofás, uno a cada lado, que prácticamente se convertían en camas; en la mitad de la mesa una lámpara miserable, tipo cocuyo —alumbraba más la cusca de una vieja que fumara con la brasa entre la boca—, y en la pared un foco común y corriente, que cuando se veía encendido indicaba que el reservado estaba desocupado. Por lo general las parejas preferían la iluminación de cocuyo, la de foco en la pared era preferida por los tahúres profesionales para limpiarle el bolsillo a su clientela. En todas las mesas, incluidas las de los reservados, había una campana, desplazada cuando se generalizaron los timbres eléctricos. De lo que pasaba en el reservado, a pesar de que todo el mundo se enteraba, nadie comentaba; su uso, según para lo que fuera, aumentaba la tarifa básica y el precio de los servicios. Además de los mencionados cubículos, algunos cafés ofrecían servicios de boletería para toros, fútbol y circos, y de apuestas para las carreras de caballos y los partidos de fútbol.

El típico café guayaquileño era ante todo vistoso, lleno de afiches, decorado las más de las veces de acuerdo con el tipo de música que sonaba en su piano, aparato infaltable en todo café, así hubiera orquesta o conjunto musical. Era un aparato costoso que los dueños procuraban defender con una poderosa caparazón hecha con barras de hierro que de alguna manera remedaban su forma; por entre ese enrejado formidable asomaba toda la belleza del aparato de colores, en cuyo interior había un conjunto de luces y algunas piezas que giraban una veces con el calor de las luces, otras por medio de un pequeño motor que las accionaba. El resultado final era un conjunto caleidoscópico de luces, colores y formas en movimiento, que daba un extraño atractivo al interior del establecimiento por las noches, cuando la iluminación era escasa y los reflejos cambiantes creaban en la realidad figuras fantásticas, que con la ayuda de los tragos se volvían mas fantasiosas y que a todo daban un aire espectacular.

Las mesas eran de las más robustas que se vendían en el mercado, con patas de hierro macizo y tapa del mismo metal, para evitar de esa manera que pudieran ser manejadas muy fácilmente por los hercúleos clientes que allí se congregaban cuando se armaban las grandes batallas de borrachos y se agotaban las botellas y demás objetos menudos para tirar, y trataban de hacerlo con los muebles.

La atención del café estaba encomendada única y exclusivamente a las mujeres, las cuales servían de anzuelo a la clientela ruda y sexualmente hiperactiva que los frecuentaba. Decía un amigo criado y curtido en esos cafés: “Tenían saloneras muy bonitas, y uno como hombre y todos los hombres que entraban a un café, pues siempre mirábamos a las saloneras y uno era atraído por ellas pues una salonera buena moza no se le puede quitar a ningún hombre que la mire, así ella tenga ‘amigos’ o marido, pero tiene uno que deleitar el ojo, así no les parezca”.

Imposible encontrar un café en ese sector donde no se vendieran los más grasosos y fuertes comistrajos. Allí se consumían en cantidades increíbles el famoso chorizo antioqueño, alias “no me olvides”, el chicharrón frito a primera fritura, o mejor dicho sofreído, de modo que conservara abundante grasa; las famosas chuletas guayaquileñas también muy apetitosas y todo abundante en grasa. Cuánto se consumían tamales, rellena, papas rellenas y muchas otras especialidades, pero estas no llamaban tanto la atención como aquellas, debido principalmente a los efectos desintoxicantes que tenían las altamente grasosas.

En estos cafés a veces había una pequeña pista de baile, pero tal vez no pasaban de tres los que tenían especial atractivo por esta circunstancia. El que servía de imán a los bailarines de toda la ciudad era el Café Tropical, que se preciaba de tener catorce puertas.

En este café se organizaban los campeonatos de baile según las distintas modalidades de la época: tango, fox trot, bolero, etc. Había domingos cuando llegaban los más afamados bailarines de los barrios a dirimir supremacía con sus pares, y la cosa era de coger tribuna. Nadie se dejaba vencer, y al fin, para evitar injusticias que provocaran hechos mayores, se declaraba empatado el concurso.

En la sola calle San Juan los principales cafés que existieron, con peligro de alguna omisión, fueron:

Cafes

Estos establecimientos fueron los más famosos, los más grandes, donde los hombres muchas veces pasaban la noche bebiendo abundantemente, para luego, tras tomar un baño improvisado ,salir a trabajar en mecánica, en las cómodas de la plaza de mercado, como coteros, en fin, en toda esa formidable gama de trabajos con que Guayaquil engrandecía a sus hijos, esposos y adoradores.

En contraste con estos establecimientos existían los cafés de Lovaina, El Fundungo, Venecia, La Toma, Las Palmas, etc, típicos de zona de prostitución. Todos ellos vendían licor y eran utilizados para hacer contacto con sus pupilas o con las muchachas de las casas que estaban mal. Ellas salían al rebusque de clientes y entre baile y baile los entusiasmaban y… nuevamente regresaban a la casa donde había un salón o al comedor, incluso en un patio cubierto con vidrios con un café y los mismos servicios de los accesos directo desde las calles, solo que la alcoba a mano y manejado por un marica que no toleraba ni cantinazo ni conejo.

Fuera de estos cafés, estaban los que podríamos llamar la élite, no por discriminación racial sino por la calidad del servicio. Los dos mejores exponentes fueron el Café Londres y el Mora Café.

Antiguamente los cafés, al menos los más importantes, tenían, fuera del salón comunitario donde se atendía la clientela, un servicio de baños públicos con muy buena demanda debido al hecho de que disponían permanentemente de agua fría y caliente, siendo esta última bastante escasa en las casas de familia, aunque tuvieran la famosa tina del fogón de reverbero, dado el número de hijos y parientes que vivían en la misma. A causa de ello, el agua caliente se terminaba rápido, y normalmente el padre y los hijos mayores se bañaban en los cafés cuando no querían esperar hasta la hora del almuerzo.

Estos establecimientos suministraban todo en calidades óptimas, por ello, en los baños se encontraban las toallas lavadas, planchadas, aromatizadas y precintadas con una garantía de perfecto aseo y limpieza. Los asientos eran muebles de Viena y las mesas tenían sus tapas en mármol y ciertos licores se vendían en copas de cristal, el brandy por ejemplo. Los servicios fueron atendidos por meseros hasta su desaparición, la cual coincidió con la generalización de las meseras en todos los cafés de bohemia, siendo muy contados aquellos en que sobrevivió tal costumbre. Claro que las meseras no dejan de dar un encanto especial al servicio… aunque cuando tienen el amigo al pie el servicio se va al traste.

Tal vez el primer café del centro que dio las pautas para los cafés importantes fue La Viña. UC