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Número 20 - Febrero de 2011   

Artículos
El espacio y la memoria
  La poesía es territorio libre, un paradójico coto de caza donde pueden convivir sin arrumarse Cavafis, Gómez Jattin, Sor Juana Inés de la Cruz, Víctor Gaviria. Estos poemas, pergeñados por un sacerdote de los de antes son una muestra de la democrática vocación de la poesía, donde hasta Dios existe. Guillermo Vásquez fue guardían de libros en nuestra edición anterior y ahora es autor. Habrá quienes guarden sus 62 páginas.
     

Hace mucho tiempo le leí a Luis Alberto Álvarez algunos de estos “maldestros” versos. Estaban presentes Elkin Obregón, Luis Fernando Calderón, Víctor Gaviria y no recuerdo quienes más. Era noche de tertulia en la casa de Villa con San Juan. Los padrecitos recibíamos a nuestras amistades, y esa noche habían llegado los dichos. La noche perfumada podía extenderse por horas y horas; me tocaría madrugar a celebrar la misa de las Adoratrices, en el colegio y convento vecino al que fue seminario menor y ahora es el batallón Bomboná, en Medellín, por supuesto. Por eso me acosté temprano, antes de que los contertulios se fueran, total ya era muy tarde. Mientras se iban y se despedían, oí que Luis Alberto insistía en decirles que mi poesía era críptica, que necesitaba una clave para descifrarla. Aquí se la estoy dando. Un tiempo fueron a la casa de Villa con San Juan las judías, dos amigas: Lía Master y Telly Fleisacher, que nos enseñaban a cocinar mientras los muchachos suspiraban.

A veces ellas nos recibían emparedados de jamón con queso y sonriendo, nos decían, que las hacíamos faltar a la Ley, doblemente. Llegó el tiempo del cine, con un proyector de 16 mm. que cambiamos por un antiguo y viejoproyector que nos regaló, el P. Marco Tulio Gómez, ¡el proyector del teatro de Riosucio en el Chocó!, a orillas del Atrato. Hicimos el cambio con un italoargentino que hacía cine y que nos multiplicaba las filminas de los audiovisuales de COMPAS. El teatro se armaba en el patio, al aire libre, entre las macetas, con los perros y la gata a los pies; se acondicionaban todos los butacos, las sillas, los cojines de la casa, se mezclaban seminaristas con jóvenes estudiantes de medicina o derecho, o ingeniería, o los que estudiaban técnicas agropecuarias. Las muchachas cuchicheaban, se reían, y después participaban con gusto y energía en la larga tertulia para comentar la película.

Algunas pocas veces veíamos hasta dos películas seguidas y nos despedíamos después de media noche.

A Luis Alberto le prestaban en el Colombo Alemán las películas de Internaciones, empresa difusora del cine de la entonces República Federal de Alemania. Todo el nuevo cine alemán y la síntesis para mí era Fassbinder: Las lágrimas de Verónika Voss; Berlin Alexander Platz, para la TV alemana. Fassbinder, el único Almodóvar que Luis Alberto toleraba.

Una anécdota perfecta: Víctor les decía a los niños ciegos, con quienes filmó Buscando tréboles: “¡No vayan a mirar a la cámara!” Luis Alberto escribía la “Página de Cine” en El Colombiano y a veces la ilustraba Alberto Sierra, el esposo de Flor María Bouhot. Ella, que lo adoraba, le hizo a Luis Alberto el único retrato suyo.

Antes de Villa con San Juan habían sido Madrid, París, Roma, Nápoles, Venecia, Londres, Sheffi eld…

Poblada la soledad con los personajes de las pinturas o esculturas en los museos, personajes que me eran viejos conocidos, como en las fotos, y ahora veía en carne y hueso.

La fraternidad del Claretianum: el griego, el hebreo, los jeroglíficos egipcios, el arameo targúmico del Pontificio Instituto Bíblico De Urbe. Aprender a amar la belleza de Herodes el Grande. Árabe con la señorita Cleopatra. Y aún antes había sido Cartagena de Indias. El mar soñado, alcatraces, la carne y la sangre… Las amistades eternas. Pero fue allá, en Villa con San Juan, donde nacieron muchas de estas líneas. Antes de que viniera la Señora Muerte a cambiarnos las barajas del mazo y a obligarnos a jugar otra ronda.
 











*El espacio y la memoria.
Colección Acanto Editorial Eafit. Guillermo Vásquez 2010.

     

Loros
Parvadas de loritos verde esmeralda
anidan en los altos cogollos de las palmeras
que rodean la Facultad de Medicina.
Los veo llegar en el atardecer,
a partir de las cinco de la tarde:
chillones, luminosos,
incandescentes.
En la mañana,
antes de la salida del sol,
bajo el dorado manto de la aurora
hecho de espuma y de silencio,
irrumpe su apabullante algarabía,
que no sé si es una lengua articulada,
un mensaje cifrado, un oráculo,
las más antiguas profecías,
horóscopos y tarots,
buenaventuras,
la lengua de los ángeles
y todas las lenguas de los hombres
desde Ugarit y los dialectos polinésicos,
una lengua sagrada:
latín, hebreo, sánscrito,
el gaélico de Borges,
el transparente inglés de Shakespeare.
¡Cómo cantan
los loritos verde esmeralda
en la mañana luminosa!

**********

Cinemática platónica
Luis Alberto Álvarez. in memoriam.
Hace ya muchos años habito este desierto:
desde mi cueva ardiente vi pasar una tarde
a Hipofos derrotado, al viejo Antonio victorioso,
las plañideras regresando del sepelio de Antínoo,
los tanques camuflados del general Kadaffi,
una legión romana perdida, maldiciendo
a los dioses
entre nubes de arena,
la sagrada familia y su borrico,
a Tais, la cortesana,
que los cristianos y Elkin Obregón veneraron
como santa María egipciaca,
Akenatón ebrio de sol y del dios único imposible
y, para no cansar la lista: al sol crepuscular
proyectando las sombras como el cinematógrafo
en las paredes secas del último refugio.

 

Alfio
No fueron los amuletos fálicos,
ni las cruces gamadas ya en lanzas
de los bárbaros,
ni los ángeles del Veronés custodiando
los tubos de los órganos.
No fueron los mosaicos dorados,
ni la tumba de Alcuino,
ni los autógrafos de Hemingway y Churchill
en Locanda Cipriani.
Ni tampoco los yates blancos cabeceando
dulcemente,
con su carga de dioses y de diosas ardidos,
en las aguas dormidas de la laguna.
Ni siquiera el cardenal patriarca saludándote
amable,
bendiciendo a tu Sandra
y soportando casi
el peso de la tiara pontifical, mientras
pelaba los duraznos.
No fue Venecia zarandeada por los millones
de turistas.
Fue tu calor amigo,
las tijeras tan sabiamente manejadas
al cortar los racimos,
los vasitos de grappa, tus jardines secretos,
los sarmientos perfumando la noche,
tu juventud gozosa
y Damiano, persiguiendo el balón
entre las ruinas blancas del baptisterio.

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Vestuario
Las ceremonias son pocas en la vida;
bastan: una corbata colorida,
un vestido completo, de paño fresco,
un par de zapatos de cuero oscuro,
una correa profética
y lo que lleves adentro, en los bolsillos,
contra la piel blanquecina:
el escapulario de cáñamo, un pañuelo casi limpio,
unas pocas monedas para el café o los cigarrillos
y un tiquete del metro,
para poder huir a cualquier hora.