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Número 23 - Mayo de 2011   

Artículos
Defensa inútil de Gabriel García Márquez
Orlando Arroyave Álvarez. Ilustración Verónica Velásquez
 

El último libro de Gabriel García Márquez es una recopilación de discursos viejos, con un retintín de loro mojado insinuado en la misma carátula. Se dice, además, que el escritor de Aracataca anda a los tumbos en la nube espesa de sus 84 años. Uno de sus lectores, con olfato un tanto siniestro pero innegable devoción, ofrece esta suerte de obituario anticipado.

 

 

Se le alaba
   cualquier creación,
   como si García Márquez
   fuera una fábrica
   de obras insuperables.
   Pero también
   se le conmina
   al silencio.

Ilustración Verónica Velásquez

Guionista, maestro y poeta

Es un lastre el talento, la gloria literaria de Gabriel García Márquez. La literatura colombiana de las últimas décadas se construyó contra él: era campo minado, referente evitado, una sombra espantada en cada página. Detuvo, si se quiere, la imaginación de la literatura colombiana: cualquier eco fantástico (que algunos nombran, con la imprecisión de lo que nombran, como “mágico”) era percibido como plagio, y había en ese rechazo un horror con rostro de sacrilegio: sólo un Dios podía regentar tanto prodigio.

El prestigio de Gabriel García Márquez proviene de la promesa casi inadmisible de que se trata de un clásico. Imposible apostar a ese augurio precoz, pero él es la expresión que más se asemeja con lo que entendemos por “clásico”: referente local y mundial que ha sobrevivido como memoria por varias generaciones, y produce placer e inspiración a lectores y creadores. El clásico se funde con el habla cotidiana y con la cultura toda. Si nos declaráramos románticos, tendríamos que proponer que esa obra refleja varios tiempos —y aún culturas— en un solo espíritu. “Clásico” se le ha dicho a mansalva a otros escritores, como Anatole France.

Cuando se dio la fama de Cien años de soledad, se la emparentó con El Quijote y a su autor con Cervantes. Una desmesura. Pasolini fue más allá: llamó “impostor” a García Márquez. Ya en los años sesenta, el italiano percibía en Cien años de soledad “el ridículo” de que se tratara de una obra maestra; afirmaba que era “la novela de un escenógrafo o de un utilero, escrita con gran vitalidad y profusión del tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para uso de alguna gran casa cinematográfica norteamericana (si todavía existiesen) […] Los personajes son todos unos mecanismos inventados —en ocasiones con espléndida habilidad— por un guionista: poseen todos los tics demagógicos destinados al éxito espectacular”.

Gabriel García Márquez puede ser ese guionista con guiños populacheros que aspira a una superproducción, mas, para su desgracia, un escritor de guiones imposibles, esto es, sin posibilidad de hacerse cine. Después de El otoño del patriarca fue más explícita esa búsqueda imposible de guión cinematográfico; uno de sus libros puede leerse radicalmente como tal, con pretensiones de reportaje novelado: Crónica de una muerte anunciada. Las generaciones de escritores colombianos, posteriores a los grandes éxitos mundiales de Gabriel García Márquez, aprendieron de la ambición secreta de este escritor: que sus novelas tuvieran su espejo en una versión cinematográfica (o al menos en una telenovela).

También cabe conjeturar que García Márquez es algo más que un guionista de películas posibles o improbables. La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, algunos de sus cuentos, sus primeras crónicas periodísticas, El otoño del Patriarca —su mejor novela, sin descontar su falso empaque de sueño o pasadilla con aire de decorado—, El amor en los tiempos del cólera y su libro de recuerdos suelen ser aquilatados como “obras maestras” (si es que esta expresión puede sobreponerse a la industria cultural, que padece cada temporada de un legión de obras maestras, recién estrenadas, en su catálogo de novedades de verano o invierno en los países de estaciones, o en la temporada de ferias del libro en el trópico).

Tras estos libros de turbias pretensiones de guionista-novelista, cabe añadir otra confusa conjetura: se soñó poeta. O con más precisión, un escritor con ambiciones de artista; aunque hubo de resignarse a una poética de la imaginación esperpéntica y surrealista del contador de historias de estas tierras caribeñas. Se soñó Faulkner o Woolf, pero se resignó a la estirpe de Scherezada, con su imaginación adobada de trópico.

Se tropezó, a disgusto, con una poesía de oropel, de poeta confiando demasiado, casi con fervor, en los adjetivos que se resignaban a empollar prodigios. Antonio Caballero reprocha esa, en apariencia, virtud de García Márquez: “pájaro preso en una jaula de oro. […] [que se convirtió] en una reja manierista”. En sus últimas obras (exceptuando algunas páginas de El amor en los tiempos del cólera) busca escapar de la reja, diseñando frases sin adornos para ofrecer una poesía sin barroquismo y con un cierto vaho poético. Con el tiempo, del lirismo sin frenos, con pretensiones surrealistas —como aquellos enredijos sin resuello de desmesura maravillosa, propios de El Otoño del patriarca— pasó a una concisión narrativa casi famélica.
 

Las orejas afiladas del político

Siempre han asomado, entre páginas y declaraciones de García Márquez, las orejas del “escritor social” (expresión un tanto hiperbólica o eufemística que se puede reemplazar por “político”). Se ha pronunciado contra las “tiranías de derecha”, ha suscrito las revoluciones de Cuba o Centro América en los años de tiranías y de utopías socialistas… Sin embargo, su pasión fue la política local colombiana.

A lo largo de sus más de cuarenta años de hombre público con olor a clásico, el efecto político de García Márquez siempre fue importante para Colombia. Todos los políticos, unos más (Belisario), otros menos (Samper, Uribe, Pastrana) —exceptuando a Turbay, quien lo envió al exilio con su anticomunista y criminal Estatuto de Seguridad—, sabían que había que invitar a Gabo a Palacio; a una sede política, a una comisión de sabios, o darle un saludo en los discursos presidenciales, siempre tan inútiles. Ningún presidente colombiano podía quedarse sin una foto con él. Gabo parecía corresponder a esos requerimientos con entusiasmo. En 1971 hizo una confesión: “Leo prácticamente nada. Ya no me interesa. Leo reportajes y memorias, la vida de los hombres que han tenido poder; memorias y confidencias de secretarios, aunque sean falsas”.

Su función como escritor político consistió, en parte, en caminar como compañero de ruta de los pobres del mundo y en particular de los de América Latina (esa “patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas”, como exclamaba con un tanto de imprecisión hiperbólica al recibir el Premio Nobel), lo que en síntesis es un lirismo sociológico de difusos vitalismos independistas, un tanto barroco, propio de la “Guerra Fría”. Dijo: “La violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad”.

Un escritor social con pocas luces como pensador político, podría glosarse como moraleja luego de leerlo con admiración. Incluso se le ha reprochado ser un idiota, como si fuera propagandista involuntario de sus taras. Eso vocifera Efraim Medina, el más lenguaraz de los escritores de su generación: “El hombre, no el escritor, es un idiota y no hay que poner mucha atención a lo que dice un idiota. […] Así como García Márquez ha enriquecido el mundo con sus narraciones lo ha empobrecido con su presencia. Su literatura es buena pero carece de pensamiento, ¿cuál es el pensamiento garciamarquiano? Ninguno. Cada vez que abre la boca nos avergüenza. Creo que en su caso la única razón para quererlo que tendrían sus amigos es sus libros ya que como persona ha demostrado ser un pequeño y mezquino adorador de dictadores, alguien que babea por cualquier cosa que huela a poder, así sea un podercito sucio y barato”. Medina puede entonar el poema de Hördelin (“Odio profundamente la turba de los grandes señores y de los sacerdotes, pero más odio al genio que se compromete con ellos”), pero ya nos resignamos a que ese idiota se erija en el Escritor Nacional Colombiano.

El marketing de un creador

Ha triunfado Gabriel García Márquez. Un nombre. En el imaginario promedio de los colombianos, es un escritor garantizado. Poco o nada importa que a sus obras se les notaran los decorados, los apuros del escenógrafo; los adjetivos que no querían empollar más prodigios. La fama suele, casi en forma inexorable, matar al gran autor. Lo mata el apremio de complacer a sus admiradores, la “atroz adulación al amo” que reprochara Pasolini.

Se le alaba cualquier creación, como si García Márquez fuera una fábrica de obras insuperables. Pero también se le conmina al silencio. Algunos, aún los menos lúcidos —que hacen legión en Colombia—, exigen con furia su silencio. Los más ufanos lo quieren llevar, como a un párvulo, a una clase magistral de primeras letras. “Gabo no sabe escribir”, “Un escritor de imperfecciones que triunfa”, claman los principitos y sastrecillos de las letras colombianas. Para comprobarlo se hacen antologías y torneos nacionales para descubrir el “error gramatical” de “nuestro premio Nobel”. Los gazaperos, esos buitres gramaticales, siempre estarán muy alimentados por las páginas de García Márquez. Otros, para demeritarlo, afirman que este escritor debe su gloria a sus traductores (como Maupassant o Dostoievski): mal escritor socorrido por las traducciones.

Pero los escritores se han resignado a no ser el mejor cuentista, el mejor novelista y uno de los mejores cronistas de Colombia; los lugares ya se encuentran ocupados: García Márquez está en el top. Es difícil ser generoso con lo que nos sobrepasa en nuestro oficio, pero el prestigio de la literatura colombiana —si tiene alguno— se lo debemos casi por entero a él. Nadie —ni los secretos mejor guardados, ni los escritores sin candado— lo ha superado en tres hazañas: ventas, “obras maestras” y prestigio.

“Esa luz puesta al aire que es un hombre”, como escribiera Quevedo y que somos todos, en Gabriel García Márquez es un poder cultural; un poder que en sí mismo es ya una gloria, en un país cuya única gloria es la guerra. Después de un largo regateo (Isaac, Rivera, Silva, Porfirio Barba, Carrasquilla, Espinosa) nos resignamos a que un “subversivo” —como lo llamaba la derecha colombiana en los 70— y, por añadidura, una de las mascotas más ilustres “del país positivo en el exterior”, fuera nuestro Escritor Nacional. El más importante acontecimiento cultural de Colombia en su vacilante vida republicana. UC