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Número 17 - Octubre de 2010   

Otros Centros
Aprendiendo a hacer la venia
Nani Mosquera
 

Los chinos son muchos y cada día tienen más poder; cada vez producen más
y nosotros les compramos todo. La cultura china va a controlar el planeta
dentro de pocos años y es mejor hacerse a la idea.

Ilustración NaniSon todos tan pequeños, ellas tan rectas, sin rastro de grasa en sus cuerpos, con unas pieles tan blancas, o incoloras; todos muy lozanos, ágiles, diligentes y diplomáticos. Sonríen aunque te estén cobrando el doble por una artesanía, y tú y ellos lo sepan. Eso en nuestra cultura sería ser hipócrita, pero en la cultura china es muy valorado.

Esa forma de ser siempre tan atentos, amables e insoportablemente condescendientes se mantiene firme hasta que llega otro compatriota y les saca la piedra. Entonces, aparece el temible Mister Hyde.

Se gritan, se esponjan los ojos y se insultan. Aunque no se les entienda ni papa, se sabe que se están recordando unas cuatro generaciones de sus venerables familias. "Nos podemos decir de todo, al fin y al cabo estos turistas no nos entienden", pensarán mientras se gritan de una manera que para occidente resulta muy incómoda.

Da miedo ver a esos pequeños tratarse tan mal, y lo hacen en todos los sitios imaginables, por ejemplo, en las recepciones de los hoteles, donde los empleados no hacen otra cosa que mirar para otro lado y el guardia de seguridad de la puerta se hace el loco. Nadie se atreve a interrumpir una discusión de esas, Es algo aceptado socialmente, algo normal.

Nuestra guía, una chica china bastante moderna, nos acompaña por un mercadillo cerca a la ciudad de Guiyang. Nos interesamos por una tetera que parecía de plata. El vendedor nos da un precio aceptable pero tal como nos habían recomendado no decimos nada y esperamos a que nuestra guía sea quien cierre el negocio. Cuando escucha el precio, la pequeña guía se pone de un talante amenazador, a lo que el vendedor responde con una mirada asesina y empiezan los gritos. Nosotros los turistas, nos vamos alejando, porque esto tiene la pinta de que en cualquier momento uno de los dos va a sacar un machete. Nos quedamos sin la tetera y en cuestión de un segundo nuestra guía ha vuelto a ser esa jovencita china, pequeña, frágil y de piel tersa que provoca llevarse para la casa. Es casi como un gremlim.

Carraspear la garganta y escupir sonoramente en cualquier papelera, cuando la tienen a mano, es otra práctica que arranca sonrisas cómplices entre los turistas, que se ven atrapados en un ascensor en medio de un festival de mocos.

La cultura china va a controlar el planeta dentro de unos pocos años y más nos vale ir aprendiendo y aceptando esos comportamientos de nuestros futuros jefes. No nos digamos mentiras, los chinos son muchos y cada día tienen más poder adquisitivo. Viajan más, consumen más, pero tal vez lo más te- rrorífico, es que cada día producen más y nosotros les compramos todo.

Nosotros, pobres occidentales, acostumbrados a jornadas laborales de apenas 8 horas, que no sabemos escupir sin vergüenza para sacar las impurezas del cuerpo, que comemos tan mal que dentro de poco todos estaremos obesos, seremos presas fáciles de una cultura acostumbrada a comer sin sal, casi todo al vapor, a sorber algas, a protegerse del sol y a hacer deporte en cualquier cruce de semáforos.

Y es que ese poder de trasmutación de serviles duendecillos a poderosos engendros, es la clave para todo su desarrollo. Tienen la capacidad de ser, en el momento que les provoca, el empleado perfecto o el jefe tirano que consigue lo que quiera a cualquier precio. Ser y parecer la cosa adecuada en cada momento: el anfitrión perfecto, el organizador milimétrico, el trabajador tenaz y puntual. Eso es lo que los ha llevado a donde están. No hay más que ver cómo corren cuando alguien con razón justificada les pega dos gritos, o cómo responden cuando saben que la respuesta es lo que procede, o cómo sonríen cuando saben que tienen que conseguir algo.

Tuve la posibilidad de visitar la provincia cultural de Guiyang, una de las más pobres según nos contaban los mismos asistentes a la convención de cómic e ilustración a la que fuimos invitados. Ayaacc 2010. Como dirían los paisas, "si esta es la pobre, cómo serán las ricas". El hotel en donde nos alojaron contaba con unas 25 plantas, habitaciones muy confortables y al menos unos 300 voluntarios poblaban el lobby cada mañana: estudiantes deseosos de practicar el inglés, idioma que está teniendo un auge inusitado en China. Nos quedamos con la boca abierta cuando en un encuentro con niños de 4 a 8 años eran ellos quienes entablaban la conversación preguntando en inglés: "¿De dónde vienes?", "¿Cómo te llamas?, "¿Qué opinas de China?". Da hasta miedo pensar qué métodos estarán utilizando para que criaturitas de 4 años sean capaces de hablar con esa fluidez, mientras que en occidente un niño de 4 años dice blue y la familia entera aplaude.

Por supuesto la organización del evento era admirable como casi todo en China. En ninguno de los sitios en donde hemos sido invitados nos habían citado en el lobby a las 7 am. Nosotros, en parte por culpa del cambio de horario y en parte por esa mentalidad de turista relajado, llegamos tarde el primer día. El organizador con una gran sonrisa nos advirtió que mañana nos dejaría el bus. Al día siguiente estábamos como clavos a las 6:30 y no éramos los primeros.

Sin embargo, si hay algo qué criticar, y siempre hay algo, es el tráfico. Contrariamente a lo que yo esperaba, China no está llena de saludables chinos montados en bicicletas. Actualmente sus calles están llenas de carros de varios siglos atrás y varios siglos adelante. Debido al crecimiento económico la estructura antigua va desapareciendo lentamente y dando paso a los potentes carros japoneses. Así que las calles son un mostrario completo de la evolución del automóvil y otros sucedáneos construidos en otro tiempo, cuando China era más austera.

Estar parada en el centro de Guiyang es como estar en el centro de Nueva York, los enormes y nuevos edificios vestidos con pantallas de video gigantes no recuerdan para nada que se viva en una dictadura.

Pero ese rápido crecimiento se nota en el caos vehicular. Bogotá es un jardín de rosas comparado con el estilo kamikaze de conducción del que se hace gala en las calles chinas: altas velocidades, maniobras inesperadas y poco respeto por el peatón y de los peatones por los carros.

En más de una ocasión tuvimos que decirle al conductor que bajara un poco la velocidad y en alguna otra preguntarle si estaba loco. Tal es su obsesión por la puntualidad que ponen en riesgo su vida con tal de cumplir con los horarios.

Así que además de aprender a hacer la venia, saludar en chino y escupir en las papeleras, tendremos que aprender a insultar en chino para poder lidiar con los nuevos invasores de oriente en nuestras ya de por si torturadas ciudades de occidente.

No digan que no se les advirtió.