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Número 15 - Agosto de 2010   

Artículos

Sin Fronteras
John Galán Casanova

Me piden los amigos de Universo Centro una nota acerca de cómo se vive en Mérida, donde estoy de paso, la tensión de un posible conflicto armado entre Colombia y Venezuela... En principio diría: ¿Cuál tensión?
 

Aparte del consabido rating que impone el show mediático de los presidentes, aquí poca atención se le presta al asunto. Más pendiente estuvo la gente del Mundial, haciéndole fuerza a Uruguay. No encuentro una sola persona que conciba seriamente la posibilidad de una guerra colombo-venezolana. A pesar de la carrera armamentista del gobierno bolivariano, y de los más de cincuenta años de conflicto armado interno en Colombia —que desborda cada vez más las fronteras—, aquí a nadie le pasa por la cabeza que vayamos a terminar echándonos plomo. El estado Mérida, junto con el estado Táchira, hace parte de los Andes suramericanos, siendo ambos extensión del sistema orográfico de nuestra cordillera oriental. Geográficamente, tanto pastusos como bogotanos y merideños pertenecemos a la cultura andina. Somos igual de montañeros. Las tierras altas que rodean la ciudad de Mérida son similares a las de Santa Elena o de La Calera, en el caso de Medellín y Bogotá. En Mérida se profesa igual devoción por las arepas, con la diferencia de que acá todavía las amasan en casa, no acostumbran venderlas en paquetes. Desde tiempos de la colonia esta región tiene más vínculos con la ruta de los andes colombianos que con la distante Caracas. La mayoría de familias merideñas tiene ancestros colombianos, algún bisabuelo o abuela o tío o prima de Cúcuta, Pamplona o Bogotá. Cúcuta y San Cristóbal comparten una población de millones de personas en tránsito constante de un país a otro. De no ser porque al atravesar el puente internacional Simón Bolívar nos piden visa y los soldados de la Guardia Nacional lucen uniformes diferentes, olvidaría que voy saliendo de Colombia. Acá no hay fronteras que disputar o guerras que inventar. La mentalidad cotidiana fomenta el trabajo mutuo, la camaradería. La lógica de la subsistencia no es cerrar la frontera, sino mantenerla abierta, cruzarla y aprovecharse de ella.

Con lo anterior no pretendo ocultar que, en efecto, se vive una situación conflictiva. Durante los últimos años en los estados de Táchira, Apure, Barinas y Zulia los índices de secuestro y extorsión se han disparado, alcanzando niveles alarmantes que del lado colombiano se han logrado disminuir. En los estados controlados por el chavismo se habla de connivencia con las guerrillas, y en los gobernados por la oposición, de presencia paramilitar. Colombia, lamentablemente, ha internacionalizado el conflicto. Si a eso le sumamos los efectos de una inflación galopante y una economía estancada, sofocada en esta zona por la caída del comercio binacional, por la pérdida de valor del bolívar con respecto al peso y por el cese del derroche de divisas a través de los dólares provenientes de los cupos de Cadivi, el panorama no es alentador.

Pero de ahí a pensar que las cosas se puedan componer demandando a Venezuela y a Chávez, provocando la ruptura de relaciones y azuzando la posibilidad de un enfrentamiento armado entre ambos países, hay mucho trecho. La gente de lado y lado de la frontera se siente víctima de una disputa que no le interesa para nada promover. Por enésima vez los intereses de gobiernos corruptos y autoritarios, más preocupados por desviar la atenatención acerca de sus propios desmanes, van en contravía de las urgencias diarias de la población.

El más reciente capítulo de esta tragicomedia parece darme la razón. El cínico apretón de manos entre Santos y Chávez en Santa Marta demuestra que las relaciones diplomáticas entre Colombia y Venezuela se han vuelto un pésimo culebrón televisivo donde poco importan la realidad y la verdad, cambiantes según el interés pragmático inmediato de los protagonistas. Por ello digo que a ambos lados de la frontera la gente común y corriente se mantiene ajena a las disputas y veleidades de los gobernantes, pues lo que predomina es el deseo de reactivar cuanto antes el poderoso intercambio migratorio y comercial de siempre.

 

A pesar de cuanto se ha hecho en los últimos años por deteriorar estos nexos, acá se sigue ponderando la buena calidad de los productos de Colombia. Para atraer a la clientela, las boutiques destacan en sus anuncios la existencia de marcas colombianas en sus inventarios. En tiendas y supermercados se añora el abundante surtido de alimentos colombianos de otras épocas, cuando era raro hablar de la especulación y el desabastecimiento nuestro de cada día. Y el aguardiente Cristal sigue siendo objeto de culto, amén de otras de nuestras sustancias espirituosas que gozan de la más alta estima entre la afición local.

La ruptura de relaciones entre colombianos y venezolanos constituye a mi modo de ver un imposible categórico. Ellos no pueden zafarse del vallenato, ni despegarse de nuestros seriados y telenovelas. Disfrutan sin baches el humor de Andrés López en La pelota de letras y adoptaron como propia la famosa expresión "deje así". Nosotros no podemos privarnos de Pastor López, Simón Díaz, La Billos u Óscar de León. Ni prescindir de los poemas de Vicente Gerbasi, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo o Armando Rojas Guardia. De lado y lado de la frontera van y vienen toneladas de papayas (lechosas), bananos (cambures), fríjoles (caraotas), maracuyás (parchitas) y habichuelas (vainitas). Así como millones de cocosettes, bon bon bums, torontos, todo-ricos y chocolatinas jet. Aunque se supone que vivimos bajo regímenes diametralmente opuestos, mi impresión como habitante de Mérida, Medellín o Bogotá es que habitamos ciudades con hábitos y problemáticas muy semejantes. Las calles no dan abasto para tantos carros —aquí bastan cuatro bolívares (unos mil pesos) para llenar el tanque—, producimos millares de toneladas de basura, las horas pico en los centros urbanos son insufribles por el tráfico y la polución. Querámoslo o no, somos adictos a la electricidad, al petróleo, al trabajo, a la informalidad, a la piratería, al consumo de internet y comida chatarra, a la rumba y a la televisión. Según afirma una letra del grupo caraqueño Desorden Público, unos y otros heredamos el masticado de la cultura pop. Tanto aquí como allá se transpira música pop, T.V. pop, comida pop, ropa pop —el Mundial confirmó la hegemonía planetaria de marcas como Shakira, Adidas, Puma y Nike—, política pop de derecha y de izquierda (vía CNN y Telesur).

Quiero terminar refiriéndome a otra de las preguntas de Universo Centro. Les cuento que no encuentro por estos lares al hombre nuevo del socialismo del siglo XXI (¡tampoco ando buscándolo!). O tal vez sí. Pienso en gente como mi amigo Julio Mota, un estudiante de Letras que terminó materias y resolvió irse con su familia al campo para trabajar la tierra a través de formas ecológicas solidarias de producción y modalidades horizontales de organización. En personajes como Julio, que hablan con el ejemplo y que incluso son tildados de escuálidos por atreverse a denunciar el burocratismo de la politiquería oficial, sí encuentro una vocación ideológica auténtica, una visión del mundo distinta a nuestro consumismo individualista y multitudinario. Según afirma el boletín del Consejo Agroecológico Socialista Azulitense, "Nos la estamos jugando por el futuro, por eso somos e insistimos en ser AGROECOLÓGICOS. Estamos apostando a la solidaridad, al compromiso, a la humanidad. ¡Por eso somos SOCIALISTAS!". Así que ve tú a saber en qué pararan las cosas, chico…

     
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