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Número 20 - Febrero de 2011   

Otros centros

Barranquilla vuelve a mirar al centro
Joaquín Mattos Omar. Imágenes Fotomaratón Barranquilla.

 

Imagen Fotomaratón Barranquilla

 

En la cornisa de uno de los muros laterales del teatro Rex ha brotado una humilde planta silvestre que incluso se ha permitido ataviarse de algunas florecitas amarillas. El muro, de color beige, se encuentra además salpicado de varias manchas negras causadas por el hollín de la contaminación atmosférica, y las ventanas que se abren en él se muestran rotas y desportilladas.

Este estado de deterioro del teatro Rex ––que, con su seductor estilo art déco, fue uno de los más espléndidos de la ciudad y que, después de 75 años de funciones diarias, cerró definitivamente sus puertas a mediados de 2010, para pasar a ser esa cosa triste que es ahora, un parqueadero de carros y motocicletas–– representa una de las facetas del centro histórico de Barranquilla, la que podríamos denominar “la llamada del pasado”.

La descomposición física, el desgaste, los signos de la ruina, pueden observarse también, en mayor o menor grado, pero sin lograr ocultar nunca la antigua grandeza y esplendor arquitectónicos, en numerosas otras edificaciones de este sector de la ciudad, cuyos orígenes se remontan a los de la ciudad misma, por allá por el siglo XVII, y que fue declarado en 1999 Bien de Interés Cultural de la Nación por parte del Ministerio de Cultura.

A veces, ello da lugar a parajes y escenas dotados de cierto misterio y evocación. Así, descendiendo por la avenida Líbano (carrera 45), que es la vía donde se levanta el teatro Rex, uno se topa dos cuadras abajo con un edificio republicano que forma una esquina en la acera este de la calle San Blas (calle 35), y que se prolonga casi hasta la mitad de ésta. El inmueble, cuya fachada está decorada con múltiples figuras en alto relieve, se halla deshabitado, salvo por un pequeño local abierto en la planta baja donde se provee de café tinto a quienes venden esta bebida de manera ambulante. Ampliamente sombreado por un almendro alto y coposo, sus inquilinos son ahora una colonia de palomas, que entran y salen por sus balcones de balaústres percudidos, carcomidos y agrietados. De pronto, aparece un gallinazo negro que se posa sobre la baranda de uno de los balcones. Un transeúnte comenta que el ave rapaz llega allí en busca de los pichones de la palomas.

 

La nostalgia

Pero “la llamada del pasado” tiene otra manifestación en el centro de Barranquilla: la nostalgia. Esa nostalgia resulta evidente, por ejemplo, en sus viejos bares, dispersos en varios puntos de su geografía. Su decorado suele ser viejo y modesto; su ambiente, lúgubre o crepuscular; sus meseras, muy humildes; y sus tocadiscos muelen antiguos lamentos en tiempos de bolero, ranchera, vallenato o tango. No es infrecuente ver allí hombres de aspecto ruin o respetable compartiendo tragos con prostitutas menesterosas.

La nostalgia también envuelve como un halo las ventas callejeras de discos de vinilo: allí se escuchan las canciones sesenteras de Richie Ray and Bobby Cruz, de la Billo’s Caracas Boys, de Alejandro Durán y de Enrique Guzmán; allí se ven las manoseadas carátulas que muestran artistas de pelo engominado y negros bigotes pulidos.

La nostalgia toma asimismo la forma de hombres canosos y arrugados que, ociosamente, suelen merodear por sus calles o descansar en sus parquecitos o permanecer como absortos espectadores de partidas de dominó o de billar.

La nostalgia es la marca de los puestecitos de los “contadores públicos titulados” que, instalados en los andenes y reducidos a una escueta mesita, un banco de madera o de plástico y una añosa máquina de escribir, ofrecen a la clientela la elaboración de una variada gama de documentos: declaraciones de renta, certificados, contratos de arrendamiento, balances, volantes de pago, etc. El tecleo, por momentos insistente, de estas oficinitas a cielo abierto se escucha particularmente en los alrededores del Centro Cívico. En una de ellas, fijado en un costado de la mesa, puede leerse este letrero: “No me preocupo por nada. Estoy con Dios”.

 

Su lado arrabalero

Pero las señales de deterioro no sólo se descubren en el paisaje físico del centro: en el humano también. En tal sentido, hay dos sectores especialmente críticos. Uno es el de los alrededores del barrio Barlovento. Situado a orillas del caño Los Tramposos, un brazo del río Magdalena cuyas aguas estancadas y oscuras despiden un olor mefítico, este barrio deprimido, pese a que ha sido objeto de una notable rehabilitación social durante el último decenio, sigue siendo un foco de microtráfico y consumo de drogas ilegales, de modo que en sus inmediaciones, en los márgenes de la industrial vía Cuarenta, existen parches habituales de vagabundos que fuman bazuco a sol y sombra.

El otro es la llamada Zona Cachacal, sector más deprimido aún que el anterior y que comprende los alrededores de la avenida de Los Estudiantes (carrera 38), entre el Paseo Bolívar y la calle de Las Vacas; lo que allí se ofrece a la vista es alucinante: dos de sus calles ––la calle 32 entre carreras 37 y 38, y la calle 33 entre carreras 38 y 39–– están literalmente invadidas por una horda de yonquis famélicos y demacrados que fuman bazuco, aspiran pegante y beben licores baratos (aperitivos), en medio de charcos, carretillas y pilas de basura, al tiempo que algunos forman pequeños grupos que apuestan a los dados. Estas dos calles parecen haber sido declaradas zonas francas para el consumo de drogas prohibidas. 

Imagen Fotomaratón Barranquilla

 

La llamada del futuro

Desde hace poco más de una década, sin embargo, y en particular desde la implementación del Plan Especial de Protección del Centro Histórico de Barranquilla por parte de la Alcaldía distrital en 2005, el viejo corazón de la capital del Atlántico ha visto poner en marcha su proceso de rescate y revitalización. Es lo que podríamos denominar “la llamada del futuro”. Su inmobiliario patrimonial está siendo poco a poco rehabilitado. Un claro antecedente crucial de este proceso fue la restauración, en 1994, del palacio republicano de la antigua Administración de la Aduana, construido en 1921 por el presidente Marco Fidel Suárez.

A esta obra de recuperación, se han agregado la remodelación del emblemático Paseo Bolívar y la restauración de la iglesia y la plaza de San Nicolás (ésta fue la primera catedral de la ciudad). Otras edificaciones patrimoniales han sido restauradas por empresarios privados, que les han dado nuevamente vida como centros comerciales. En general, el centro vive una etapa de febril renacimiento comercial.

Otro gran proyecto de construcción totalmente nuevo, y de gran impacto urbanístico y cultural, es el Parque Cultural del Caribe, que opera desde 2009 a escasos metros del barrio Barlovento. Esta edificación, cuyo eje central es el innovador Museo del Caribe, cuenta con una plazoleta para la realización de eventos y espectáculos culturales, y, en el futuro próximo, albergará al Museo de Arte Moderno de Barranquilla y a la Cinemateca del Caribe.

Esta segunda oportunidad que se le está dando al centro de Barranquilla ha provocado en la ciudadanía una oleada de interés hacia él. Muestra de ella es el certamen artístico denominado Fotomaratón, que desde hace cinco años organiza la Fundación Mira al Centro y en el que una jauría de fotógrafos en su mayoría jóvenes se lanza durante un día a despedazar en cientos de imágenes congeladas este entrañable territorio urbano, así como la serie igualmente fotográfica El centro de mis sueños, de la artista Vivian Saad.

De modo que en pleno Paseo Bolívar, el activo y frenético centro comercial Calle Real, donde una multitud de personas se apretujan para comprar mercancías venidas de todas las esquinas del mundo, y cuya remozada fachada art déco de tonos azules hace un lindo juego con el cielo límpido y radiante, bien puede condensar lo que es hoy por hoy el centro de Barranquilla. Pero también puede hacerlo esa señora mayor que empuja una carretilla con un carga de yuca por la avenida Líbano y que, al detenerse ante la luz roja del semáforo, fija por un momento, sólo por un momento, una mirada abismada, ida, con un vago fondo de tristeza, en quién sabe qué punto de su alma, de su vida o de su muerte.