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Número 10 - Marzo de 2010  

Artículos
La cultura cantaletosa del Metro
 

Parece una locura meterse a criticar el metro. Primero, porque no hay encuesta en que los antioqueños no lo pongan de primero en sus corazones, y segundo, porque es patente, innegable, el beneficio que el tren metropolitano le ha traído a la movilidad de nuestra ciudad.

Agreguémosle a estas dos contundentes razones una muy sentimental, que pone a vibrar el tuétano del orgullo paisa: Los venerados turistas que usan nuestro metro declaran, casi sin excepciones, que es el más limpio del mundo, y como bien sabemos que a los paisas nos encanta sobresalir, un superlativo como "del mundo" (incomprobable por demás pero sonoro) nos pone a levitar de la emoción. Coleccionamos medallas de estas para tapar las grietas que amenazan con hacer caer las paredes; mantener buena nuestra imagen, a toda costa, es una obsesión que muchas veces nos traba.

Pero de la certeza de que ya no podríamos vivir sin el metro, nos surge una pregunta: ¿Cómo hacemos para vivir con la Cultura Metro?

Porque eso es lo que queremos criticar: Nos parece que lo que empezó como una lógica campaña educativa para que aprendiéramos a usar un transporte que no teníamos —y que por eso mismo no sabíamos usar y no por brutos—, se ha convertido en una especie de cartilla para disciplinar a eternos aprendices subnormales, abusiva en muchos casos, repetitiva hasta dar náuseas y draconiana en algunos aspectos de la moral y las buenas costumbres.

Cojamos el rábano por la hojas y empecemos por la versión del propio Metro. En palabras oficiales, "la Cultura Metro es entendida como el compendio del modelo de gestión social y educativo que el Metro ha construido, consolidado y entregado a la ciudad", es decir que, si no entendemos mal, es la columna vertebral del sistema masivo; sin cultura metro no podría funcionar bien el tren. Siendo así, no es coherente que la indispensable cultura, que debe ser construida por todos los usuarios (como toda verdadera cultura que se respete), haya sido construida y consolidada por el Dios Metro y entregada a los usuarios, al estilo Moisés con las tablas de la ley. Eso suena a imposición, bien intencionada seguramente, pero imposición. No le digan cultura a un simple reglamento.

Y ahí empiezan los problemas. Debe ser por eso que tienen que cacarear y cacarear por los altoparlantes un montón de normas que ya todos debíamos tener hasta en la médula de los huesos, porque como son hechas para nosotros y no hechas con nosotros naufragan en la mecánica de la convicción por cantaleta. ¿Hasta cuándo nos van a cansar con eso de si viajas con niños, cógelos de la mano? ¿Y con la petición en tonito maestra de jardín infantil de mantenernos a este lado de la raya amarilla? Lo están haciendo desde hace 16 años (¡16!); tanto tiempo repitiendo lo mismo suena a fracaso. Y ya es el colmo que regañen a alguien en público por esas bocinas que cada vez se parecen más a los autoritarios dibujos de The Wall. Si la gente tiene por costumbre descansar contra la pared mientras espera y apoya en ella un pie, y si eso no le hace mal a nadie, ¿por qué no recubren la pared con algún material que no se dañe y sea fácil de limpiar? ¿Y por qué no se pueden sentar las personas en el suelo mientras llega el tren si así quieren y no estorban?

Dice también el Metro que su cultura llama "a la convivencia en armonía". Como alguna vez vimos con nuestros propios ojos a unos policías sacar a dos muchachas que se estaban besando, utilizando seguramente un argumento homofóbico para echarlas, nos quedan dudas, pues es fácil la convivencia cuando se expulsa al diferente; lo difícil es aceptarlo tal y como es. Y así podríamos testificar sobre muchos abusos, como cuando la policía arrea a los que se han tomado unos tragos y que son declarados borrachos mediante un juicio sumario en que el juez es la nariz de un agente o de un funcionario, o cuando sacan a alguien que consideran mal vestido, o sermonean a los que entran felices y por eso se ríen y hablan duro.

En fin, queremos poner en discusión las exageraciones de tal Cultura Metro, no su esencia, que es, o debería ser, la misma que encierra el cuidado que todos debemos tener no sólo con el metro sino con cualquier bien público. Y acudimos otra vez a las palabras de la Empresa para plantear nuestra crítica, pues si la cultura metro convoca "al respeto propio y por el otro", muchas veces nos hemos sentido respetando mucho al metro pero permitiendo que nos irrespeten a nosotros y a los demás.UC

INVITAMOS A LOS LECTORES a contarnos casos que hayan visto, oído o sufrido y que cuestionen la cultura metro, para no dejar morir la discusión. Escríbanos a universocentro@universocentro.com