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Número 20 - Febrero de 2011   

Artículos
Buenos aires, vecino de Santa Elena
Orlando Ramírez Casas.

Hurgando en mis recuerdos, viene a mi mente Santa Elena cuando era Santa Elena. Ha cambiado. En aquellos días una espesa neblina cubría el paso de los carros de escalera rumbo a Rionegro, por Sajonia, y no había la mínima intención de trasladar el “campo de aviación” de Medellín para otro lado. Las flores de Santa Elena llegaban a Medellín en silletas a lomo de campesino, para su venta a domicilio. También surtían los puestos de flores de la Placita de don Rafael Flórez que se llamó “placita”. Cuando el mercado cubierto de don Coriolano Amador en Guayaquil la hizo parecer pequeña. Y se vendían esas flores, directamente por los que las habían traído a sus espaldas, en el atrio de la iglesia de Buenos Aires. El barrio Buenos Aires de Medellín es como decir otra vereda de Santa Elena, a continuación de Medialuna, lo que tenía importancia porque Buenos Aires era el Medellín de aquellos tiempos y lo demás eran mangas. Claro que aquel Buenos Aires quedaba más pegado a la Plazuela de San Ignacio que el de ahora. No había asomos, por esos días, de la producción masiva de flores ni de las exportaciones para alegrar el “Día de San Valentín” en otros lados.

No sé quien bautizó al corregimiento, ni de dónde salió el nombre que homenajea a la santa madre del emperador Constantino “El grande”, más conocido entre nosotros por haber construido una ciudad considerada grande aquí y en Constantinopla. Porque Santa Elena no era Santa Elena, sino Mazo. Mazo fue su primer nombre por ser las tierras adjudicadas a Don Pedro de Mazo, español de los días de la colonia, que la solicitó para sí por tener en ella minas de aguasal, precioso líquido al que sobrándole el agua quedaba ese elemento indispensable para la preparación de alimentos, producto que valía oro en ese tiempo. También había minas de oro en ese predio, y cotos de caza en donde por muchos días pudieron cazarse hasta venados. Y había cascadas y charcos para bañarse, en una época en que el agua que corre entubada desde las represas era impensable. La quebrada Santa Elena, que nace en el cerro del Espíritu Santo, era la proveedora natural de agua potable para Medellín, y fue la base para asentar la primera planta de energía de la ciudad en un sitio que primero fue llamado la bocatoma y luego se abrevió simplemente en “La Toma”, a cuyo alrededor creció ese barrio de Medellín.

Pero no fueron los españoles los que inventaron a Santa Elena sino los indios. Santa Elena era el paso natural entre los valles del río Aburrá y del río Negro y por eso construyeron un camino de piedra consistente en lajas planas y bien dispuestas para no maltratar los pies descalzos en los días en que no había fábricas de calzado en Rionegro. Ese camino fue construido junto con otro que del Valle de Aburrá llevaba hasta las salinas de Murgia, así llamado por los indígenas el pueblito de la sal o de las sepulturas, nombrado Guaca por los españoles y Heliconia en los dos últimos siglos.

 

Aún se conservan un par de tramos pequeños de una y otra vía que algunos vinieron a denominar “caminos de don Pedro Cieza de León”.Don Pedro y don Juan Bautista Sardella, fueron los cronistas de indias que acompañaron al mariscal Jorge Robledo en sus correrías y de esos caminos escribieron, al decir de don Marco Fidel Suárez, que la expedición del capitán Diego de Mendoza (primo de don Álvaro) encontró en 1541 “Grandes casas abandonadas y caminos tajados en la roca, más grandes que los del Cuzco”.1 No sabría decirlo con certeza pero, a juzgar por la cita de don Marco Fidel, no fue Cieza de León el que escribió tal cosa sino Sardella. Es cosa que habría que averiguar bebiendo la historia de su propia fuente, en cuyo caso esos no serían “los caminos de don Pedro Cieza de León” sino los de don Juan Bautista Sardella.

Escuché una versión por vía oral (esa modalidad narrativa tan importante, pero distorsionada a veces) diciendo que “los españoles entraron al Valle de Aburrá por Santa Elena y existe un tramo del camino indígena de piedra por donde lo hicieron”. Suena bonito y le daría importancia al corregimiento, pero sólo sería creíble tal versión si los descubridores del Valle de Aburrá y los fundadores de Santa Fe de Antioquia hubieran hecho su camino siguiendo el recorrido del río grande de la Magdalena. No fue así. Tanto el capitán Francisco Cesar, que con don Juan de Vadillo lo hizo de norte a sur; como el mariscal Jorge Robledo, que lo hizo de sur a norte; siguieron el recorrido del otro río grande de Santa Marta, que llamamos Cauca. En tal caso, el paso por Santa Elena se dio a la inversa y cuando pasaron por allí el Valle de Aburrá ya había sido descubierto. De ahí para acá mucha agua de la quebrada Santa Elena ha corrido debajo del puente de Bocaná.

Han sido muchos los poetas que le han cantado, desde el alto de Santa Elena, a Medellín “la hermosa villa muellemente tendida en la llanura”, porque Medialuna en Santa Elena es un mirador natural que permite admirar la ciudad en todo su esplendor, de día o de noche, y desde allá la contemplan los silleteros cuando bajan con sus silletas a desfilar en la Feria de las Flores y a reafirmar el dicho de que “cuando pasan los silleteros es Antioquia la que pasa”.

 

1. Miscelánea sobre la historia, usos y costumbres de Medellín. Bernal Nicholls, Alberto. Bernal cita a don Marco Fidel Suárez, y Suárez cita a Juan Bautista Sardella.