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Número 19 - Diciembre de 2010   


 

Hace un mes estuvo en Medellín, en el Parque Explora, el antropólogo y botánico canadiense Wade Davis. Escritor de El Río, un libro que cuenta su historia siguiendo los pasos, los consejos y los bejucos que le dejó su maestro Richard Evan Shultes. Es seguro que el escenario no era del todo extraño para Davis. En sus muchos recorridos detrás de las plantas en las selvas de América, Medellín fue una de sus estaciones y específicamente una pieza en el Jardín Botánico le sirvió como covacha temporal: “El Jardín, ubicado en el norte de la ciudad, es un ostentoso conjunto de edificios neocoloniales apartados del barrio que los rodea por enormes muros blancos coronados con alambres de púas y pedazos de vidrio”. Ese Jardín, que los vecinos miraban todavía como la finca de un ricachón, espantó a Davis. El hombre salió para una finca en Guarne que le sirvió como estación en el interior.

Pero los lectores de la Crónica Verde dirán que rasco, armo y divago antes de llegar al tema obligado. Comencé con Davis porque estuvo en la casa y se encarga de contar la pequeña hazaña entre rábula y botánica de Shultes en defensa de los marihuanos gringos en los años sesenta. Shultes fue el jefe bibliográfico, el clasificador, el santón académico, el chamán de la Psicodelia en Harvard. Basta decir que sirvió de guía y bastón de William Burroughs en su camino hacia el Putumayo en busca del Yagé: “Me he unido a una expedición, por supuesto que con nada claras funciones, formada por el Dr. Shultes, dos botánicos colombianos y dos especialistas en basura ingleses de la Comisión de la Coca”. Es seguro que Borroughs era muy útil como brújula de la expedición.

Ya he hablado de Yagé y de la coca, y la marihuana todavía no asoma sus humos densos. Pero ahí va. Resulta que Shultes, a pesar de su conservadurismo que lo hacía votar por la Reina Isabel II, era un maniático en la defensa de las libertades individuales, un romántico que cambió la corbata por la cerbatana. Su decanatura en el uso de las drogas alucinógenas lo llevó a defender por distintas ciudades de Estados Unidos a ciudadanos condenados por posesión de marihuana. Shultes distinguió tres especies distintas del mismo moño, tres plantas divinas y un solo cogollo verdadero: cannabis sativa, cannabis indica y cannabis ruderalis. La ley norteamericana hablaba de posesión de cannabis sativa. Así que Shultes viajaba a los juicios como testigo experto y declaraba que no existía manera de probar, fuera de toda duda razonable, que aquella hierba que la fiscalía tenía en una bolsa era en realidad cannabis sativa y no cannabis indica o ruderalis. La audiencia penal se convertía entonces en una discusión botánica que ni el juez ni el jurado ni el fiscal comprendían. Shultes argumentaba con fingida severidad. Dado que en la aplicación de la ley penal es absolutamente necesario que la conducta del infractor coincida con lo descrito en el código -lo que los abogados llaman tipicidad- al juez no le quedaba más remedio que liberar al marihuanero confundido que salía del edificio del juzgado diciendo: hierba no hay sino una.

Según Davis las evidencias a favor de la posición de Shultes eran bastante dudosas. La variación morfológica entre las tres supuestas especies pudo haber sido una simple selección artificial. Pero valía la pena inventar una especie para salvar otra.