IMPRESOS LOCALES

Baila Sarah, baila
 
Orlando Arroyave Álvarez
 
 
 
Baila Sarah Baila
 

Para ver bailar a Sarah

Jorge Iván Agudelo

En sesenta y tres breves capítulos se narra el delirante trasegar de un circo que, acompañado por una escolta militar, se interna en un territorio asolado por la violencia. Desde el inicio sabemos de los artistas: Sarah, cantadora y bailadora de flamenco, Ulises, poeta y dueño del Gran Carrusel, Nino, enano y payaso díscolo. A ellos se suman, entre otros, los militares: el general Mendieta, protector de Sarah y gestor de la gira, el capitán Valencia, encargado de cuidar de los artistas, Leopoldo, reemplazo del capitán y alcalde autoproclamado de Santa María de las Flores.

Las acciones de la novela están entreveradas con viajes al pasado que funcionan como trasunto del presente y oportunidad para hacer emerger historias y aspectos nuevos de la correría. Ahí afloran España y la música flamenca, los amores contrariados, la vida trashumante de los cirqueros, la grandilocuencia poética de Ulises y los desafueros de los altos mandos militares.

Los artistas tienen como meta presentarse en Villa Paradiso, pueblo de lisiados que decide atacar Santa María de las Flores para rescatar a la bella Sarah y a su comitiva de un presunto secuestro. En lo que parece una absurda parodia de la violencia colombiana de la década del cincuenta, los ejércitos se traban en combate y la cantadora y Ulises aprovechan la confusión para escapar de un destino trazado por Leopoldo, que a la sazón ha terminado por convertirse en un pequeño dictador.

La original vida de un circo, ya de por sí ajena a las vidas comunes, se nos narra con un lenguaje correcto y cuidado, que por momentos alcanza un alto lirismo. Este lirismo es parodiado cuando se trata de los parlamentos de Ulises, que al vivir en otro tiempo –podríamos decir que en el puro lenguaje de otro tiempo–, se permite excesos y anacronismos poéticos que otorgan a la novela un tono burlesco.

Baila Sarah, baila podría leerse de esta manera, en su apariencia inmediata, y no sería otra cosa que una golosina refinada, pero quien desconfíe de sus primeros sabores, encontrará el rostro de un escritor preocupado, no solo por la perfección de la narración, sino también por el destino de su pueblo. A no dudarlo, el personaje de la novela es el pueblo, sondeado desde muy adentro, no de costado o a toda prisa sino en todo el hueso de su incomprensible existencia, pues, ¿cómo vive un pueblo que se mata de manera constante y definitiva, encontrando en este acontecer su razón de vivir?

Después de leer la novela, esta última pregunta gira sobre sí, porque el autor omite, en un alarde de madurez narrativa, farragosas moralejas o prédicas sobre cómo debe organizarse la sociedad o como debe portarse el pueblo o los personajes mismos de la obra. La narración se desarrolla a sus anchas, sin sermones teleológicos, sin condenas o absoluciones.

No nos es dado hundirnos en una aquiescencia golosa, porque ante nosotros se erige el circo como una requisitoria, un llamado al orden, un alegato contra nuestra manera de ser y de morir.


 

 
FRAGMENTO

UNA FLAMENCA POR ESTAS TIERRAS.
Siete meses después de la muerte de doña Digna vino un circo al pueblo. Un poco exhausto eso sí, había que decirlo, por las maltrechas carreteras y la poca riqueza. Pero el alma de los artistas estaba intacta, adánica, proclamó un vocero del circo por esas calles sin más novedad que la dada por los pregoneros de baratijas, frutas varias, ungüentos o prodigios… ¡Un circo! No lo podían creer las dos hermanas. Desde pequeñas, en Sevilla, las señoritas no habían visto un circo.

Un pregonero lo había repetido una y otra vez por las calles del pueblo. ¡Vengan hoy a ver a la joya más brillante de los circos del mundo, el Carrusel, con sus bestias, payasos, acróbatas, magos, malabaristas, y su número central, la bailaora de bailaoras, importada desde la misma Madre Patria, la Gran Petite, La Flamenquita!...

¡Un circo con flamenca! No podían creerlo las Álvarez. Las dos hermanas y Sara salieron de la casa para escuchar mejor el anuncio. Dejaron por un momento sus tareas hogareñas ante el pregón de que había llegado un circo con flamenca. Por fin tenemos un espectáculo en este pueblo olvidado, comentó Dulce, quien tenía un aire más melancólico y romántico que su hermana. María Berenice hizo un gesto de quien no ha escuchado, ocupada en otros intereses distintos a las quejosas palabras de su hermana. Berenice corrió hasta la esquina a ver el carruaje circense. Sara y Dulce, impulsadas por esa súbita alegría de mujeres solas, corrieron tras ella.

Divisaron el carro del pregón. Un hombre, vestido de frac negro, ampliaba su voz con un megáfono desde una carroza. En el centro de la decoración, sentada en una silla hecha de pétalos rojos de gamuza, una pequeña mujer con aire flamenco saludaba. Tenía una peineta que coronaba su moña de Lola. Un abanico daba aire a su rostro fatigado. Sara la amó al instante por la destreza para domesticar el aire con su abanico.

¡Dos funciones, a las cuatro y a las siete y quince! ¡Los niños también pagan! ¡Lo nunca visto! ¡Una jirafa madre con su hija! ¡La hermosa Petite, en sus taconcitos de cristal, dará muestra de su arte, zapateo y canto español!

“Las historias de los circos son tan hermosas”, pensó Sara, ella que nunca había visto una jirafa, por lo demás. Mulas, caballos, perros, cerdos, las gallinas de las vecinas, una guacamaya, gatos y un mono del viejo tendero; pero una jirafa, nunca. Las dos hermanas españolas solo querían ver el show de la bailaora y cantaora, y abandonar a la brevedad el circo; los animales dan mierda y mal olor a los circos, sentenció Dulce. Sara soñaba con la flamenca, la jirafa y los payasos.

“A un mendigo le falta poco para ser príncipe”, se dijo Sara, recordando la sabiduría de fantasía de las novelas, que ahora leía en privado, en las noches, en compañía de una vela de luz discreta. Las hermanas consentían en parte que la muchacha leyera esos libros, pero siempre le recordaban la importancia de quitar el musgo de las paredes, pues desde que había muerto la Arcadia no era posible eliminarlo por una larga temporada; o de hacer lo que corresponde a una criada, cocinar y aprender nuevas recetas, los recados, las clases de zapateos, los cantos… En el cansancio de la noche, Sara leía la vida en la novelas.

En una de ellas leyó un amor entre una trapecista y un payaso. Un final tan triste que Sara lloraba de solo recordarlo. La trapecista muere en un triple salto mortal. En su caída, la trapecista enamorada miró los ojos espantados de su payaso. Sara lloró. Quizá conociera un hermoso payaso en su vida. Eso puede suceder. Las novelitas nunca mienten.

Un sábado en la tarde las hermanas Álvarez decidieron ir al circo con Sara. A la criada, doncella y artista le correspondía, como siempre, velar por los jarabes y los cojines de las damas. No le descontarían de su pequeña paga el boleto del circo; las hermanas asumirían el costo. La euforia de escuchar una flamenca viva las hacía despilfarradoras en aquella ocasión.

“La ansiedad, el jarabe que no sabemos dónde está, que no está donde siempre lo ponemos, porque esta señorita se mantiene obnubilada por las novelitas de mamá, y no se ocupa de lo importante, quién sabe qué será de este jarabe, ya siento hasta los mareos de la falta del bendito jarabe, creo 111 que no podré ir al circo hoy”, exclamaba y reñía Dulce. “Mujer, tranquila, que el flamenco cura el cuerpo y el alma”, respondía María Berenice ante los aspavientos de Dulce. Para abreviar, llegaron tarde.

Las dos hermanas y Sara, sentadas en primera butaca, a dos palmos de las lágrimas de los payasos, que salían en chorrito continuo, esperaban con ansiedad contemplar, por fin, un ser vivo irradiando flamenco y canciones españolas. No voces grabadas y películas, calcos de recuerdo, que, aunque hermosas, eran insuficientes para sentir lo que ellas y doña Digna, alma bendita entregada al Señor, sentían por Sevilla, y que ahora incendiaban el alma de Sara.

Estas nostalgias de aires españoles hacían que las hermanas propalaran sus semillas hispánicas a almas dislocadas por la fantasía. “Primero a la Arcadia, y ahora a la Sara”, comentaba con reproche el señor cura entre sus allegados.

Mas la tan encomiada flamenca no aparecía. Las dos hermanas se aburrían sobremanera con esos números tan extravagantes como impiadosos, si nos atenemos al veredicto de Dulce. Sara nunca había visto payasos ni jirafas, así que soportó con risas y asombros en las mejillas las distintas viñetas.

La jirafa Lucrecia recorrió, con su cría, un rutinario paseo por la pista, acompañada de los tres músicos del circo, dando ejemplo de buena mamá en medio de aquella fanfarria. Un mono tocaba la trompeta y montaba un poni-unicornio con su pequeño cuerno de plata en la testa.

En otro número, un payaso enano llorón moría en sus propias lágrimas tras un éxtasis de risa. Don Ulises lo llamó Nino, el príncipe de los enanos. Uno de los payasos, que representaba casi con simultaneidad a María Magdalena, a Pilatos y a uno de los verdugos, se excedió con alevosía en los azotes, y el Gran Nino quedó aplastado por su cruz de hule, tres veces más grande que su talla.

Mientras reanimaban al Mesías, tras una gran cortina marrón, el presentador, delgado, de bigotes largos y entornados, a lo mosquetero, con sombrero de mago y vestido como para un matrimonio, con pajarita incluida, autollamado don Ulises, propietario, director, productor y, sobre todo, un artista consumado, desde un megáfono dijo que despreciaba a 112 otros circos y a sus dueños, pues se habían negado a considerar el circo como el arte supremo; eran indignos de su arte. Esos mercachifles, incultos, habían destruido la poesía del circo. Y ahora, para dar prueba de sus luces, ¡La Resurrección!

Y apareció Nino colgado de una cruz tan alta, que un trapecista, vestido de ángel, dio varios triples saltos mortales antes de sentarse en un trapecio junto al rostro del crucificado y pegar un aviso que anunciaba: “Se vende”.

Otro trapecista ángel se descolgó de su trapecio. En un triple salto mortal tomó al Mesías en sus brazos. El Mesías muerto se dejaba acunar por los balanceos del ángel. Y antes de llegar a una plataforma de veinte metros de altura el ángel soltó su preciado bien. El público gritó. Pero antes de cualquier fallo mortal, el ángel pega-avisos voló impulsado por el trapecio y recogió al Mesías, que todavía dormía su muerte, para llevarlo a la plataforma con aire de cielo. Hubo aplausos y ovación.

Dulce manifestó su incomodidad por estas impiedades. Mientras las hermanas discutían sobre lo improcedente o no de esos números poéticos o artísticos, un indio amazónico lanzó pequeñas hachas haciendo silueta a una mujer de trusa verde fluorescente, con mucho colorete y muy anciana para esas faenas.

Aplausos. ¡Y ahora, lo que todos esperaban, importada desde España para Las Américas, la Gran Española, la Petite Flamenca, mi Diva!, gritó el que se había presentado como Ulises.

La Petite era una mujer cuarentona, más bien enana, que bailaba y cantaba con gracia flamenca, auxiliada por una pista de un tocadiscos amplificado entre bambalinas. Tenía un aire mórbido y melancólico.

Era un jardín sonriente,
era una tranquila fuente
de cristal.
En su borde asomada,
una rosa inmaculada,
Era una rosa un tesoro de más quilates
que el oro para él.
Y a la orilla de la fuente
un caballero llegó,
y a la rosa alucinante,
de su tallo la cortó.

Cuatro canciones más y un solo de zapateo fue el espectáculo de la Flamenquita. Con el último zapateo, y en medio de los aplausos, las tres mujeres abandonaron el circo.

Luego de la cena, las tres mujeres cantaron y bailaron hasta casi la medianoche. Aquella noche se prometieron volver al circo a aplaudir a la Petite.