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TEXTOS FUTBOLEROS
Ataúdes de colores
Alfonso Buitrago Londoño

El ataúd es todavía más humano, o, digámoslo de una vez, es francamente humano. Da la impresión de una persona envuelta en algo. Un ataúd anda, se mueve, transporta; solo que lo hace en coche o en parihuela, pero lo hiciera caminando si no tuviera los pies fundidos, pegados y tiesos. Tan humano es, que las gentes lo odian, lo maldicen, lo increpan, y lo tratan como a un ser viviente y fatal. Por eso cuando un ataúd se cae, produce una impresión trágica, estridente y horrible, como si un hombre se cayera de una torre. Un ataúd conmueve.
Gotas de tinta,
Luis Tejada

Medellín

Hace unos años, un niño de ocho y una niña de once años lloraban sin consuelo en el interior de la Funeraria San Vicente. Se golpeaban el corazón y gritaban: “¡Mi papá, mi papá!”. Alonso Correa Castaño, gerente de mercadeo de la funeraria, se acercó para apoyarlos. Les dijo que ya iban a salir para la sala de velación y entonces la viuda le contó que estaban esperando a que les trajeran la ropa para vestir a su esposo. En ese momento, llegaron unos familiares. Sacaron la ropa de una bolsa y se la entregaron al embalsamador que preparó el cuerpo. “Lo niños dejaron de llorar, hubo cierto descanso, como un refrigerio en medio de ese desierto de dolor”, recuerda Alonso.

“¿Y los pantaloncillos también?”, preguntó la niña. “Sí, también”, dijo la madre. Toda la ropa tenía los colores y los símbolos del Atlético Nacional. “No es que les quitara el dolor, eso sería fantasioso, pero lo atenuó. Como si dijeran: ‘Está como tiene que estar’”, agrega Alonso y me ofrece una posible explicación sobre por qué vestir a un muerto con el uniforme de un equipo de fútbol: “La palabra deudo viene de deuda, deuda por la vida, porque les debemos mucho a los seres queridos que nos han dado su vida para compartirla con nosotros. La vestimenta era parte de quedar en paz, de zanjar ese negocio espiritual tan difícil”.

Alonso recuerda que hace más de veinte años conoció a un hombre octogenario, un “patriarca” lo llama él, lleno de hijos y nietos. El anciano, fanático del partido Conservador, había vivido en persona la violencia de mediados del siglo XX y “se quedó gravitando en ella, atado a su pasado”, dice Alonso, reflexivo, mientras piensa en su teoría sobre los ataúdes que me dirá más adelante.

El viejo tenía una petición para el momento de su muerte, deseo que consideraba una misión sagrada para su familia: que lo enterraran en un ataúd de color azul. Cuando murió, sus deudos transmitieron la última voluntad del patriarca a los encargados de la funeraria. Se trataba entonces de pagar una deuda, pero ¿un ataúd azul? Para la época era una extravagancia, en particular para una familia conservadora.

“El cofre es muy importante —dice Alonso—, porque es muy sensible y contiene mucho simbolismo, aunque hoy en día ha cambiado la percepción hacia él. Antes solo eran de madera y hacían las veces de una matriz en la que retornar a la madre tierra para que la naturaleza abrazara nuevamente el cuerpo fallecido. Una cama con cuatro tapas”.

La funeraria no tuvo más opción que honrar su principal postulado. El patriarca conservador gravitaría en su viaje al más allá en una matriz de color azul y sembraría una semilla que años después recogerían fanáticos de otros colores, que viven la lucha y la muerte a través del fútbol. Un cofre, lo tenía claro Luis Tejada hace noventa años, también es un mensaje.

Alonso cree, pero no está seguro, pues “ha pasado ya mucho tiempo”, que fue Orlando Lotero, fundador de Industrias Funerarias Lotero (Infulot), quien preparó el ataúd más conservador que hubiera hecho hasta entonces. Conservadoramente azul. Transgresoramente azul. “La simbología cromática del ritual funerario está constituida por colores fríos: negro, granate, borgoña, blanco, colores sacros, solemnes”, cuenta Alonso, quien cada vez parece más un académico que un vendedor.

Al entierro del patriarca, además de la plana mayor conservadora, asistieron políticos y ciudadanos afines al partido Liberal. En la muerte, hasta el enemigo merece una muestra de condolencia. Y fue allí que a algún otro partidario del bando contrario se le ocurrió que en su velorio yacería en un ataúd rojo. Así pues, el origen de los cofres personalizados para hinchas del fútbol tiene que ver con la política, como casi todo lo que es definitivo en una persona y en las tradiciones de una comunidad.

“En algún momento alguien exigió un cofre de su equipo del alma y como nuestro eslogan es ‘más allá de sus exigencias’, que es darles a los clientes lo que ellos ni siquiera saben que necesitan y darles más de lo que ellos quieren, vimos que se podía. En ese tiempo estaba don Orlando, un funerario de alma, y dijo que lo hacía. Así nació esa cultura del cofre —dice Alonso y una vez más desmenuza una palabra—. Ritual viene de rito y rito viene de rutina, y empieza a ser rutinario que cuando ocurren estos episodios de muerte, unos con antecedentes violentos, otros porque la persona se accidentó yendo para un partido de fútbol o porque se excedió en licor y amaneció muerto, en cualquier caso nosotros cumplimos con sus deseos y lo seguiremos haciendo”.

Mario Alberto Muñoz, más conocido como Mario Cofres, maestro soldador y discípulo en el oficio fúnebre del difundo Orlando Lotero, dice que su patrón era un gran visionario del negocio funerario. “Se le presentó la idea y la hizo realidad. Fue un impacto. Sacamos el de Nacional, Medellín y Envigado. El que mejor quedó fue el de Envigado, pero ante la poca hinchada y el poco fanatismo nunca se negoció el cofre y tuvimos que repintarlo de otro color”.

No sabremos cómo o por qué se le ocurrió la idea a Lotero, el secreto está guardado con él en su cofre, aunque el más famoso hacedor de ataúdes de la ciudad no quería que lo metieran en uno. Sabemos que era hincha “a morir” del Nacional. Y que entendía como pocos lo que un alma necesita para descansar en paz (o lo que necesitan sus seres queridos).

Cremación directa fue la voluntad final del viejo Lotero, fallecido en 2014. De la camilla al horno, sin escalas por la cama de cuatro tapas. Pero fue Mario, empleado de confianza, quien intercedió ante la familia para hacerlos recapacitar ¿Cómo iba a despedirse don Orlando sin el mejor cofre que su empresa pudiera producir? ¿Por qué no proporcionarle un cofre de lámina metálica como los que él había introducido por primera vez en la ciudad, hecho con esmero por su mejor aprendiz? Recapacitaron. La última voluntad de un difunto muchas veces es la penúltima. El ataúd fue de color negro, sobrio y solemne, con los mejores arreglos.

“Lo de los cofres de los equipos de fútbol fue hace unos doce años —recuerda Mario—. A mí me dijeron que íbamos a sacar unos cofres en honor a los equipos y me pareció una idea genial, innovadora y única, y dio un golpe en Latinoamérica. Aquí estuvo el periodista Manuel Teodoro haciendo un reportaje, después vino Rafael Poveda, Fox Sport Uruguay hizo una entrevista de radio, salieron en Telemundo y Univisión en Estados Unidos. Debido a ese apogeo estoy completamente seguro de que los argentinos y los mexicanos le copiaron la idea a don Orlando. Con muy buenos acabados, eso sí. El del Boca es con la tapa repujada con el escudo y todas sus estrellas, que son más de 35, en alto relieve. En México los hacen de forma industrial con troquelados. Nosotros los hacemos de forma artesanal, a mano y uno a uno”.

El hincha —la palabra surge como referencia a quien “hinchaba” o echaba aire a los balones— está “hinchado” de emociones. Cuando un hincha va al sepelio de un miembro de su barra se quiere desahogar. “En sus cánticos, en sus gestos, en su caminar está expresando que no está de acuerdo con que su hincha, que es miembro de una hermandad, se vaya”, dice Alonso.

Los colores de los cofres producen una conexión con las emociones de los dolientes. Son un indicativo para decir: “Este es nuestro, yo estoy aquí porque el verde o el rojo me identifican”, me explica Alonso y lo veo listo para redondear su teoría: “El cofre es vital en el ritual funerario por lo que simboliza: solemnidad, respeto, orden, incluso miedo. Y sirve para medir sentimientos, capacidad económica, interés por el fallecido, gusto”. Un ataúd no solo conmueve, como diría Tejada, sino que puede ser paliativo, como vestir el cuerpo del difunto con el uniforme del equipo de sus amores. UC

Nacional

*Este texto hace parte del libro Jugando en casa de la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín, editado por Universo Centro.

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